Robert Sawyer - Factor de Humanidad

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En el año 2007 se detecta una señal procedente del espacio profundo. Misteriosos e ininteligibles flujos de datos son recibidos durante diez años. Entonces la señal se detiene.
Heather Davis, profesora de la Universidad de Toronto, ha dedicado toda su carrera a descifrar el mensaje. Mientras, su vida personal ha sucumbido: una hija suicida, un matrimonio destrozado. Pero es ella quien finalmente descifra el mensaje. Descubre una sorprendente tecnología nueva que puede abrirse paso a través de las barreras del espacio y el tiempo, con la promesa de una nueva etapa en la evolución humana. Parecen cercanos una capacidad de exploración ilimitada... o el final de la raza humana.
Factor de humanidad El canadiense Robert J. Sawyer ganador del Premio Nebula y nominado al Premio Hugo por
, habiendo sido finalista los cuatro últimos años, es uno de los autores más aclamados y respetados del momento en Estados Unidos.

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Desenfocó de nuevo la mirada y trató de despejar su mente.

Cuando volvió a enfocar, todo era igual.

Lo intentó una vez más, parpadeando esta vez, pero asegurándose de mantener los ojos cerrados el tiempo suficiente para volver al interior del aparato.

Y entonces el fondo difuso pareció cambiar…

Y ella se concentró una vez más.

Y de repente, increíblemente, todo fue distinto. Heather se quedó boquiabierta.

Las esferas eran ahora dos grandes cuencos unidos por sus bordes, como si Heather se encontrara ahora en el interior de una pelota gigantesca, y todo estuviese vuelto del revés.

La superficie interna de la pelota parecía ser granular, casi como la superficie de una estrella… una vez más, Heather pensó que tal vez estaba contemplando una visión del sistema Centauri, a pesar del vibrante aspecto biológico que tenía todo.

Parecía que ahora estaba retrocediendo: otro cambio de perspectiva. Giró, nadando en el espacio, de forma que quedara de cara a la dirección del movimiento aparente. Al acercarse a la superficie, Heather vio que el granulado estaba compuesto por millones de hexágonos, muy juntos.

Mientras miraba, uno de los hexágonos empezó a alejarse, formando un túnel largo y profundo. Mientras se estiraba, Heather pudo ver cómo sus lados se volvían brillantes, y luego iridiscentes… y advirtió que, desde su nueva perspectiva, estaba viendo a una de las serpientes desde dentro. Finalmente, el túnel se disolvió, quizás porque la serpiente se soltó de la superficie.

Por fin, Heather se encontró a unos pocos centenares de metros de la vasta pared curva.

Se sentía mareada, desorientada, como si hubiera girado sobre sus talones una y otra vez. Se moría de ganas por seguir explorando un poco más, pero… ¡Maldición, qué desafortunada intrusión de la realidad! Tenía que orinar. Esperaba que la próxima vez que regresara fuese aquí, a este lugar, no donde empezó. Sería una molestia avanzar en sus exploraciones si siempre entraba en este reino maravilloso por el mismo lugar.

Cerró los ojos, esperó a que la visión del aparato apareciera en su mente, tocó el botón de parada, y salió tambaleándose al extraño mundo angular que llamaba hogar.

Capítulo 21

Cuando Heather salió de su despacho y llegó al pasillo, se sorprendió al ver a través de la ventana del fondo que era de noche. Miró su reloj.

¡Las once!

Entró en el lavabo de señoras, cuya puerta se abrió tras comprobar la huella de su pulgar. Se sentó en la taza, que tenía una refrescante solidez, y reflexionó sobre cuanto había sucedido. Su primer pensamiento fue contarle a todo el mundo lo que había descubierto, salir corriendo por el campus gritando «¡Eureka!».

Pero sabía que tenía que contenerse. Esto era el hallazgo que podría conseguirlo no sólo la plaza de profesora (¡y la cátedra!) en la Universidad de Toronto, sino en cualquier otra universidad que quisiera, en cualquier lugar del mundo. Necesitaba retrasar el anuncio hasta que supiera con qué estaba tratando, pero no tanto para dejar que alguien la adelantara. Había vivido suficientes años en el mundo del publica-o-perece para saber que apuntar con un dedo en la dirección equivocada era la diferencia entre un premio Nobel y la nada.

Descubrir qué era aquel extraño reino sería el verdadero hallazgo; eso era lo que el público querría saber.

