Robert Silverberg - Espinas

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Minner Burris: un maduro astronauta convertido por los cirujanos alienígenas en un ser que ya no es completamente humano.
Lona Kelvin: cobaya de un experimento genético la madre virgen de un centenar de hijos a los que nunca llegará a ver.
Duncan Chalk: un vampiro psíquico que alimenta a través de su imperio del espectáculo a millones de mirones, al tiempo que se alimenta a sí mismo con el dolor y la desesperación de los demás.
Tres personajes, un amor, un odio, un ansia. Y, por encima de todo, una maravillosa historia de amor en los límites de lo concebible.
Espinas

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Ahora, la reimplantación de los óvulos fertilizados. Se había hablado de encontrar un centenar de mujeres para que llevaran el centenar de zigotos en el proceso de crecimiento. Fetos-cuclillo, abultando los vientres equivocados. Pero al final se consideró que eso resultaba excesivo. Una docena de mujeres se ofrecieron voluntarias para llevar el embarazo a su final; el resto de los óvulos fertilizados fue a parar a los úteros artificiales. Una docena de pálidos vientres desnudos bajo las brillantes luces. Una docena de pares de suaves muslos abriéndose no para un amante sino para recibir el aluminio gris mate. El lento empujón, la entrada del chorro, el realizarse de la implantación. Algunos de los intentos fracasaron. Ocho de aquellos lisos vientres pronto empezaron a hincharse.

—Dejen que me presente voluntaria —había dicho Lona. Tocando su chato vientre—. Dejen que lleve dentro uno de los bebés.

—No.

Se lo dijeron de forma más amable. Le explicaron que, dentro del marco del experimento, resultaba innecesario que ella sufriera la molestia del embarazo. Hacía mucho tiempo se había demostrado que se podía tomar un óvulo del cuerpo de una mujer, fertilizarlo en otra parte y reimplantarlo de nuevo dentro de ella para el período habitual de gestación. ¿Por qué repetir eso? Ya había sido verificado y confirmado. Podía ahorrársele esa incomodidad. Deseaban saber hasta qué punto era posible que una madre humana llevara dentro un embrión intruso, y para aquello no necesitaban a Lona. ¿Había alguien que necesitara ahora a Lona? Nadie necesitaba ahora a Lona. Nadie. Lona se mantuvo atenta a lo que estaba sucediendo.

Las ocho madres voluntarias no tuvieron problemas. Su embarazo fue acelerado artificialmente. Sus cuerpos aceptaron a los intrusos, los alimentaron con sangre y los envolvieron cálidamente en placentas. Un milagro médico, sí. Pero, ¡qué superior era la emoción de prescindir totalmente de la maternidad!

Una hilera de cajas relucientes. En cada una, un zigoto subdividiéndose. El ritmo de la partición celular cortaba la respiración. A Lona le daba vueltas la cabeza. El crecimiento era inducido en el citoplasma cortical de los zigotos a medida que iban separándose, y luego se provocaba en los principales órganos axiales. «Con el avance de la gastrulación, el manto mesodérmico se extiende partiendo del blastoporo y su borde anterior llega a colocarse justo detrás del futuro ectodermo de la lente. Este borde es el futuro corazón, y es también un inductor de la lente. En la etapa de molde neural abierto del desarrollo, las futuras células lente están localizadas en dos áreas de la epidermis que se encuentran justo a los lados de la placa del cerebro anterior. A medida que la placa neural sube para convertirse en un tubo, las futuras células retinales se desprenden del proyecto de cerebro como parte de la vesícula óptica.»

En seis meses, un centenar de bebés a los que hacer saltar en el regazo.

Una palabra jamás usada antes en un contexto humano y ahora en los labios de todos: centillizos.

¿Por qué no? ¡Una madre, un padre! El resto era accesorio. Las mujeres que llevaban dentro los óvulos, los úteros metálicos…, habían proporcionado calor y sustento, pero no eran las madres de los niños.

¿Quién era la madre?

El padre no importaba. La inseminación artificial era algo que sólo provocaba bostezos. Estadísticamente al menos, un varón podía fertilizar a todas las mujeres del mundo en dos tardes. Si el semen de un hombre había engendrado de una vez a cien bebés, ¿qué más daba?

