Dennis agitó la hermosa tela bajo la nariz de Teth.
—¿Te visten de harapos y lo dejan conservar algo como esto?
—¡Sí! Nos permiten conservar algunas de nuestras prendas personales, para que no se estropeen dejándolas sin trabajar. ¡Puede que sean malos, pero no tanto!
—Y este trozo no es nuevo, supongo. —El pañuelo parecía recién salido de una tienda cara.
—¡Palmi, no! —Teth parecía aturdido—. ¡Lleva cinco generaciones en mi familia! —protestó orgullosamente—. ¡Y lo hemos estado utilizando ininterrumpidamente todo el tiempo! ¡Lo miro y me sueno la nariz con él montones de veces cada día!
Era una protesta tan inusitada que la tenaza de Dennis se aflojó. Teth se deslizó hasta el suelo, sin dejar de mirarlo.
Sacudiendo la cabeza aturdido, Dennis se levantó y se acercó al exterior, parpadeando debido al brillo. Caminó inseguro entre grupos de hombres que trabajaban… todos vestidos con el traje de los prisioneros, hasta que alcanzó un punto donde la empalizada exterior entraba en contacto con la brillante muralla del castillo.
Con la mano izquierda tocó los burdos troncos de árboles rudamente cortados y encolados que formaban la empalizada. Con la mano derecha acarició la muralla del castillo, una superficie lisa y dura como el metal que brillaba transparente como una enorme piedra semipreciosa marrón claro… o como el tronco pulido de un gigantesco árbol petrificado.
Oyó a alguien acercarse por detrás. Miró y vio que era Teth, ahora acompañado por dos prisioneros, que miraban al recién llegado con curiosidad.
—¿Cuándo fue la guerra? —preguntó Dennis en voz baja, sin volverse.
Ellos se miraron mutuamente. Un hombre alto y fornido respondió.
—Uf, ¿de qué guerra hablas, grem? Hay guerras a montones continuamente. ¿La del padre del barón, cuando expulsó al duque? ¿O este problema que Kremer tiene con el rey?
Dennis se volvió y gritó.
—¡La Gran Guerra, idiotas! ¡La que destruyó a vuestros antepasados! ¡La que os hizo vivir de las sobras de vuestros ancestros… de sus carreteras autolubricantes, de sus pañuelos indestructibles!
Se llevó la mano a la cabeza dolorida cuando se sintió asaltado por una oleada de náuseas. Los otros susurraron entre sí.
Finalmente, un hombre bajo y cetrino de barba muy negra se encogió de hombros y dijo:
—No sé de qué hablas, amigo. Vivimos mejor de lo que lo hicieron nuestros antepasados. Y nuestros nietos vivirán mejor que nosotros. Eso se llama progreso. ¿No has oído hablar del progreso? ¿Vienes de un lugar donde adoran a los antepasados, o algo así de retrógrado?
Parecía verdaderamente interesado. Dennis dejó escapar un gemidito de desesperación y echó a andar, seguido por una multitud creciente.
Pasó ante los prisioneros que trabajaban en un huerto. Las ordenadas filas de verduras tenían un aspecto bastante normal. Pero las herramientas que los jardineros utilizaban eran de pedernal y ramas de árboles, como las que había visto en casa de Tomosh Sigel. Señaló los rastrillos y azadas.
—Esas herramientas son nuevas, ¿no? —le preguntó a Teth.
El viejo se encogió de hombros.
—Justo lo que pensaba! Todo lo nuevo es rudo y apenas mejor que palos y piedras, mientras que los ricos acumulan los restos mejores de la antigua sabiduría de vuestros antepasados…
—¡Qué va! —terció el hombre pequeño y cetrino—. Esas herramientas son para los ricos, gremmie.
Dennis arrancó una azada de piedra de manos de uno de los granjeros que tenía cerca y la agitó ante la nariz del tipo.
—¿Éstas? ¿Para los ricos? ¿En una sociedad obviamente jerárquica como la vuestra? Estas herramientas son bastas, rudas, ineficaces, toscas…
El granjero gordo al que le había quitado la herramienta protestó.
