Vladimir Obruchev - Plutonia
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Makshéiev contó unos cincuenta adultos, en su mayoría mujeres. Los niños y los adolescentes eran mucho más numerosos. Estaban de pie o sentados, fuera del círculo de los adultos, y por sus rostros podía verse la enorme satisfacción que les causaba el canto de Igolkin. Los adultos parecían sorprendidos e incluso asustados por él.
Después de cantar unos diez minutos, Igolkin levantó otra vez los brazos y se dirigió hacia la choza con Borovói que, durante el canto, había permanecido inmóvil junto a la hoguera. Los oyentes volvieron también a sus viviendas. Sin embargo, dos mujeres se acercaron a la choza de los prisioneros y se instalaron a la entrada, sin duda con el propósito de velar su sueño.
Pronto quedó el campamento envuelto en silencio. Sólo crepitaba lea hoguera moribunda en medio del círculo vacío.
Kashtánov y Makshéíev volvieron adonde estaban sus compañeros y les refirieron cuanto habían visto y escuchado. Luego discutieron juntos el plan que habían de seguir para librar a sus amigos.
Capítulo LII
LIBERACION DE LOS PRISIONEROS
Después de un sueño reparador, los viajeros cargaron todo el equipaje en los trineos y se prepararon para ponerse en marcha inmediatamente. Luego se dirigieron hacia el campamento de los salvajes llevando ropa y calzado destinados a los prisioneros, sus escopetas y regalos para los salvajes. Al llegar cerca del calvero escucharon gritos y ladridos. Se conoce que la gente no se había marchado todavía. Por eso, los exploradores se acercaron con precaución hasta el lindero y se pusieron a observar desde detrás de los arbustos.
Vieron que todo el campamento estaba agitado. Los cazadores llenaban el círculo formado por las chozas.
Hombres y mujeres sacaban de sus viviendas lanzas, jabalinas, raspadores y manojos de correas. Los chiquillos se metían por todas partes, tocaban las armas, recibían pescozones, gritaban y chillaban. Los adolescentes probaban las jabalinas, verificaban la punta de las lanzas haciendo como si se pinchasen los unos a los otros. Unos quince perros, en los que se podía reconocer fácilmente a los perros de la expedición, aunque casi en estado salvaje, se mantenían fuera del círculo alejados de las chozas. Evidentemente se preparaban a acompañar a los,cazadores y, entretanto, se peleaban y se mordían.
Las armas estuvieron por fin reunidas, y los adultos, provistos de sus lanzas, se encaminaron hacia el Este. Les seguían los adolescentes llevando las jabalinas, los cuchillos y las correas. Se conoce que hacían de escuderos y portadores. Los chiquillos, unos de pie y otros a cuatro patas, corrían detrás y a los lados lanzando gritos. Los perros seguían de lejos. Al final del calvero, los pequeños aflojaron el paso y volvieron hacia atrás, mientras el grupo de calzadores, compuesto lo menos de cincuenta personas, avanzó en fila india por un sendero y desapareció poco a poco en el bosque.
Sólo habían quedado en el campamento los viejos, que se dedicaron a limpiar las chozas y sacudir las pieles que servían de camas y de mantas. Unas viejas encorvadas abandonaron sus chozas y se sentaron a la puerta. Los más pequeños salían a rastras y los niños de pecho eran sacados en brazos y acostados en unas pieles junto a las chozas mientras las limpiaban.
Pero tres mujeres adultas habían quedado cerca de la choza de los prisioneros, sin duda como centinelas. Una de ellas se puso a sacar correas de un trozo de cuero con un cuchillo de hueso. Otra tallaba varitas para las flechas con un cuchillo de la misma materia y la tercera partía unos grandes huesos para hacer con sus trozos puntas de lanzas y de flechas.
Al poco rato salió lgolkin de la choza, medio desnudo como la víspera. Echó más leña a la hoguera y se sentó junto a las mujeres. Después de intercambiar con ellas algunas palabras, sacó su gran cuchillo de marinero y les ayudó a cortar las correas, con lo cual el trabajo avanzó mucho más de prisa. Borovói salió a su vez, pero, en lugar de buscarse una ocupación, volvió los ojos hacia el sitio donde habían restallado la víspera los disparos de sus compañeros.