Pero la madre…

Se suponía que su nombre no iba a ser difundido. «Donante anónima», ése era su sitio en la historia de la medicina. Pero la noticia era demasiado buena. Especialmente el hecho de que aún no hubiera cumplido los diecisiete años. Especialmente el que fuera soltera. Especialmente (eso juraban los médicos) el que, técnicamente, fuera virgen.

Dos días después del parto simultáneo de los centillizos, el nombre de Lona y su logro eran del dominio público.

Lona, delgada y llena de miedo, ante las luces deslumbrantes.

—¿Se encargará usted misma de darles nombre a los bebés?

—¿Qué sintió cuando le quitaron los óvulos?

—¿Qué se siente sabiendo que es usted la madre de la mayor familia de toda la historia humana?

—¿Quiere casarse conmigo?

—Ven a vivir conmigo, ámame.

—¡Medio millón por los derechos exclusivos de la historia!

—¿No ha estado nunca con un hombre?

—¿Cómo reaccionó cuando le dijeron cuál iba a ser el experimento?

—¿Ha conocido al padre?

Un mes así. Su pálida piel enrojecida por el brillo de las cámaras. Los ojos desorbitados, cansados, inyectados en sangre. Preguntas. Doctores junto a ella para guiar sus respuestas. Su momento de gloria, deslumbrante, confuso. Los doctores lo odiaban casi tanto como ella. Jamás habrían difundido su nombre: pero uno de ellos lo hizo, a cambio de cierto precio, y entonces se abrieron las compuertas del dique. Ahora intentaban evitar más errores instruyéndola sobre lo que debía decir. Lo cierto es que Lona llegó a decir muy poco. Parte de su silencio brotaba de su miedo, parte de la ignorancia. ¿Qué podía contarle al mundo? ¿Qué deseaba el mundo de ella?

Durante un breve período de tiempo fue una de las maravillas del planeta. Las máquinas de música cantaban una canción sobre ella. Un grave compás de cuerdas; el triste lamento de la madre de los centillizos. Sonaba por todas partes. No podía soportar el oírlo. Ven a hacer un bebé conmigo, encanto. Ven a hacer cien más. Sus amigos, que para empezar ya no eran muchos, se dieron cuenta de que la incomodaba hablar de Aquello, así que hablaban deliberadamente de otras cosas, de lo que fuera, y finalmente se limitaron a quedarse callados. Lona guardaba silencio. Los desconocidos querían enterarse de qué sentía teniendo todos aquellos bebés. ¿Cómo podía explicárselo? ¡Apenas si lo sabía! ¿Por qué habían compuesto una canción sobre ella? ¿Por qué cotilleaban, por qué tanto fisgar? ¿Qué querían?

Para algunos, todo aquello era una blasfemia. Desde los pulpitos cayeron truenos. Lona sintió el acre olor del fuego y el azufre en sus fosas nasales. Los bebés chillaban, se agitaban y gorgoteaban. Los visitó una vez, y lloró, y cogió a uno en brazos para acunarlo. Se lo quitaron enseguida y lo devolvieron a su entorno aséptico. No se le permitió volver a visitarlos.

Centillizos. Cien parientes compartiendo el mismo grupo de genes. ¿Cómo serían? ¿Cómo crecerían? ¿Era posible que un hombre viviese en un mundo compartido por cincuenta hermanas y cincuenta hermanos? Eso era parte del experimento. Este experimento iba a durar toda una vida. Los psicólogos ya habían entrado en escena. De los quintillizos se sabían muchas cosas: los sixtillizos habían sido parcialmente estudiados, y treinta años antes hubo un breve tiempo en el que observar a unos septillizos. Pero, ¿centillizos? ¡Un infinito de nuevas investigaciones!

Sin Lona. Su parte había terminado el primer día. Algo frío y que hacía cosquillas metido entre sus muslos por una sonriente enfermera. Después, hombres que contemplaban su cuerpo sin ningún interés. Una droga. Un sopor neblinoso a través del cual era consciente de la penetración. Ninguna otra sensación. El final. «Gracias, señorita Kelvin. Sus honorarios.» Sábanas frescas sobre su cuerpo. En otro lugar estaban empezando a hacer cosas con los óvulos que le habían tomado prestados.

Mis bebés. Mis bebés.

¡Luces en mis ojos!

Cuando llegó el momento de matarse, Lona no tuvo demasiado éxito en ello. Los doctores que eran capaces de darle vida a un puntito de materia también eran capaces de mantener la vida en la fuente de ese puntito. La dejaron como nueva, y luego se olvidaron de ella.

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