—No que yo sepa.
—¿Ni siquiera en Estudios Nativos?
Stone sacudió la cabeza.
Kyle sorbió su bebida.
—Tal vez tengas razón.
—Tengo razón —dijo Stone—. Naturalmente, los nativos existen todavía, pero están enormemente marginados. Durante décadas, han tenido la tasa de suicidios más alta, la mayor tasa de alcoholismo, la mayor tasa de pobreza, la mayor tasa de mortandad infantil, y la mayor tasa de paro que ningún otro grupo demográfico del país.
—Pero recuerdo cuando yo iba a la facultad hace veinte años — dijo Kyle—. Había unos pocos nativos en las clases.
—Claro. Pero era por cosa del gobierno… y ni Ottawa ni las provincias se gastan ya el dinero así, a menos que haya votos por medio… y tristemente ya no los hay. Demonios, hay muchos más ukranianos en Canadá que nativos —hizo una pausa—. De todas formas, los programas gubernamentales que pusieron a esos estudiantes en tus clases nunca tuvieron éxito; trabajé hace algunos años para el Departamento de Asuntos Indios y Desarrollo del Norte, antes de que lo cerraran. Los nativos no quieren nuestra cultura. Y cuando decidimos que su cultura era irrelevante a nuestra forma de vida, dejamos de resolver sus reclamaciones sobre la tierra y ahora los estamos dejando morir como pueblo. Los europeos nos quedamos con el pan y la sal de los nativos.
Kyle guardó silencio durante un momento.
—Bueno, nadie nos lo va a quitar a nosotros.
Stone tomó un sorbo de cerveza.
—No, a menos que los extraterrestres de tu esposa vengan a la Tierra —dijo, mortalmente serio.
¡Qué excitación! Espectacular y vibrante, como el ácido que había probado, junto con otras muchas cosas, la primera vez que vino a la gran ciudad.
¡Otra mente humana!
Era desorientador, embriagador, aterrador, emocionante.
Luchó contra la excitación y la sorpresa, luchó por recuperar la razón.
Pero el otro era tan extraño.
Era un hombre… eso era una parte. La mente de un hombre.
Pero había algo más, algo que resultaba incongruente.
Las imágenes estaban coloreadas de manera incorrecta. Todo eran marrones y amarillos y grises y…
Agh, por supuesto. El primo de Heather, Bob, tenía el mismo problema. Este hombre, fuera quien fuese, era daltónico.
Pero había algo más. Heather podía (bueno, oír era una metáfora tan buena como cualquier otra), podía oír sus pensamientos, un murmullo silencioso, una voz sin respiración, un sonido sin vibración, palabras cayendo en cascada a derecha e izquierda como fichas de dominó.
Pero suponían un galimatías incomprensible…
Porque no era inglés.
Heather se esforzó, intentando distinguirlas. Eran palabras, en efecto, pero sin aspiración ni acento era difícil decidir qué lenguaje era.
Vocales. Consonantes.
No… no. Consonantes, luego vocales, siempre alternas. No había consonantes unidas.
La mayor parte del japonés era así.
Sí. Un hombre que hablaba japonés. Un hombre que pensaba en japonés.
¿Por qué no? Quizás setecientos millones de personas hablaban (pensaban) en inglés la mayor parte del tiempo. Americanos, canadienses, británicos, australianos, un puñado de poblaciones más pequeñas. Oh, quizás la mitad de los habitantes del mundo chapurreaban el inglés, pero era la lengua materna de sólo una décima parte del total.
¿Debería intentarlo otra vez? ¿Desconectar? ¿Seleccionar otra tecla en el muro de la humanidad?
Sí. Pero todavía no. Todavía no.
Era fascinante.
Estaba en contacto con otra mente.
¿Era consciente el hombre? Si así era, no daba ninguna muestra que Heather pudiera detectar.
