—¡Bernald Brady! —gritó, y dio una palmada—. ¡Dijo que aquí había una sutil diferencia en las leyes físicas! Algo sobre que los robots parecían hacerse más eficientes…
Dennis se palpó la chaqueta y los pantalones. Notó objetos abultados. Los guardias le habían quitado el cinturón y la bolsa pero habían dejado en paz el contenido de sus bolsillos.
—Por supuesto. Ni siquiera los advirtieron —susurró, medio frenético—. ¡Nunca habían visto bolsillos con cremallera! ¡Y estas cremalleras han tenido práctica volviéndose mejores y mejores desde que llegué aquí!
La multitud guardó silencio cuando abrió un bolsillo y sacó su diario. Dennis pasó las páginas.
—Día Uno —leyó en voz alta—. Equipo terrible. El más barato posible. Juro que me desquitaré de ese hijo de perra de Brady algún día… —Alzó la cabeza, sonriendo torvamente—. Y lo haré, desde luego.
—Señor —insistió el hombre alto—, mencionó usted el nombre de…
Dennis continuó, arrancando las páginas.
—Día Diez… El equipo es mucho mejor de lo que pensaba… supongo que debí confundirme al principio…
¡Pero no se había confundido! ¡El material simplemente había mejorado!
Dennis cerró de golpe el diario y alzó la mirada. Por primera vez desde que llegara a aquel mundo, vió.
Vió una torre que se había convertido, después de muchas generaciones, en un gran castillo… ¡porque había sido practicada durante mucho tiempo!
Vio herramientas de jardinería que mejorarían día a día con el uso, hasta que fueran las maravillas que había visto en el porche de la casa de Tomosh Sigel.
Se volvió y miró a los hombres que lo rodeaban. Y vió…
—¡Cavernícolas! —gimió—. ¡No encontraré científicos ni constructores de máquinas aquí, porque no hay ninguno! No tenéis tecnología en absoluto, ¿verdad? —acusó a un prisionero.
El hombre retrocedió, obviamente sin tener ni idea de a qué se refería Dennis.
Se dio la vuelta y señaló a otro.
—¡Tú! ¡Ni siquiera sabes lo que es una rueda! ¡Niégalo!
Los prisioneros se quedaron mirándolo.
Dennis se tambaleó. Su conciencia osciló como una vela que se apaga.
—Tendría… tendría que haberme quedado en la compuerta y construido mi maldito zievatrón… El cerduende y el robot habrían sido de más ayuda que un puñado de salvajes que probablemente me comerán para la cena… y practicarán con mis huesos para hacer cucharas y tenedores… mis omóplatos serán una buena vajilla.
Las piernas le cedieron y cayó de rodillas, luego quedó tendido de bruces en la arena.
—Es culpa mía —dijo alguien por encima de él—. No tendría que haber dejado que se levantara con un chichón así en la cabeza.
Dennis sintió que unos fuertes brazos lo agarraban por las piernas y los hombros. El mundo se tambaleaba a su alrededor. Cavernícolas. Probablemente iban a meterlo en un jergón para que pudiera practicarlo en una cama de plumas sólo permaneciendo tumbado en él.
Dennis se rió, mareado.
—Ah, Den, sé justo… son un poco mejor que cavernícolas. Después de todo, han aprendido que la práctica conduce a la perfección…
Entonces perdió el conocimiento.
Era un programa de debate nocturno en trivi. Los invitados eran cuatro filósofos eminentes.
Desmond Morris, Edwin Hubble, William Gibbs y Seamus Murphy acababan de ser entrevistados. Después de la pausa comercial, el presentador del programa se volvió hacia las holocámaras, sonriendo diabólicamente.
—Bien, señoras y señores, hemos oído a estos cuatro caballeros hablar largo y tendido sobre sus famosas Leyes de la Termodinámica. Tal vez sea buen momento para recibir información opuesta. Es por tanto un gran placer presentarles a nuestro invitado misterioso de esta noche. ¡Por favor, den la bienvenida al señor Pers Peter Mobile!
Los cuatro filósofos se levantaron como un solo hombre, protestando.
—¿Ese charlatán?
—¡Falsario!
—¡No compartiré el estudio con un timador!
Pero mientras protestaban, la orquesta arrancó con una animosa a irreverente tonada. Mientras la fanfarria aumentaba, un chimpancé salió a escena sonriendo, enseñando sus dientes torcidos a inclinándose ante los aplausos del público.
Llevaba en la cabeza una gorrita con una hélice de juguete.
El chimpancé cogió un micrófono lanzado desde los laterales. Danzó al ritmo de la música, haciendo girar la hélice de juguete con un dedo. Luego, con voz rasposa pero extrañamente autoritaria, empezó a cantar.
¿Por qué es así?
Oh, ¿por qué?
¡Es un camino fácil,
lo confesaré,
si sabes lo que yo sé!
La música era pegadiza. Pers Peter Mobile sonrió y cantó un par de estrofas.
Oh, el viejo Ed Hubble sopló una burbuja cósmica,
¡y dijo que explotó!
No lo quiere admitir en vista del lío resultante,
¡pero empieza a hacer un frío horrible aquí!
Y Willard Gibbs, qué terrible pillín,
elaboró asuntos de economía.
El tiempo es la flecha que guía, se le oirá cantar,
¡y la deuda siempre crónica será!
El chimpancé desafinaba, pero no dejaba de hacer girar la pequeña hélice. El borrón en lo alto de su cabeza se volvió hipnótico, como las aguas de un tejido de muaré.
Los sabios antropólogos sostienen, oh, feliz refrán,
que el hombre por sus herramientas se define.
Las herramientas nos ayudan a capear
de la entropía el temporal.
¡Pero incluso ellas las reglas obedecen!
Y Murphy crítico, pesimista,
grita todavía pronosticando
que esto de la entropía
encierra algo personal
y que lo que mal puede salir, mal saldrá.
La música aumentó de volumen, acompañada por el gemir de la hélice. El mono bailarín volvió al estribillo.
¿Por qué es así?
Oh, ¿por qué?
Es un maldito lío,
lo confesaré,
¡pero hay un secreto que yo sé!
El borrón en lo alto de su cabeza ya no necesitaba un dedo para seguir funcionando. De hecho, ya no era una hélice de juguete.
La gorrita se había convertido en un casco espacial y las aspas al girar lo alzaban en el aire, para gran desazón de los otros invitados.
La cámara enfocó la cara del chimpancé. Dos filas de dientes grandes y amarillos sonrieron al público. La música rugió en un crescendo.
Oh, hay un tiempo y un lugar para cada cosa,
o eso dicen los sabios.
Si no te gustan las reglas
de un estúpido lugar,
¡no te quedes, echa a volar!
El chimpancé revoloteó por el estudio, su gorrita convertida ahora en un traje volador completo. Revoloteó sobre los furiosos filósofos, haciendo que éstos se escondieran tras los asientos. Luego dio un brusco giro y se dirigió a la cámara, riendo, aullando, chillando de risa.
—¡Ah! —Dennis agitó las manos y se agarró al borde del jergón. Se quedó mirando la oscuridad largo rato, respirando con dificultad. Finalmente, se desplomó de nuevo en la cama con un suspiro.
Así que no había ningún mágico chimpancé negentrópico después de todo. Pero la primera parte del sueño era real. Estaba encarcelado en un mundo extraño. Un puñado de cavernícolas que no tenían la menor idea de que lo eran lo habían hecho prisionero. Estaba al menos a setenta kilómetros del zievatrón destrozado, en un mundo donde las leyes físicas más básicas en cuya creencia había sido educado estaban extrañamente retorcidas.
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