Vladimir Obruchev - Plutonia

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Remontaron el valle por la margen del río. Los sotos de las orillas no eran muy tupidos y los iguanodones habían trazado en ellos senderos. En los acantilados de las dos vertientes descubrió Kashtánov minerales que habían encontrado mucho más al Norte, en el río Makshéiev: olivina con vetas de hierro y de níquel. Pero las vetas se convertían aquí frecuentemente en nidos compactos de metal de medio metro a un metro de diámetro.

— ¡Qué espléndido material para la producción de acero! — lanzó el ingeniero, deteniéndose sorprendido y admirado delante de un alto muro vertical, donde abundaban los nidos grandes y pequeños de metal que lanzaban un brillo mate bajo los rayos de Plutón. Contemplaba aquella pared con la misma mirada ávida que un niño contempla un bollo de pasas.

— ¡Vaya una fábrica gigantesca que se podría instalar aquí! — decía con sentimiento.

— ¿A pesar de las hormigas? — preguntó Kashtánov con una sonrisa.

— ¡A pesar de todo! ¿Acaso no serían capaces los hombres de exterminar a estos odiosos insectos si se tratase de explotar semejantes riquezas? Un cañón y unas decenas de granadas bastarían para acabar con todos los hormigueros de esta orilla y sus habitantes.

Sobre el valle verde pasaban de vez en cuando gruesos pterodáctilos buscando una presa. Sus nidos debían estar cerca de allí, en las rocas inaccesibles. No se atrevían a atacar a los hombres, pero cuando General se adelantaba demasiado do a los viajeros o quedaba rezagado de ellos, algún reptil se ponía a girar en el aire, esperando un momento oportuno para atacarle. Gromeko disparó dos veces contra uno de los reptiles y le derribó a la segunda. El animal herido quedó aleteando en la copa de un gran helecho.

Se encontraron con un grupo de iguanodones, que descansaban en un pequeño prado, al pie de las rocas, pero aplazaron la caza hasta la vuelta para no ir cargados con la carne.

Después de tres horas de marcha sin incidente, llegaron a un sitio donde el valle torcía bruscamente hacia el Oeste. A la derecha se alzaba la vertiente de los contrafuertes del grupo de volcanes. El camino se hacía más difícil: había que andar a cada momento por la lava y trepar a los negros bloques que formaba.

Los exploradores eligieron para descansar una pequeña pradera con unas cuantas colas de caballo secas: para la hoguera, y dejaron allí los víveres y los objetos superfluos a fin de visitar la región sin carga inútil.

Entre los extremos de dos anchos torrentes de lava que descendían del volcán - фото 34

Entre los extremos de dos anchos torrentes de lava que descendían del volcán había un pequeño lago de medio centenar de metros de diámetro, bordeado de grupos de pequeñas palmeras y colas de caballo y de una estrecha franja de juncos. Del lago nacía un arroyo que atravesaba el torrente de lava inferior. La superficie del lago era lisa como un espejo y reflejaba hasta en sus mínimos detalles el marco verde, los torrentes negros de lava y las rocas siniestras de la meseta.

— ¡Maravilloso lugar para un ermitaño que quisiera abandonar para siempre las vanidades de este mundo! — exclamó Pápochkin-. Se construiría una cabaña al amparo de la muralla negra y viviría entregado a la contemplación del cielo puro, del sol eterno y del majestuoso volcán a la orilla de este apacible lago sombreado de palmeras.

— Y un buen día moriría bajo una avalancha de piedras o un torrente de lava arrojada por este pérfido volcán — dijo Kashtánov.

— Si no se había muerto antes de hambre porque, a mi entender, estas palmeras no dan frutos comestibles y los juncos no son dulces — añadió Gromeko.

— Y no se ve nada de caza — dijo Makshéiev.

— ¡Qué desdichados realistas son ustedes! Ni siquiera le dejan a uno soñar. El ermitaño podría cultivar un campo, tener un huerto, plantar hortalizas; aquí hay agua, y la viña crece muy bien sobré la lava antigua..

