Robert Silverberg - Sadrac en el horno

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Sadrac en el horno: краткое содержание, описание и аннотация

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Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.

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Y la mujer lo toma del brazo, y él descubre que es Katya y le dice: "¿Qué quieres?" Ella responde: Es demasiado tarde. El dice: "¿Ya han elegido al próximo donante?”. Sí. "No creo que tengas inconveniente en decírmelo. "No sé si debo.” ¿Quién es? "Tú”, responde Katya. El mundo estalla en una ola de fuego. La risa de Genghis Mao vibra a través de los cielos, se estrella en las montañas.

Sadrac se despierta. Se incorpora.

Cierra el puño y lo mantiene cerrado con todas sus fuerzas.

Desde Ulan Bator, a cuatrocientos kilómetros hacia el Oeste, llega la terrible convulsión de la agonía de Genghis Mao, el grito mudo de sensores que transmiten la onda de dolor que arrolla el cuerpo del Khan.

Sadrac se acerca a la Interfaz Tres y anuncia:

—Sadrac Mordecai para servir al Khan. Controlado, aprobado y admitido, atraviesa la mole de acero.

Ya es casi la medianoche. Sadrac se dirige de inmediato a la habitación del Khan, pero Genghis Mao no está allí. Mordecai frunce el ceño. En los últimos días, el Khan ha recuperado las fuerzas necesarias como para dejar su habitación, pero resulta extraño que no esté en la cama a estas horas de la noche. Un sirviente le informa a Sadrac que el Khan ha pasada casi toda la noche en la sala de reclusión conocida como Refugio del Khan, y es probable que esté allí en este momento.

A buscarlo, entonces. La oficina del Khan está vacía; en el comedor imperial, no hay nadie. Luego Sadrac entra a su propia oficina, donde se detiene por un momento para reunirse con sus tan amados objetos de colección, sus esfignomanómetros y escalpelos, sus micrótomos y treparlos. Aquí, en un frasco, está la aorta abdominal auténtica de Genghis Mao, sin duda un tesoro de la historia de la medicina. Y aquí está la última pieza que Sadrac incluyó en su museo, un mechón de la preternatural cabellera negra. espesa y abundante de Genghis Mao, una reliquia tal vez más apropiada para un museo de brujerías o vudú que para un museo de medicina, pero que sin embargo no está fuera de lugar, ya que fue extraída del cráneo del célebre paciente cuando se lo preparaba para la operación de cerebro llevada a cabo con éxito en el nonagésimo (u octogésimo quinto, o nonagésimo quinto) año de su vida. Y bien. Adelante. Sadrac enfrenta la puerta que comunica con el Refugio del Khan y pide entrada.

La puerta se desliza y le abre paso.

El refugio del Khan es la habitación de este piso que menos se usa. Está totalmente aislada del resto de las habitaciones, excepto de la oficina de Mordecai, que es el único lugar que está directamente comunicado con el Refugio del Khan. Es una sala baja, decorada con muebles orientales y rebuscados, gruesos cortinados y alfombras trabajadas. Genghis Mao está recostado en un mullido diván dispuesto a lo largo de la pared en el extremo izquierdo de la habitación. La cabeza afeitada del Khan ya está cubierta por una delgada película de cerda negra. La vitalidad del anciano es irreprimible. Sin embargo se lo ve alterado, casi. aturdido.

—Sadrac —dice. Su voz es grave y ronca—. Sabía que vendría a verme. Lo sintió, ¿verdad? Hace aproximadamente una hora y media. Creía que la cabeza me estallaba.

—Lo sentí, sí.

—Usted me dijo que me insertarían una válvula en el cerebro. Para drenar el líquido — dijo.

—Eso es lo que hicimos.

—¿No funciona bien?

—Funciona a la perfección, señor —dice Sadrac en tono moderado.

Genghis Mao está confundido.

—¿Entonces qué fue lo que me provocó ese dolor de cabeza tan fuerte hace un rato?

—Esto fue —dice Sadrac. Sonríe, extiende la mano izquierda y cierra el puño.

