Robert Sawyer - Factor de Humanidad

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En el año 2007 se detecta una señal procedente del espacio profundo. Misteriosos e ininteligibles flujos de datos son recibidos durante diez años. Entonces la señal se detiene.
Heather Davis, profesora de la Universidad de Toronto, ha dedicado toda su carrera a descifrar el mensaje. Mientras, su vida personal ha sucumbido: una hija suicida, un matrimonio destrozado. Pero es ella quien finalmente descifra el mensaje. Descubre una sorprendente tecnología nueva que puede abrirse paso a través de las barreras del espacio y el tiempo, con la promesa de una nueva etapa en la evolución humana. Parecen cercanos una capacidad de exploración ilimitada... o el final de la raza humana.
Factor de humanidad El canadiense Robert J. Sawyer ganador del Premio Nebula y nominado al Premio Hugo por
, habiendo sido finalista los cuatro últimos años, es uno de los autores más aclamados y respetados del momento en Estados Unidos.

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Y todavía estaban representados aquí, cada uno un hexágono. ¿Y qué era el hombre sino la suma de sus recuerdos? ¿Qué otro valor podían almacenar los hexágonos? ¿Por qué conservar los antiguos, a menos que…?

La idea misma la hacía sentir vértigo.

¿A quién acceder primero? Si tan sólo pudiera tocar una mente, ¿cuál sería?

¿Cristo?

¿O Einstein?

¿Sócrates?

¿O Cleopatra?

¿Stephen Hawking?

¿O Marie Curie?

¿O… había estado reprimiendo el pensamiento… su hija muerta, Mary?

¿O incluso su padre muerto?

¿Quién? ¿Por dónde empezar?

Mientras Heather observaba, un arco de luz conectó uno de los hexágonos de colores con otro que estaba oscuro. Había un modo de usar este enorme tablero, de conectar una mente viviente con el archivo de una mente muerta.

¿Se producían esos arcos espontáneamente? ¿Explicaban cosas mientras la gente pensaba como había vivido antes? Heather nunca había creído en las regresiones a vidas pasadas, pero una fístula en… en… en el psicoespacio, haciendo de puente entre una mente muerta y otra aún activa, podría muy bien ser interpretada como una vida pasada por la mente activa, inconsciente de lo que estaba pasando.

Mientras observaba, el arco desapareció. El contacto establecido, fuera cual fuese su propósito, había sido fugaz, y ahora había terminado.

El hexágono pasivo no se había iluminado: continuó muerto durante el contacto. Heather estaba contemplando la mejor representación que su mente podía producir del reino tetradimensional donde habitaba la supermente, pero la cuarta dimensión, como decían los artículos que había leído en la red, no era el tiempo: no enlazaba interactivamente a los vivos y los muertos.

Heather volvió a rotar, volviendo al enorme girasol de hexágonos activos.

Uno de ellos, uno entre siete mil millones, era ella, un corte en su extensión en el espacio tridimensional.

¿Pero cuál? ¿Estaba cerca o lejos? Seguramente las conexiones eran más complejas de lo que sugería esta representación. Cierto, como las neuronas en los cerebros humanos individuales, las conexiones tenían múltiples niveles. Esto era simplemente una forma (una forma muy simplificada) de contemplar la gestalt de la consciencia humana.

Pero si ella estaba allí (y debía estarlo), entonces…

No, no Cristo.

Ni Einstein.

Ni la pobre Mary, muerta.

Ni su propio padre.

No, la primera mente que Heather quiso tocar era una mente que aún estaba viva, aún estaba activa, aún sentía, aún experimentaba.

Ya lo había encontrado.

El lugar de almacenamiento.

La copia de seguridad.

El archivo.

Uno de aquellos hexágonos representaba a Kyle.

Si podía encontrarlo, si podía acceder a él, entonces lo sabría.

De un modo u otro, finalmente lo sabría.

Capítulo 23

Sonó el timbre de la puerta del laboratorio. Kyle se levantó de la silla situada ante la consola de Chita y se dirigió a la entrada. La puerta se deslizó para abrirse mientras lo hacía.

Un hombre alto y anguloso, de raza blanca, esperaba en el pasillo curvo.

—¿Profesor Graves? —preguntó.

—¿Sí?

—Simon Cash —dijo el hombre—. Gracias por acceder a verme.

—Oh, bien. Había olvidado que iba usted a venir. Pase, pase.

Se apartó para dejar entrar a Cash. Kyle ocupó una silla delante de la consola de Chita, e indicó a Cash que tomara asiento en otra.

