Vladimir Obruchev - Plutonia

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Borovói había reconocido a la muchacha y exclamó:

— ¡Pero si es mi amiga Katu!

— ¿Es usted capaz de distinguirlas a las unas de las otras? — preguntó Kashtánov-. A mí me han parecido todas iguales.

— Eso es a primera vista, pero, fijándose bien, se nota cierta diferencia. Nosotros conocíamos ya a muchos por sus nombres, sobre todo adolescentes y niños. Katu me traía muchas veces carne, raíces y lo que a ella le parecía los manjares más ricos, testimoniándome así su simpatía.

— Y por eso se ha atrevido a lanzar una jabalina contra los que han raptado a su amigo — constató riendo Makshéiev.

— Efectivamente, si pega cuatro centímetros más a la izquierda, me deja tuerto — dijo Kashtánov.

Después de vendar a Katu quisieron trasladarla a la yurta , pero empezó a debatirse con grandes gritos. Según entendió Igolkin, pedía que la dejasen morir allí en lugar de ser devorada en la choza.

— ¿Devorada? ¿Por qué? — preguntó Ctromeko asombrado-. ¿Acaso son caníbales?

— Sí. Se comen tranquilamente a los que han sido heridos de gravedad o muertos durante la caza o en una lucha.

— Bueno, pues tranquilícela diciéndole que no nos la vamos a comer y sólo queremos acostarla en la choza para que duerma. Y que cuando esté buena la dejaremos que vuelva a su tribu.

El marinero la convenció a duras penas. Borovói le tomó una mano y sólo entonces se tranquilizó un poco y dejó que la llevasen a la yurta , donde la acostaron y pronto se quedó dormida sin soltar la mano de Borovói.

Como se había agotado ya el tiempo destinado al sueño, comenzaron los preparativos de la marcha. Los viajeros encendieron una hoguera, pusieron la tetera a hervir y se sentaron a desayunar. Al salir de la yurta para llenar la tetera de nieve, Igolkin advirtió que por el lindero del bosque erraban otros perros que probablemente habían seguido a las mujeres, quedando luego rezagados. La yurta quizá les hiciera recordar la deliciosa yukola que les distribuían en tiempos y empezaban a reconocer a sus antiguos dueños. A los silbidos del marinero se reunieron doce perros más, de manera que, con General y los cinco que habían acudido primero, se podía enganchar mal que bien los tres trineos.

— ¿Con que vamos a alimentarlos? — preguntó Igolkin-. Porque si queremos retenerlos cerca de la yurta y volverlos a domesticar, es únicamente a condición de alimentarlos.

— Habíamos tomado provisiones para un mes — dijo Gromeko-. Dentro de siete u ocho días habremos vuelto a la colina. Tenemos pues unos perniles de reserva que podremos distribuírselos.

— Pero sin darles mucho — añadió Borovói-. Así nos seguirán con la esperanza de comer y cenar.

Después del desayuno se dió a los perros los restos, los huesos y un trozo de carne a cada uno. Los exploradores empezaron luego los preparativos de marcha. En uno de los trineos fué instalada Katu con el fieltro y las pértigas de la yurta . En el otro se cargó el resto de la impedimenta. La nieve permitía ya utilizar los esquís. Por eso, aunque la carga era mayor, se podía avanzar más rápidamente que la víspera. La caravana se puso en marcha. Al darse cuenta de que no la llevaban hacia donde se encontraba el campamento de su tribu, sino en dirección contraria, Katu lanzó un grito, se tiró del trineo y echó a correr, pero se cayó a los pocos pasos. Cuando los exploradores la rodearon y quisieron volverla a tender sobre el trineo, les hizo frente a puñetazos y tratando de morderles.

Según las explicaciones de Igolkin, le había parecido comprender que volvían a llevársela hacia el campamento y allí la soltarían. Y ahora se daba cuenta de que los hechiceros querían llevársela hacia los grandes hielos. Hubo que atarle las manos y sujetarla sólidamente al trineo para evitar una nueva tentativa de fuga. La pobre Katu temblaba de espanto y lloraba, absolutamente convencida de que iba a ser devorada.

Aquel día, después del almuerzo, descendieron ya al lecho del río, donde la capa de nieve era menos profunda y estaba apisonada por los vientos. Los trineos y los esquís se hundían allí menos que en el sendero del bosque. Por ello, el avance fué bastante rápido y, en la jornada, recorrieron nuevamente cincuenta kilómetros.