Nada sucede por un momento. Luego los ojos de Genghis Mao se agrandan sorprendidos e impactados. Entre quejidos, el Khan se oprime las sienes con las manos, se muerde los labios, inclina la cabeza calva, se frota los ojos con los puños, se lamenta atragantado, presa de la angustia. Sadrac percibe las reacciones internas de Genghis Mao, a través de los sensores que proveen información acerca de las funciones físicas del Khan: el ritmo del pulso y la respiración se acelera de una manera alarmante, la presión sanguínea es baja y la presión intercraneal aumenta sin piedad. Genghis Mao se acurruca de dolor, tiembla, gruñe. Sadrac vuelve a extender el puño. Poco a poco el dolor abandona a Genghis Mao, el cuerpo toma su posición normal, y los sensores de Sadrac dejan de transmitir los síntomas del shock.

Genghis Mao levanta la vista y la fija en Sadrac durante un largo rato.

—¿Qué me han hecho? —pregunta Genghis Mao en un ronco murmullo.

—Le instalamos una válvula en el cráneo, señor. Para drenar la peligrosa acumulación de líquido cerebroespinal. Sin embargo, debo decirle que la válvula fue diseñada para ejercer acción reversible, ya que a través de la telemedición es posible hacer que la válvula bombee liquido al cráneo, en lugar de desviar el líquido fuera del cráneo. Yo controlo la acción de la válvula, por medio de un cristal piezoeléctrico insertado en la palma de mi mano. Apenas contraigo los músculos de la mano, el líquido deja de drenar. Si la contracción es más fuerte, la válvula comienza a bombear el líquido al cerebro. Puedo interrumpir la marcha de su organismo. Puedo hacerle sentir el dolor que hoy ha experimentado dos veces, y en sólo un instante puedo causarle la muerte.

La expresión facial de Genghis Mao es totalmente opaca. Analiza la declaración de Sadrac en silencio. Finalmente, dice:

—¿Por qué me hizo esto, Sadrac?

—Para protegerme, señor.

—¿Pensó que iba a usar su cuerpo para el Proyecto Avatar?

—Estaba seguro de ello, señor.

—Se equivocó. Nunca lo hubiera hecho. Usted es muy importante para mí, tal cual es ahora.

—Sí señor. Gracias, señor.

—Cree que miento. Le digo que nunca existió la posibilidad de activar Avatar, utilizándolo a usted como donante. No me malinterprete, Sadrac. No me estoy defendiendo. Simplemente le estoy diciendo cómo son las cosas en realidad.

—Sí señor. Pero yo conozco sus enseñanzas con respecto a la redundancia. Tenía miedo de dejar de ser indispensable, y ahora puedo estar seguro de que lo soy, creo.

—¿Sería capaz de matarme? —pregunta Genghis Mao.

—Si sintiera que mi vida está en peligro, sí.

—¿Qué diría Hipócrates de eso?

—Aun los médicos tenemos el derecho a la defensa personal, señor.

La sonrisa de Genghis Mao se vuelve más cálida. Es como si la conversación lo divirtiera. Su rostro no refleja en absoluto la más mínima indignación.

Con voz calma, propone una hipótesis especulativa:

—¿Qué pasaría si yo lo atrapara sin que usted lo advirtiera, si lo inmovilizara antes de que pueda cerrar el puño, y lo condenara a muerte?

Sadrac menea la cabeza.

—La pieza que llevo insertada en la mano está programada para la energía eléctrica de mi cerebro. Si me muero, si me anulan la mente, si por equis causa se interrumpe el impulso eléctrico de mi cerebro, la válvula comienza automáticamente a bombear el líquido cerebroespinal a su médula. El momento de mi muerte será el preludio de su propia muerte, señor. Nuestros destinos se han unido. Cuide de mi vida, señor, por su propio bien.

—¿Y si hago que me extraigan la válvula de la cabeza, para reemplazarla por otra que no se adapte a la pieza que usted lleva insertada en la mano?

—No, señor. De ninguna manera podrán operarlo sin que mi sistema interno me lo notifique. Apenas me enterara que lo están operando, me defendería, desde luego. Somos una entidad en dos cuerpos distintos, señor. Y lo seremos para siempre.

—Muy ingenioso. ¿Quién diseñó esa maravilla mecánica?

—Buckmaster lo hizo, señor.

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