Al ver aquella escena de amistosa colaboración entre un marinero del siglo XX y unos seres de la Edad de Piedra, los observadores, ocultos entre los matorrales, no pudieron evitar una sonrisa. El escaso número de personas que habían quedado y lo primitivo de su armamento les infundía la seguridad de que lograrían liberar a sus compañeros, de buen grado o por la fuerza. De todas formas, había que aguardar todavía hora y media o dos horas para que los cazadores se alejasen bastante y no pudiesen oír las llamadas ni los disparos y tampoco consiguieran las mujeres de guardia darles alcance y volverlos a traer en breve plazo.
Los niños que habían acompañado a los cazadores iban regresando y se ponían a jugar dentro y fuera del círculo. Luchaban, hacían piruetas, se peleaban y algunos, los mayores, se ejercitaban a lanzar las jabalinas al aire o contra las techumbres de las chozas.
Cuando estuvieron hechas las correas, Igolkin sacó un pedazo de carne de la choza y lo cortó en trozos pequeños, que ensartó en las varitas preparadas pana las flechas. Luego clavó estas últimas en el suelo, junto a la hoguera, para asar la carne. Se conoce que los prisioneros no habían desayunado todavía y querían hacer una buena comida antes de la fuga. Cuando la carne estuvo asada, los dos se sentaron no lejos de la hoguera y se pusieron a comer el asado con buen apetito. De vez en cuando Igolkin ofrecía un trozo de carne a alguna de las mujeres que trabajaban junto al fuego, pero ellas volvían la cabeza riendo. Luego, una de ellas trajo de su choza un gran pedazo de carne cruda que se pusieron a comer cortándolo con sus cuchillos de hueso en lonchas largas y finas. También dieron carne a los chiquillos que se habían acercado corriendo.
Terminado el desayuno, los exploradores, ocultos en el bosque, consultaron el reloj y pensaron que había transcurrido bastante tiempo.
Salieron en hilera del bosque y avanzaron rápidamente hacia las chozas haciendo por turno disparos al aire con pólvora.
En cuanto se oyeron los primeros disparos todo quedó silencioso en el campamento. Los que estaban sentados se pusieron de pie, los que estaban de pie se quedaron inmóviles, volviendo la cara hacia los seres que llegaban produciendo aquel estrépito, semejante al trueno. Cuando los viajeros penetraron en el círculo de las chozas, los salvajes se prosternaron en silencio y únicamente los niños más pequeños se pusieron a llorar de espanto.
Los exploradores llegaron hasta la choza de los prisioneros, les entregaron la ropa y las escopetas, y siguieron disparando mientras sus compañeros se vestían. Makshéiev le dijo a Igolkin:
— Explíquele usted a esta gente que bastante han gozado ya de su hospitalidad y que ahora han venido a buscarles unos hechiceros todavía más poderosos. En señal de gratitud por lo bien que les han tratado, les hemos traído unos regalos para que se acuerden siempre de los visitantes extraordinarios venidos del país de los hielos perpetuos. Dígales que no se les ocurra perseguirnos; de lo contrario, sufrirán un terrible castigo, porque los dioses de los hielos tienen a su disposición, además de los truenos, los rayos que fulminan a los indómitos.
Cuando Igolkin y Borovói salieron vestidos de la choza, sus compañeros dejaron de disparar, y el marinero, que por su carácter sociable dominaba mejor la lengua de los salvajes, dirigió a los que estaban prosternados (prosternados = Postrarse para suplicar ante Dios) un discurso repitiendo a grandes rasgos lo que le había dicho Makshéiev. Para terminar, dijo a las tres mujeres que los habían guardado:
— Entregad estos regalos a los mayores cuando vuelvan de la caza para que ellos los repartan. También os dejamos el fuego, que podéis ahora utilizar, pero sin dejarlo nunca morir, alimentándolo, como hemos hecho hasta ahora nosotros. Los repito la orden de no seguirnos. Volvemos allá, al país de los hielos perpetuos, y cuando haga de nuevo calor regresaremos.
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