Terminó en el lavabo; luego salió al pasillo. Maldición, sí que estaba cansada. Quería desesperadamente hacer otro viaje, si «viaje» era la palabra adecuada para un trayecto que en realidad no iba a ninguna parte.

¿O sí? Tendría que coger una videocámara y grabar los procedimientos; Kyle tenía la que les pertenecía a ambos. Tal vez el hipercubo se plegaba de verdad con un espectacular registro de efectos especiales… y tal vez ella iba allá donde nadie había ido jamás.

Pero…

Heather luchó por contener un bostezo, por convencerse de que no estaba agotada. Pero aún notaba la falta de sueño por la sesión que había pasado anoche construyendo el aparato.

Volvió a entrar en el despacho y se sorprendió, como siempre, de lo brillante y cálida que estaba con los focos encendidos, y se sorprendió por la fosforescencia verde de la pintura.

Aquella extraña palabra que Paul había empleado para describir la pintura resonaba una y otra vez en su mente: piezoeléctrica.

No era sólo que sonara curiosa. No, había algo más. La había escuchado ya en alguna parte, de eso estaba segura. ¿Pero dónde?

No podría haber sido en un contexto geológico; Heather nunca había estudiado ese tema, y no tenía ningún amigo que trabajara en el Departamento de Geología.

No, estaba segura de que cuando la escuchó, tuvo algo que ver con la psicología.

Se acercó a la mesa, luchó por contener otro bostezo, y accedió a la red.

Y no pudo encontrar nada sobre el tema. Por fin, consultó un diccionario online y descubrió que había deletreado mal la palabra. Se escribía P-I-E-Z-O, no P-I-E-Z-Z-O, aunque le parecía que su versión se acercaba más a la transcripción de la pronunciación de Paul.

De repente la pantalla se llenó de referencias: estudios de la Sociedad Geológica de Estados Unidos, informes de varias compañías mineras, incluso un poema donde el autor había hecho rimar «piezoelectricidad» con «el gobierno y su duplicidad».

Había también diecisiete referencias a las señales extraterrestres. Naturalmente, era difícil que Paul Komensky fuera la primera persona que advirtiera que la fórmula de uno de los productos químicos que los alienígenas habían enviado era piezoeléctrica. Tal vez fuera eso; sin duda ella había visto referencias a ese hecho hacía diez años, y simplemente se le había olvidado. No había dado mucha importancia a los productos químicos entonces.

Pero no. No, había sido en otro contexto. De eso estaba segura. Siguió repasando la lista, saltando de enlace en enlace…

Y entonces lo encontró. Aquello que recordaba sólo a medias.

Michael Persinger. Un insumiso americano, como habían sido muchos académicos canadienses en las últimas décadas del siglo veinte. A mediados de los noventa, Persinger era jefe del Laboratorio de Psicofisiología Medio Ambiental de la Universidad Laurentiana del norte de Ontario; Heather había acudido una vez a una reunión de la APA.

Como el más famoso de los investigadores cerebrales canadienses, Wilder Penfield, Persinger había empezado tratando de encontrar curas eléctricas para desórdenes como la epilepsia, el dolor crónico, y la depresión.

Construyó en su laboratorio una cámara a prueba de sonidos, y a lo largo de los años, introdujo en ella a más de quinientos voluntarios. Dentro de la cámara, los sujetos de sus pruebas se colocaban un casco de motorista especialmente modificado, que Persinger había manipulado para que transmitiera al cerebro pulsos eléctricos rítmicos de baja intensidad.

El efecto no fue algo que nadie pudiera haber predicho.

La gente que se ponía el casco de Persinger experimentaba todo tipo de cosas raras: desde alucinaciones extracorpóreas a encuentros con alienígenas y ángeles.

Persinger llegó a la conclusión de que la sensación de auto-identidad estaba relacionada con las funciones lingüísticas, que se centran normalmente en el hemisferio izquierdo del cerebro. Pero sus ondas eléctricas hacían que la conexión entre los hemisferios izquierdo y derecho se rompiera, haciendo que cada mitad cerebral sintiera como si algo o alguien más estuviera presente. Dependiendo de la predisposición psicológica del individuo, y de si el cerebro izquierdo o el cerebro derecho eran más afectactos por la estimulación eléctrica, la persona que llevaba puesto el casco percibía una presencia benigna o maligna… ángeles y dioses en la parte izquierda; demonios y alienígenas en la parte derecha.

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