Vladimir Obruchev - Plutonia

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— añadió Pápochkin, que no olvidaba sus desventuras-.

Dos veces nos hemos salvado casi por milagro. ¿Es sensato probar la suerte otra vez?

— Veo que estoy en minoría — dijo Kashtánov con cierta contrariedad-. Tres de nosotros se pronuncian por emprender el regreso y sus argumentos tienen bastante peso. Habré de ceder a la voz de la razón.

— ¿De manera que vamos a seguir ahora la costa Norte? — preguntó Gromeko.

— Naturalmente, puesto que hemos decidido no continuar explorando la del Sur.

— Entonces, hay que hacer acopio de agua dulce ahora mismo, parque no es probable que lleguemos hoy hasta el río Makshéiev y no sabemos si habrá otro más cerca.

Después de haber llenado los dos bidones en la desembocadura de un gran río, al que dieron el nombre de Gromeko, los exploradores siguieron la navegación entre los bajíos y las islas de su delta, procurando no apartarse de la orilla septentrional, que tenía el mismo carácter que en la desembocadura del río Makshéiev, aunque no la bordeaba una playa de arena, sino que el bosque y las junqueras llegaban hasta el agua. Las islas fueron haciéndose menos frecuentes, luego desaparecieron y la costa torció sensiblemente hacia el Norte. En frente de aquel sitio, en la orilla meridional, comenzaba la región de las dunas. A lo lejos se veía el grupo del volcán Satán, que todavía arrojaba una columna bastante densa de humo, ocultando aquella parte del horizonte.

La navegación era animada por los insectos que revoloteaban sobre el agua y la vegetación, a veces por pequeñas pterodáctilos que perseguían a las libélulas y por los plesiosaurios, cuyas cabezas emergían bastante lejos de la orilla. En las proximidades de la costa, el mar era poco profundo y los remos tocaban en algunos momentos el fondo.

En las murallas verdes de las junqueras que bordeaban el bosque se abrían a veces anchos caminos, verdaderos pasillos de vegetación por donde llegaban, sin duda, hasta el agua los diferentes reptiles herbívoros y carniceros que habitaban la espesura,

Al día siguiente, los exploradores llegaron, antes del almuerzo, a la desembocadura del río Makshéiev, que reconocieron fácilmente por la pirámide que habían levantado en su orilla.

Allí permanecieron cerca de veinticuatro horas a fin de proceder a las últimas observaciones en la costa del mar, pescar y secar peces en la desembocadura y reparar las lanchas y la balsa para el largo viaje río arriba.

La navegación en contra de la corriente era lenta. Había que remar continuamente, consagrando muy poco tiempo al descanso, la comida y el sueño.

Según la rapidez de la corriente, no lograban avanzar más que de treinta a cuarenta kilómetros al día.

También retrasaban el viaje las aventuras con los reptiles y los mamíferos carniceros y herbívoros, ya que, para economizar municiones, los viajeros disparaban sólo con el fin de procurarse carne fresca o defenderse en caso de ataque.

Durante las primeras semanas de esta navegación, la naturaleza río ofreció ningún cambio notable. Pero luego, cuando comenzaron los bosques de árboles de hoja del clima más moderado, los encontraron ya amarillos y despojándose. Cuanto más avanzaban hacia el Norte, más plantas desnudas aparecían.

También había cambiado el tiempo: aunque Plutón continuaba en el cenit, se cubría muchas veces de nubarrones. Un viento frío soplaba del Norte y eran frecuentes las lloviznas otoñales. Cuando el cielo se despejaba volvía a hacer calor, pero la temperatura media descendía sin cesar:

Las intemperies en forma de aguaceros y frío viento del Norte frenaban e incluso interrumpían la navegación. Los viajeros tenían que buscar cobijo en la tienda y encender una hoguera para calentarse. Después de unos meses pasados en un clima muy caliente y seco, los hombres se habían hecho más sensibles al frío y a la humedad