Al hacer alto para dormir se turnaron en la guardia, pero todo estaba tranquilo. Katu no había consentido comer en todo el día y, durante el alto, hubo que dejarla atada bajo la vigilancia del de guardia. Al ver los brillantes cuchillos que utilizaban los hechiceros para cortar los perniles durante el almuerzo y la cena, temblaba de pies a cabeza y seguía con espanto el movimiento de las manos, esperando probablemente ser degollada de un momento a otro.

Así continuaron el viaje hacia el Norte. Al octavo día, los exploradores llegaron a la tundra y, a la hora de almorzar, se encontraban junto a la colina. Katu había ido tranquilizándose, se había acostumbrado a los hechiceros y empezaba a comer algo de carne cruda, pero rechazaba con repugnancia todo alimento cocido 0 asado. Al tercer día de camino le desataron las manos y al quinto también los pies, en cuanto prometió no escapar.

Capítulo LIV

LA VIDA DE LOS PRISIONEROS

Durante este viaje, Igolkin y Borovói habían ido refiriendo su género de vida con los hombres primitivos y Kahstánov tomó nota de su relato.

Desde el día en que la expedición salió para el Sur, Igolkin y Borovói, que se habían quedado en la yurta , se dedicaron a construir un puesto para las observaciones meteorológicas y una puerta sólida que cerrase el depósito nevera a fin de defenderlo contra los perros y las fieras Terminada esta labor, abrieron una nueva galería en el hielo de la colina, a media cuesta, para que los perros pudiesen resguardarse en ella del calor, que aumentaba, obligando a los animales a buscar poco a poco refugio al borde de los hielos que se retiraban hacia el Norte. Mientras no hubieron terminado estos trabajos urgentes no salían de casa nada más que de vez en cuando para completar las provisiones. Luego empezaron a cazar todos los días con el propósito de hacer una reserva de carne para el invierno: seca para los perros y ahumada para los hombres. Al regresar del bosque con el trineo traían siempre leña, de forma que iban haciendo un depósito con vistas a los meses fríos.

Durante la caza encontraban mamuts, rinocerontes, toros primitivos y almizcleros, ciervos gigantescos y renos. En los riachuelos de la tundra había gansos, patos y otras aves que constituían, en lo fundamental, su alimento mientras la carne de los grandes animales estaba puesta a secar o a ahumar. Con tanto trabajo, no siempre dormían a su gusto. En la caza les habían ocurrido diversas aventuras que, por otra parte, habían terminado favorablemente.

Después de la marcha de sus compañeros hacia el Sur, el tiempo había ido mejorando. Los nubarrones que cubrían el cielo se desgarraban con frecuencia y Plutón lucía varias horas seguidas, elevándose la temperatura hasta veinte grados sobre cero a la sombra. En la tundra reinaba el verano. Pero, a partir de mediados de agosto, se inició el otoño. Plutón se ocultaba con más frecuencia entre las nubes, llovía a veces y luego se extendía la niebla sobre la tundra.

La temperatura bajaba y, a principios de septiembre, llegaba a cero cuando soplaban fuertes vientos del Norte. Las hojas se ponían amarillas y, a mediados de septiembre, toda la tundra había perdido su verde vestidura estival y se había vuelto pardusca. De cuando en cuando nevaba.

Mientras hacían los preparativos para el invierno, Igolkin y Borovói inspeccionaron las provisiones, las conservas y los objetos guardados en el depósito y transportaron una parte de ellos a la yurta . Estaban dedicados a esta ocupación desde hacía dos días y acababan de cerrar el depósito para ir a comer, cuando fueron súbitamente atacados por unos salvajes que se habían acercado furtivamente desde la otra parte de la colina. Borovói e Igolkin, que no sospechaban siquiera la posibilidad de que existieran seres humanos en Plutonia, no tenían más armas que sus cuchillos. Los asaltantes, en cambio, tenían lanzas, cuchillos y flechas. La resistencia era pues imposible. Sin embargo, después de haber examinado a los hombres blancos, la yurta y el puesto meteorológico, los salvajes manifestaron un extraordinario respeto por los blancos y se los llevaron a su campamento.

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