No había terminado el zoólogo su frase, cuando un estrépito parecido a un trueno llegó del volcán, cuyo cono principal ocultaban unos amontonamientos de lava; a los pocos instantes cayó en torno a los viajeros una lluvia de piedrecillas negras.

— ¡Ahí tienen ustedes! Su Excelencia avisa que no permitirá al ermitaño cultivar viñas en la lava antigua… — dijo Makshéiev riendo.

— Vamos a dar la vuelta al lago y volveremos adonde hemos dejado el equipaje. El sitio es menos peligroso — propuso Kashtánov.

Mientras los viajeros descendían por el torrente de lava hacia el lago, se repitió el estruendo y otra vez cayó una lluvia de piedrecillas.

— El volcán se enfada con los visitantes importunos. Tiene miedo a que robemos los tesoros de su cráter como robamos el azufre en el cráter de Satán, antes de que pudiera despertarse.

— Vamos a llamar a este volcán el Gruñón — propuso Gromeko.

Aprobado el nombre por todos, se inscribió en el mapa que trazaba Kashtánov. Se dió al lago el nombre de lago del Ermitaño y el de Pápochkin al arroyo que fluía de él.

— Así hemos perpetuado ya nuestros castillos de naipes —.observó riendo Makshélev, mientras apuntaba los nombres.

El agua del lago era fría y dulce recordando incluso por su gusto el agua de - фото 35

El agua del lago era fría y dulce, recordando incluso por su gusto el agua de Seltz. En cuanto se calentaba un poco despedía burbujas de gas.

Mientras daban la vuelta al lago encontraron un sitio agradable y se bañaron con placer en aquel agua vivificante. Zambulléndose comprobaron que su profundidad no pasaba de los tres metros. En el lago no había peces ni plantas acuáticas ni insectos.

Como era demasiado pronto para volver al campamento, los exploradores decidieron subir a la meseta. La empresa no ofrecía dificultades, ya que el torrente superior de lava se apoyaba en la vertiente de la meseta y sus bloques formaban una especie de escalera gigantesca, de manera que, trepando de bloque en bloque, pronto llegaron los viajeros a la superficie.

A sus pies, al Este, se extendía el lago en una depresión muy profunda; detrás se alzaban los flancos sombríos y recortados del Gruñón, dominados por su cono abrupto. Una columna de humo negro escapaba de él, elevándose a enorme altura en el aire quieto. Al Sur, al Oeste y al Norte se extendía el desierto negro, idéntico al que rodeaba el macizo volcánico de Satán. Al Norte terminaba en el manto azul del mar y, por los otros lados, llegaba hasta el horizonte.

— El Gruñón es mucho más alto que Satán y sus vertientes son más abruptas — observó Kashtánov.

— Desgraciadamente, la erupción que comienza no nos dejará subir hasta la cumbre — dijo Makshéiev.

— Ya veremos mañana. Como ahora no necesitamos ya azufre, podremos marcharnos en cualquier momento.

Descendieron de nuevo hacia el lago por el mismo camino, a través de los torrentes de lava. Una hora después, se encontraban de nuevo en el campamento.

Capítulo XLVI

LAS TRAVESURAS DEL GRUÑON

Sin embargo, el Gruñón no les dejó dormir a gustó. A las pocas horas, los exploradores fueron despertados por un estruendo horrible y se levantaron asustados.

— ¿Es posible que también este volcán arroje nubes ardientes? ¡Fíjense! — gritó Gromeko.

El Gruñón estaba envuelto en tupidas nubes negras que descendían la vertiente, extendiéndose hacia todas partes. En el aire se notaba un olor a azufre y cloro. Las nubes se arremolinaban, surcadas de relámpagos brillantes, y el estrépito que se escapaba de las entrañas del volcán se confundía con el redoblar de los truenos.

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