Robert Sawyer - El cálculo de Dios

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Una lanzadera espacial alienígena aterriza delante de un museo de la ciencia. Las compuertas de la nave se abren y de ésta desciende un ser con forma de araña gigantesca que, bajo la atónita mirada de los presentes solicita si puede ver a un paleontólogo. Así empieza una insólita investigación alienígena que pretende demostrar la existencia de Dios, pese a los recelos de Tom D. Jericho, un paleontólogo que, como tantos científicos racionalistas, parece no necesitar en absoluto la hipótesis de la existencia de un Dios creador. Pero tom no sólo se enfrentará a un dilema científico sino también a su propia e irremediable finitud, cuando le diagnostiquen un cáncer terminal. ¿Será entonces capaz de poner en cuestión sus teorías racionalistas acerca de la inexistencia del Creador?

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—Honestamente no tenemos ningún margen posible en nuestras órdenes —dijo el agente blanco—. Simplemente debe venir con nosotros.

Los ojos de Hollus se elevaron, de forma que miró al mosaico en lo alto del techo de la Rotonda, formado por más de un mil ón de fragmentos de cristal veneciano; quizá fuese el equivalente forhilnor de poner los ojos en blanco. Las palabras «que todos los hombres aprecien Su obra» —una cita, me han dicho, del Libro de Job— estaban escritas en un cuadrado en el ápice de la bóveda.

Después de un momento, los pedúnculos bajaron, y cada uno se centró en cada uno de los agentes.

—Escuchen —dijo Hollus—. He pasado más de un año en órbita estudiando su cultura. No soy tan tonto como para bajar en una forma que me hiciese vulnerable. —Metió un brazo entre los pliegues de tela que le cubrían el torso… de un golpe, el otro hombre del SCSI tenía el arma en la mano… y sacó un objeto poliédrico del tamaño de una pelota de golf. Luego se acercó a mí y me lo ofreció. Lo cogí; era más pesado de lo que parecía.

»Este dispositivo es un proyector de holoforma —continuó Hollus—. Acaba de ajustarse a las características biométricas del doctor Jericho y sólo funcionará en su compañía; es más, puedo hacer que se autodestruya de forma bastante espectacular si alguna otra persona lo manipula, así que les aconsejo que no intenten quitárselo. Además, el proyector sólo funcionará en locales que yo apruebe, como el interior de este museo —hizo una pausa—. Me encuentro aquí por telepresencia —dijo—. Mi yo real se encuentra en el interior de la nave de aterrizaje, en el exterior del edificio de al lado; la única razón por la que vine a la superficie fue para supervisar la entrega del proyector que el doctor Jericho sostiene. El proyector emplea holografía y campos de fuerza micromanipulados para dar la impresión de que me encuentro aquí y poder manipular objetos —Hollus, o su imagen, se congeló durante unos segundos, como si el Hollus real estuviese ocupado haciendo otra cosa—. Ya está —dijo—. La nave de aterrizaje regresa ahora a órbita, con mi yo real a bordo. —Algunas personas salieron corriendo del vestíbulo del museo, presumiblemente para poder ver la nave que partía—. No hay nada que puedan hacer para obligarme, y no hay forma en que puedan dañarme físicamente. No pretendo ser maleducado, pero el contacto entre la humanidad y mi gente se realizará según nuestros términos, no los suyos.

El poliedro que tenía en la mano emitió un pitido de dos tonos, y la proyección de Hollus se agitó unos segundos, luego desapareció.

—Evidentemente, tendrá que entregar el objeto —dijo el hombre blanco.

Sentí cómo me recorría la adrenalina.

—Lo lamento —dije—, pero vio cómo Hollus me lo daba directamente. No creo que tenga ningún derecho sobre él.

—Pero se trata de un artefacto alienígena —objetó el agente negro del SCSI.

—¿Y? —dije.

—Bien, es decir, debería estar en manos oficiales.

—Yo también trabajo para el Gobierno —dije desafiante.

—Quiero decir que debería estar en manos seguras.

—¿Por qué?

—Bien, ah, porque sí.

No acepto un «porque sí» de mi hijo de seis años como argumento; tampoco iba a aceptarlo entonces.

—No puedo entregárselo… ya han oído lo que Hollus ha dicho de que estal aría. Creo que Hollus ha dejado muy claro cómo van a hacerse las cosas… y ustedes, cabal eros, no tienen en ello ningún papel. Por tanto —miré al tipo blanco, el que tenía acento francés—, les digo adieu.

3

Había empezado con una tos ocho meses atrás.

La ignoré. Como un idiota, ignoré los síntomas que tenía justo delante.