—¡Bueno, lo hago lo mejor que puedo! ¡Acabo de empezar con ella, por todos los diablos! ¡Mejorará! ¿Verdad, chicos? —Hizo una mueca. Los demás murmuraron su acuerdo, al parecer habían llegado a la conclusión de que Dennis era un matón de tres al cuarto.
Dennis parpadeó ante el aparente non sequitur. No había dicho nada sobre el granjero. ¿Por qué se lo tomaba como algo personal?
Buscó otro ejemplo… cualquier cosa para comunicar con aquella gente. Se volvió y divisó a un grupo de hombres al otro extremo del patio. No iban vestidos con tejidos burdos, sino que llevaban hermosos ropajes de colores brillantes y atractivos. Sus vestidos brillaban a la luz de la tarde.
Dichos hombres estaban enzarzados practicado la esgrima con palos de madera a modo de espadas. Un puñado de guardias los observaba.
Dennis no tenía ni idea de por qué aquellos aristócratas y sus guardias estaban allí, en el patio de la prisión, pero aprovechó la oportunidad.
—¡Allí! —señaló—. Esa ropa que llevan esos hombres es vieja, ¿verdad?
Aunque ahora era menos amistosa, la multitud asintió.
—¿Entonces fue hecha por vuestros antepasados?
El hombre pequeño y cetrino se encogió de hombros.
—Supongo que podríamos decir que sí. ¿Y qué? No importa quién hace algo. ¡Lo que cuenta es si lo conservas!
¿Era aquella gente ciega a la historia? ¿El holocausto que había destruido la maravillosa ciencia antigua de aquel mundo los había traumatizado tanto que se escondía de la verdad? Se encaminó decidido hacia el lugar donde los petimetres practicaban la esgrima junto a la muralla. Un aburrido guardia alzó la cabeza, perezoso, y luego continuó su siesta.
Dennis ya había perdido los nervios. Gritó a los prisioneros que le seguían.
—¿No negáis que los aristócratas se quedan con lo mejor, y casualmente con lo más viejo de todo?
—Bueno, claro…
—Y estos aristócratas sólo visten cosas viejas. ¿Cierto?
La multitud estalló en una carcajada. Incluso algunos de los que iban vestidos con ropajes brillantes detuvieron sus prácticas de esgrima y sonrieron. El viejo Teth dirigió a Dennis una sonrisa mellada.
—Ellos no son ricos, Dennis. Son pobres prisioneros como nosotros. Tienen la misma constitución que algunos de los sicarios del barón. «Si puedes vestir la ropa de un ri co, vestirás la ropa de un rico, ¡lo quieras o no!»
Parecía un aforismo.
Dennis sacudió la cabeza. Su subconsciente giraba y parecía tratar de decirle algo.
—Prisioneros por tener «la misma constitución» que el barón… eso es lo que dijo la tía de Tomosh Sigel sobre el padre del chico… —alguien cercano abrió la boca pero Dennis continuó hablando solo, cada vez más y más rápido.
—Los ricos obligan a los pobres a vestir su ropa chillona, día sí, día no… pero eso no estropea el tejido. En cambio…
Alguien cercano hablaba con urgencia, pero la mente de Dennis estaba completamente llena. Deambuló sin rumbo, sin prestar atención a donde iba. Los prisioneros le dejaron paso, como hacen los hombres con los santos o los locos.
—No —murmuró—, la ropa no se gasta… porque los ricos hacen que alguien con su misma constitución la lleve todo el tiempo, ¡para mantenerla en…!
—Disculpe, señor. ¿Mencionó usted el nombre de…?
—¡Para mantenerla en práctica! —A Dennis le dolía la cabeza—. ¡Práctica! —repitió, y se apretó la cabeza con las manos por la locura que le hacía sentir el mundo.
—¿Mencionó usted el nombre de Tomosh Sigel?
Dennis alzó la cabeza y vio a un hombre alto y de anchos hombros, vestido con los ropajes de un magnate fabulosamente rico… aunque ahora sabía que se trataba de un prisionero igual que él. Algo en el rostro del hombre le resultaba familiar. Pero la mente de Dennis estaba demasiado embotada para dedicarle más que un instante de reflexión.
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