Las imágenes fluctuaban, formándose durante un segundo, desapareciendo después. Iban y veían tan rápidamente que Heather no podía abarcarlas todas. Vio el rostro de un hombre, un asiático, pero las proporciones eran extrañas; los labios, la nariz y los ojos eran enormes, pero el resto de la cara se curvaba hacia la oscuridad. ¿Tal vez trataba de recordar a alguien? En algunos lugares los detalles eran sorprendentes: los poros de la nariz del hombre, pelo negro y corto sobre el labio superior (no se trataba de un bigote, pero tampoco había tanto para que hiciera falta un afeitado); ojos inyectados en sangre. Pero otros detalles eran sólo difusos: dos protuberancias en la cabeza, como trozos de arcilla: orejas, recordadas sin detalles.
Otras imágenes. Una calle abarrotada, de noche, neón por todas partes. Un gato blanco y negro. Una mujer, oriental, bonita… y de pronto desnuda, al parecer desvestida por la imaginación del hombre. De nuevo la desconcertante distorsión cuando los detalles variaban adquiriendo más o menos importancia: pechos de alabastro hinchándose como globos, extraños pezones amarillos que eran producto de su daltonismo; labios que se extendían para llenar la pantalla como si estuvieran dispuestos a devorarlo.
E, increíblemente, sus sensaciones también: deseo sexual, hacia otra mujer; algo que, si Heather era sincera, había experimentado un par de veces antes, pero nunca de esa forma.
Y entonces la mujer desapareció, y apareció el atestado metro de Tokio, con todas las señales escritas en kanji.
Un torrente de palabras… sí, palabras: lenguaje oral. El hombre estaba escuchando algo.
No, estaba prestando atención, esforzándose por escuchar una conversación ajena.
Y se esforzaba también por mantener cara de póker, para no expresar nada.
El metro se puso en marcha. El zumbido de su motores.
Y entonces aquel zumbido se perdió, perdido de la consciencia, una distracción.
Imágenes visuales de verdad… a excepción de la falta de color, relativamente libres de distorsión.
E imágenes recordadas, una galería daliniana de pinturas mentales imaginadas, medio recordadas, o míticas.
La mayor parte no tenía sentido para Heather. Era un descubrimiento sorprendente para una psicóloga jungiana: saber que realmente existía la relatividad cultural, que la mente de un japonés podía ser tan extraña para una mujer canadiense, al menos en parte, como la mente de uno de los centauros.
Y sin embargo…
Sin embargo, este hombre era como ella un Homo sapiens. La extrañeza de su mente, ¿se debía a que era japonés o a que era un hombre? ¿O era su propia singularidad, las cualidades únicas que componían este… (Ideko, ese era su nombre; le llegó como una pluma que cayera a tierra, libremente); las cualidades que hacían de Ideko un ser humano individual, distinto a todas las otras siete mil millones de almas del planeta?
Heather siempre había creído que entendía a Kyle y a los otros hombres, pero nunca había estado en Japón y no sabía hablar ni una palabra de ese idioma.
O tal vez simplemente carecía de una piedra de Rosetta mental. Tal vez los pensamientos y temores y necesidades de este Ideko eran similares a los de Heather, pero con un código diferente. Los arquetipos tenían que estar allí. Igual que Champollion reconoció el nombre de Cleopatra en griego, demótico y jeroglífico, permitiendo que el antiguo texto egipcio de la verdadera piedra de Rosetta finalmente empezara a tener sentido, también debía haber el arquetipo de la Madre Tierra y del ángel caído y del todo incompleto, formando los cimientos de lo que era Ideko. Si tan sólo pudiera descifrar…
No importaba cuánto lo intentara, la mayor para de lo que el hombre estaba pensando seguía siendo un misterio. De todas formas, con tiempo suficiente, estaba segura de que le encontraría sentido a todo…
El metro llegaba a otra estación. Heather había oído historias sobre hombres fornidos cuyo trabajo consistía en empujar a la gente al interior de los vagones de metro japoneses para llenarlos cuanto fuera posible… pero no había nada de eso. Tal vez las historias eran un mito; tal vez, también eso era un arquetipo: ideas equivocadas sobre los demás.
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