Kyle guardó silencio durante un largo instante.
—No quieren que trabaje para ustedes. Quieren que olvide mi investigación.
—Profesor Graves, estamos dispuestos a hacer una oferta generosa. Duplicaremos el sueldo que le esté pagando la Universidad de Toronto… y se lo daremos en dólares americanos. Tendrá un laboratorio de tecnología punta, en la ciudad de Norteamérica que usted elija. Le proporcionaremos todo el personal que necesite, y podrá usted investigar a su gusto.
—Pero nunca podré publicar nada, ¿no es eso?
—Exigiremos que firme un acuerdo, sí. Pero la mayoría de las investigaciones que se hacen hoy día son en esa línea, ¿no? No se ve a las compañías de ordenadores o a los fabricantes de fármacos revelando sus secretos. Y empezaremos a buscar una alternativa segura a los sistemas de codificación que hemos estado empleando, para que con el tiempo pueda usted publicar su trabajo.
—No sé. Quiero decir, la investigación que estoy haciendo podría incluso ponerme en cola para el Premio Nobel.
Cash asintió, como si no tuviera ninguna intención de discutir por eso.
—El importe actual que acompaña hoy día a un Premio Nobel es el equivalente a 3,7 millones de dólares canadienses. Tengo autorización para ofrecerle esa cantidad como fichaje.
—Eso es una locura —dijo Kyle.
—No, profesor Graves. Son sólo negocios.
—Tendré que pensarlo.
—Naturalmente, naturalmente. Háblelo con su esposa, Heather.
Kyle sintió que su corazón daba un respingo ante la mención del nombre de Heather.
Cash sonrió con frialdad y mantuvo la expresión durante varios segundos.
—¿Conoce usted a mi esposa?
—No personalmente, no. Pero he leído dossiers completos sobre ustedes dos. Sé que ella es dos años más joven que usted; sé que se casaron el doce de septiembre de 1995; sé que en la actualidad están separados; sé dónde trabaja ella. Y, por supuesto, lo sé todo sobre Rebecca —sonrió de nuevo—. Póngase rápidamente en contacto con nosotros, profesor.
Y con eso, se marchó.
Heather, flotando en el psicoespacio, luchaba por conservar el equilibrio, la cordura, la lógica.
Todo era tan abrumador, tan increíble.
¿Pero cómo continuar?
Tomó aliento para calmarse y decidió intentar el camino obvio.
—Muéstrame a Kyle.
No sucedió nada.
—Kyle Graves —dijo de nuevo.
Nada.
—Brian Kyle Graves.
No hubo suerte.
Naturalmente que no. Eso habría sido demasiado fácil.
Trató de concentrarse en su rostro, en imágenes mentales de él.
Mierda.
Suspiró.
Siete mil millones de opciones. Aunque pudiera decidir cómo acceder a alguien, podría pasarse el resto de la vida probando con hexágonos al azar.
El siguiente paso intuitivamente obvio sería simplemente acercarse al mosaico, tocar una de las joyas de seis lados. Nadó, avanzando, hacia la pared curva de luces brillantes.
Podía percibir los hexágonos individuales, aunque todavía estaba bastante lejos de ellos, aunque había tantos que no debería poder discernir los componentes separados.
Un truco de percepción.
Una forma de tratar con la información.
Se acercó más, y sin embargo parecía que no se acercaba nada. Los hexágonos del centro de su visión se encogían proporcionadamente a medida que se aproximaba; los que estaban fuera del centro de su visión eran un borrón espectral.
Flotó, o voló, o fue atraída a través del espacio, cerrando la distancia.
Cada vez más y más cerca.
Y, por fin, llegó a la pared.
Cada panal tenía ahora quizás un centímetro y medio de diámetro, no mayor que una tecla, como si todo aquello fuera un tablero enorme. Mientras observaba, cada uno de los hexágonos se retiró un poco, formando una superficie cóncava, invitando al contacto de sus dedos.