—Sé que es usted un hombre ocupado —dijo Cash—, así que no le haré perder el tiempo con preliminares. Nos gustaría que viniera a trabajar para nosotros.

—¿Nosotros?

—La Asociación de la Banca Norteamericana.

—Sí, sí, lo dijo usted por teléfono. Vaya… un banquero apellidado Cash. Apuesto a que le hacen muchos chistes al respecto.

El tono de Cash fue tranquilo.

—Es usted el primero.

Kyle se quedó un poco cortado.

—Pero yo no soy banquero —dijo—. ¿Por qué demonios podrían estar ustedes interesados en mí?

—Nos gustaría que trabajara para nuestra división de seguridad.

Kyle hizo un gesto de indefensión.

—Sigo perdido.

—¿Me reconoce? —preguntó Cash.

—No, lo siento. ¿Nos hemos visto antes?

—Más o menos. Asistí a su seminario sobre informática cuántica en la conferancia de AI-IA el año pasado.

La reunión de 2016 de la Asociación Internacional de Inteligencia Artificial se había celebrado en San Antonio.

Kyle sacudió la cabeza.

—Lo siento, no, no recuerdo. ¿Hizo alguna pregunta?

—No… nunca las hago. Me pagan simplemente para que escuche. Escucho y luego informo.

—¿Por qué le interesa a la Asociación de la Banca mi trabajo?

Cash se metió la mano en el bolsillo. Durante un horrible instante, Kyle tuvo la loca idea de que iba a sacar una pistola. Pero lo único que hizo Cash fue sacar su cartera y tenderle su tarjeta SmartCash.

—Dígame cuánto dinero contiene esta tarjeta —dijo Cash.

Kyle recogió la tarjeta ofrecida y la apretó con fuerza entre el pulgar y el índice; la presión encendió la pantallita de la superficie de la tarjeta.

—Quinientos siete dólares y dieciséis centavos —dijo, leyendo los números.

Cash asintió.

—Transferí esa cantidad justo antes de venir aquí. Hay un motivo por el que elegí esa cifra. Es la media que cada norteamericano adulto programa en su tarjeta inteligente. Toda la sociedad sin dinero efectivo se basa en la seguridad de estas tarjetas.

Kyle asintió: empezaba a ver a dónde quería ir a parar Cash.

—¿Recuerda el problema del año 2000? —Cash alzó una mano—. Creo que los banqueros deberíamos aceptar la culpa por eso, por cierto. Somos los que produjimos miles de millones de cheques de papel con la cifra «19» impresa de antemano; fuimos los pioneros en el concepto del año de dos dígitos e hicimos que todo el mundo lo usara en su vida cotidiana. De todas formas, como sabe, costó miles de millones evitar que el desastre se apoderara del mundo un segundo después de las 23:59:59 del 31 de diciembre de 1999.

Hizo una pausa, esperando que Kyle hiciera algún comentario al respecto. Kyle simplemente asintió.

—Bien, el problema al que ahora nos enfrentamos es infinitamente peor que el efecto 2000. Hay trillones de dólares por todo el mundo que no existen más que como datos almacenados en tarjetas inteligentes. Todo nuestro sistema financiero se basa en la integridad de esas tarjetas —inspiró profundamente—. Ya sabe usted, cuando se crearon estas tarjetas, la Guerra Fría todavía estaba en marcha. Nosotros (la banca, quiero decir), teníamos miedo de lo que podría pasar si cayera una bomba atómica en los Estados Unidos o en Canadá o en Europa, donde se pusieron a fabricar tarjetas inteligentes incluso antes que nosotros. Nos asustaba que el pulso electromagnético borrara las memorias de las tarjetas… y de repente desapareciera todo el dinero en efectivo. Así que fabricamos las tarjetas de modo que pudieran sobrevivir incluso a ese acontecimiento. Pero ahora se enfrentan a una amenaza que es aún mayor que la bomba atómica, y la amenaza, profesor Graves, viene de usted.

Kyle había estado jugueteando con la SmartCard de Cash, dando golpecitos con sus bordes contra la mesa. Dejó de hacerlo y la colocó ante él.

—Deben usar la codificación estilo RSA.

—Eso hacemos, sí. Lo hemos hecho desde el primer día… y ahora es una característica mundial. Su ordenador cuántico, si realmente puede usted construirlo, reducirá a cenizas los once mil millones de tarjetas inteligentes que se emplean por todo el planeta. Un usuario podría coger todo el dinero de otro usuario durante una simple transferencia de tarjeta a tarjeta, o podría usted programar su tarjeta con cualquier cifra que quisiera, hasta el máximo permitido, haciendo aparecer dinero de la nada.

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