En la zona habitada por los mamuts, los rinocerontes de pelo largo, los ciervos gigantescos y los toros primitivos, había comenzado ya el invierno. La temperatura se mantenía alrededor del cero, subiendo sólo de vez en cuando, al despejarse el cielo. Pero casi siempre se hallaba cubierto por un tupido cendal (cendal = sindone, sábana) de nubarrones de los que caía a veces nieve. El viento del Norte era frío. Al mimo tiempo, el agua del río comenzaba a bajar sensiblemente y su cauce estrecho era reducido aún más por una doble franja de hielo. Unicamente el centro, a consecuencia de la rapidez de la corriente, permanecía libre. Era de esperar que, de un día a otro, tendrían que suspender la navegación. En cuanto a la balsa, que unía y aligeraba las barcas, había tenido que ser abandonada antes por la angostura del lecho. Las lanchas, muy cargadas, avanzaban lentamente la una detrás de la otra por el río veloz y no podían hacer ya más de quince o veinte kilómetros diarios.

Sin embargo, un centenar de kilómetros los separaba todavía de la colina donde estaba la yurta.

Los bosques y los calveros de la orilla estaban ya recubiertos de una fina capa de nieve.

Capítulo XLIX

LA HUELLA MISTERIOSA

Una vez, después de cenar, Gromeko. y Makshéiev fueron a pescar sobre un banco de arena que ponía una mancha amarilla entre la hierba marchita y abatida por las heladas. Makshéiev había lanzado ya el anzuelo y vigilaba el flotador, cuando de pronto vió en la arena, junto a la huella de su bota, la huella bien clara de un pie descalzo.

¡Qué cosa tan rara! — pensó-. Yo no recuerdo haberme descalzado y tampoco creo que lo haya hecha el médico en un día tan frío.

Se inclinó para observar mejor la huella: era le de un pie izquierdo, cuyas dimensiones superaban incluso la huella de la bota del ingeniero, bastante grande. La planta del pie era plana. El hombre que había dejado la huella andaba seguramente toda su vida descalzo. Pero lo más notable era que los cinco dedos, bien impresos en la arena, tenían una gran longitud y el pulgar se apartaba de los otros. Más que la huella de un pie, parecía la de una mano enorme con la palma alargada.

Poco más allá, Makshéiev descubrió también la huella del pie derecho, pero casi borrada ya por el agua. El sujeto había vadeado seguramente el río, porque no se veían huellas que remontasen la margen.

— ¡Gromeko, venga usted un momento! — gritó Makshéiev.

— ¿Qué ocurre? Aguarde un poco, que ya pican — contestó el botánico.

Deje usted los peces y venga a ver una cosa curiosa que he encontrado.

— Pero, qué es? ¿Un cangrejo? ¿Una tortuga?

— No. La huella de un pie de hombre descalzo en la arena.

— ¡Imposible!

Gromeko soltó la caña y se acercó corriendo. Habiendo examinado muy sorprendido la huella, opinó también que la forma del pie que la había dejado era muy extraña.

— ¿No habrá pasado por aquí algún mono? — sugirió.

— ¿En esta región subpolar, entre alerces y abedules?

— ¡Cualquiera sabe! Si los mamuts y los rinocerontes, cuyos congéneres sólo pueden vivir en climas cálidos sobre, la superficie terrestre, habitan aquí la tundra y las bosques septentrionales, ¿por qué no ha de haber monos amoldados a este clima?

— Quizá tenga usted razón. Vamos a llamar al zoólogo y al geólogo, que se orientarán mejor que nosotros.

— Siga usted pescando mientras yo voy a buscarlos.

Gromeko volvió en barca hasta el campamento y se trajo a sus compáñeros.

Es un mono gigante supuso el geólogo Pues yo pienso que se trata más - фото 36

— ¡Es un mono gigante! — supuso el geólogo.

— Pues yo pienso que se trata más bien de un antropopiteco — declaró el zoólogo-. Fíjense ustedes en que camina sobre los pies, sin apoyarse en las manos. Al descender hacia el agua por esta cuesta bastante abrupta, un mono se habría valido también de las manos, y aquí no hay ninguna huella de ese tipo.

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