Heather, encogida dentro del aparato Centauri, inhaló profundamente.
Heather, en el psicoespacio, sintió un cosquilleo en el dedo índice extendido, como si estuviera lleno de energía, esperando la descarga. Acercó el dedo, medio esperando que una chispa llenara el hueco entre su dedo invisible y la llave hexagonal más cercana. Pero la energía continuó acumulándose dentro de ella, sin liberarse.
Cinco centímetros, ahora.
Y ahora cuatro.
Tres.
Y dos.
Uno.
Y, finalmente…
Contacto.
Kyle y Stone estaban almorzando en El Abrevadero; durante el día, las lámparas Tiffany estaban apagadas y las cortinas de las ventanas descorridas, por lo que parecía más un restaurante que un bar… aunque en líneas generales seguía pareciendo un pub.
—El presidente Pitcairn vino a verme hoy —dijo Kyle, avanzando por el mostrador donde se ofrecía pan, queso y saladitos—. Está muy entusiasmado con el trabajo de informática cuántica que estoy haciendo.
—Pitcairn —despreció Stone—. Ese tipo es un Neanderthal — hizo una pausa—. Bueno, en realidad no, claro… pero lo parece, el entrecejo saliente y todo.
—Tal vez tenga algo de sangre Neanderthal —dijo Kyle—. ¿No es esa la teoría? ¿Que el Homo sapiens de la Europa del este se mezcló con el Homo sapiens neanderthalensis, de tal modo que al menos algunos humanos modernos llevan genes Neanderthal?
—¿Dónde has estado, Kyle? ¿En una cueva? —Stone se rió de su propio chiste—. Hace veinte años que tenemos muestras de mitocondrias de ADN de Neanderthal, y hemos recuperado un conjunto completo de ADN nuclear Neanderthal hace unos dieciocho meses… La Naturaleza de las Cosas emitió un episodio completo al respecto.
—Bueno, como dijiste, nadie ve ya los mismos programas.
Stone rezongó.
—De todas formas, el debate está zanjado. Nunca ha existido el Homo sapiens neanderthalensis… es decir, el hombre de Neanderthal no fue una subespecie de la misma especie a la que pertenecemos. Más bien, fueron otra cosa: Homo neanderthalensis, una especie completamente diferente. Oh, tal vez (sólo tal vez) un humano y un Neanderthal podrían haber engendrado un hijo, pero ese hijo habría sido casi con toda seguridad estéril, como un mulo.
—No —continuó Stone—, siempre ha sido un razonamiento fácil: la idea de que si alguien tiene el entrecejo saliente, debía tener sangre de Neanderthal. Los entrecejos así son una parte normal de las variantes entre los Homo sapiens… como el color de ojos, o un tejido prominente entre el pulgar y el índice. Cuando examinas los detalles más sutiles de la anatomía Neanderthal, como la cavidad nasal, que contiene dos protecciones triangulares a cada lado, o las cicatrices en las articulaciones donde encajan los músculos, o incluso la completa falta de barbilla… puede verse que no se parecen en nada a los humanos modernos —tomó un trago de cerveza—. Los Neanderthal están completamente extintos. Fueron señores de la creación durante tal vez cien mil años, pero nosotros los suplantamos.
—Es una lástima —dijo Kyle—. Siempre me gustó la idea de que los habíamos incorporado a nosotros.
—Es que las cosas no son así. Oh, tal vez dentro de la misma especie suceda algo; a finales de este siglo, sin duda habrá más gente de razas mixtas en este planeta que gente de raza pura. Pero en general no se entrega el cetro de forma pacífica, el pasado no se incorpora al presente. Borras a los que estaban antes.
Kyle pensó en los mendigos que había visto en Queen Street.
—¿Tienes algún estudiante que sea canadiense nativo?
Stone sacudió la cabeza.
—Ni uno. Ya no.
—Yo tampoco. Creo que ya ni siquiera quedan nativos en la facultad, ¿los hay?
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