Soy un científico. Debí haberlo hecho mejor.

Pero me dije que no era más que el resultado de mi polvoriento ambiente de trabajo. Empleamos taladros dentales para separar los fósiles de las rocas. Evidentemente, cuando lo hacemos llevamos máscaras —la mayor parte del tiempo (también, casi todo el tiempo, nos acordamos de ponernos las gafas de seguridad)—, porque a pesar del sistema de ventilación, hay mucho polvo fino de roca en el aire; puedes ver las capas que deja sobre libros y periódicos, sobre el equipo que no se usa.

Además, la noté por primera vez bajo el calor sofocante del pasado agosto; una capa de inversión se había estado colando sobre Toronto, y se emitían advertencias sobre la calidad del aire. Pensé que quizá la tos se detendría cuando nos alejásemos de la ciudad, cuando fuésemos al campo. Y así pareció ser.

Pero cuando volvimos al sur, la tos regresó. Aun así, apenas le presté atención.

Hasta que empezó a salir sangre.

Sólo un poco.

En invierno, cuando me sonaba, a menudo tenía sangre en la nariz. El aire seco tiene esas cosas. Pero nos encontrábamos en el bochornoso verano de Toronto. Y lo que producía no eran mocos; era flema, enviada desde lo más profundo del pecho, retirada del cielo de la boca con la lengua y transferida al pañuelo para eliminarla.

Flema, moteada de sangre.

La noté, pero no sucedió nada similar durante un par de semanas. Y por tanto no le di mayor importancia.

Hasta que sucedió de nuevo, a finales de septiembre.

Si hubiese estado prestando más atención, hubiese notado que la tos era más persistente. Soy el director del departamento de paleobiología; supongo que debería haber hecho algo, debería haberme quejado a mantenimiento por el aire seco, del polvo mineral que flotaba por ahí.

La segunda vez tenía mucha sangre en la flema.

Y hubo más al día siguiente.

Y al día después.

Y por tanto, finalmente, pedí cita con el doctor Noguchi.

El simulacro Hollus había partido alrededor de las 4:00 de la tarde; normalmente yo trabajaba hasta las 5:00, así que fui caminando —bastante pasmado, la verdad— de regreso a mi oficina y me senté, anonadado, durante unos minutos. Mi teléfono sonaba continuamente, así que lo desconecté; parecía que cada uno de los medios informativos del planeta quería hablar conmigo, el hombre que había estado a solas con el extraterrestre. Le indiqué a Dana, la asistenta del departamento, que transfiriese todas las llamadas a la oficina de la doctora Dorati. Christine se encontraría en su elemento dialogando con la prensa. Luego me volví hacia el ordenador y comencé a registrar algunas notas. Había comprendido que debía haber un registro, una crónica, de todo lo que viese y todo lo que aprendiese. Tecleé con furia durante quizás una hora, luego salí del RMO por la entrada de servicio.

Había una multitud enorme en el exterior —pero, por suerte, estaban todos en la entrada principal, a media manzana de distancia—. Busqué brevemente algún rastro del aterrizaje de la nave espacial; no había nada. Luego bajé corriendo la escalera de la parada de metro del museo, con azulejos de un amaril o enfermizo.

Durante la hora punta, la mayor parte de la gente se dirige hacia los suburbios, al norte. Como era habitual, cogí el tren al sur, hasta University Avenue, cambio en la estación Union, y luego por la línea Yonge hasta el North York Centre; no era la ruta directa, pero me garantizaba un asiento durante todo el camino. Claro está, mi estado era evidente, así que la gente a menudo me ofrecía su asiento. Pero al contrario que Blanche DuBois, prefería no tener que depender de la generosidad de los extraños. Como era habitual, llevaba un disco Zip en la cartera conteniendo archivos relacionados con el trabajo, y había impreso algunos artículos que quería leer. Pero me fue imposible concentrarme.

Un extraterrestre había llegado a Toronto. Un extra-terrestre de verdad.

Era increíble.

Medité sobre la situación durante los cuarenta minutos del viaje en metro. Y, mientras miraba al conjunto de rostros que me rodeaban —todos los colores, todas las razas, todas las edades, el mosaico que es Toronto —pensé en el impacto que los acontecimientos del día tendrían en la historia humana. Me pregunté si sería Raghubir o yo el que acabaría citado en las entradas de las enciclopedias: el extraterrestre había venido a verme a mí —o al menos, a alguien de mi posición—, pero su primera conversación real (había tomado un descanso para ver la cinta de la cámara de seguridad) había sido con Raghubir Singh.

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