Harry Harrison - ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!

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¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!: краткое содержание, описание и аннотация

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Lunes, 9 de agosto de 1999. El siglo está en sus postrimerías. Nueva York posee una población de 35 millones de seres humanos. Viven hacinados en las casas, en los cementerios de coches que en otro tiempo fueron aparcamientos, en los viejos barcos anclados a orillas del Hudson, en los depósitos militares cerrados hace tiempo... y algunos ni siquiera tienen un techo donde guarecerse y viven simplemente en las calles. El petróleo se ha agotado, los vegetales se están agotando, la carne es un artículo de súper lujo, la gente vive a base de galletas y sucedáneos extraídos del mar, el agua está racionada, y cualquier accidente puede romper este precario equilibrio. Y en Nueva York vive el policía Andrew Rusch, cuyo trabajo es investigar los crímenes que se producen diariamente en la ciudad, pero también cargar contra las muchedumbres que simplemente piden comida y agua.
Peor en ese miserable mundo, que puede ser el nuestro dentro de muy pocos años, en el que todo escasea excepto la necesidad, ni siquiera la policía tiene efectivos suficientes para llevar a cabo su trabajo.

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—Justo lo que quería.

Schmidt sacó el trozo de carne de la balanza y empezó a envolverlo en un pliofilm.

—Sólo te costará veintisiete noventa.

—¿No es… mucho más caro que la última vez?

Mike siempre se estaba quejando de que gastaba demasiado dinero en la compra, como si ella fuera responsable de los precios, pero no obstante insistía en comer carne.

—Todo está por las nubes, hija mía. Pero te diré lo que voy a hacer: dame un beso, y te descontaré los noventa centavos. Tal vez incluso te daré un trozo de mi propia carne… —el guardián y él estallaron en otra estruendosa carcajada. Era sólo una broma, como decía Mike, y tenía que aceptarla sin enfadarse. Sacó el dinero de su bolso.

—Aquí tiene, señor Schmidt: veinte… veinticinco… veintiocho —sacó la diminuta pizarra de su bolso, escribió el precio en ella, y la colocó junto al dinero. Schmidt la miró y luego garabateó la inicial S debajo con un trozo del pizarrín azul que siempre utilizaba. Cuando Mike se quejara del precio de la carne le enseñaría esto, no porque sirviera de nada.

—Diez centavos de vuelta —sonrió Schmidt, empujando la moneda a través del mostrador—. Espero volver a verte pronto, Shirl —añadió, mientras ella cogía el paquete y echaba a andar hacia la puerta.

—Sí, muy pronto —dijo el guardián, al tiempo que abría la puerta sólo lo suficiente para que Shirl pudiera deslizarse a través de ella. Mientras Shirl salía, el guardián le acarició el trasero con la mano. La puerta volvió a cerrarse, cortando en seco la risotada del hombre.

—¿A casa, ahora? —preguntó Tab, cogiendo el paquete de manos de Shirl.

—Sí… y tomaré un taxi también.

Tab la miró a la cara y empezó a decir algo, pero cambió de idea.

—Un taxi, de acuerdo. —Echó a andar hacia la calle, seguido de Shirl.

Una vez en el taxi, Shirl se sintió mejor. Aquellos dos hombres se habían comportado como cerdos, pero no peor que de costumbre, y ella no tendría que volver allí hasta la semana próxima. Y, como decía Mike, no podía esperarse que un carnicero tuviera unos modales refinados. ¡Casi daban risa con sus verdulerías más propias de colegiales! Y tenían buena carne, no como algunos de los otros. Después de preparar los filetes para Mike freiría un poco de harina de avena en la grasa, resultaría buena. Tab la ayudó a apearse del taxi y cogió el capazo de la compra.

—¿Quiere que suba esto?

—Será mejor… y podrías poner dentro los botellines vacíos. ¿Hay algún lugar en la habitación del guardián donde puedas dejarlos de modo que mañana no los olvidemos?

—Desde luego, Charlie tiene un armario cerrado que nosotros utilizamos, puedo dejarlos allí.

Charlie sostuvo la puerta mientras entraban, y el vestíbulo resultaba casi fresco llegando del calor de la calle. No hablaron mientras subían en el ascensor. Shirl rebuscó la llave en su bolso. Tab se adelantó a ella en el rellano y abrió la puerta exterior, pero se paró de un modo tan brusco que Shirl estuvo a punto de chocar con él.

—Por favor, ¿quiere esperar un momento aquí, señorita Shirl? —dijo Tab en voz baja, dejando silenciosamente el capazo de la compra en el suelo, contra la pared.

—¿Qué pasa…? —empezó a decir Shirl, pero Tab se llevó un dedo a los labios y señaló la puerta interior.

Estaba un par de centímetros abierta, y había una profunda estría en la madera. Shirl no sabía lo que significaba aquello, pero no podía ser nada bueno, porque Tab se había agachado ligeramente, con el puño con la nudillera de hierro levantado ante él, y abrió la puerta y entró en el apartamento con aquella cautelosa actitud.

No fue muy lejos y no se oyó ningún sonido, pero cuando regresó iba muy erguido y su rostro estaba desprovisto de toda expresión.

—Señorita Shirl —dijo—, preferiría que no entrara, pero creo que será mejor que eche una mirada al dormitorio.

Ahora Shirl estaba asustada, sabiendo que había ocurrido algo terrible, pero le siguió obedientemente a través del cuarto de estar y hasta el dormitorio.

Extrañamente, creyó que estaba allí de pie, sin hacer nada, cuando oyó el grito… hasta que descubrió que era su propia voz, que era ella la que estaba gritando.

IV

Mientras fue de noche, Billy Chung había encontrado soportable la espera. Se había acurrucado en un rincón contra la fría pared del sótano, y casi se había adormilado. Pero cuando detectó las grisáceas premoniciones del alba en la ventana sintió un repentino espasmo de miedo que fue haciéndose más agudo a medida que transcurría el tiempo. ¿Le descubrirían ocultándose aquí? La noche anterior había parecido muy fácil, y todo había salido bien. Igual que cuando los Tigres habían llevado a cabo aquellos trabajos. Había sabido dónde comprar una antigua llanta de hierro sin que le hicieran preguntas, y por diez centavos más afilaron la punta. La parte más difícil había sido cruzar el foso que rodeaba el edificio, pero nadie le había visto, y estaba seguro de que nadie estaba mirando cuando había abierto la ventana del sótano con la llanta de hierro. No, si alguien le hubiera visto, en estos momentos ya le habrían atrapado. Pero tal vez a la luz del día podrían localizar las huellas del escalo en la ventana… Se estremeció al pensarlo, y tuvo repentina consciencia de los fuertes latidos de su corazón. Tuvo que obligarse a sí mismo a abandonar el rincón sumido en sombras y avanzar lentamente a lo largo de la pared hasta llegar junto a la ventana, tratando de mirar a través de la película de polvo del cristal. Antes de cerrar la ventana detrás de él había frotado con saliva y hollín las marcas que había dejado la llanta de hierro; pero, ¿las habría disimulado? El único lugar transparente de la ventana era el corazón que había dibujado en el polvo, y doblando el cuello en un ángulo inverosímil logró ver que las muescas astilladas tenían un color oscuro. Profundamente aliviado, regresó rápidamente a su rincón, pero al cabo de unos instantes sus temores volvieron a hacerse presentes, más fuertes que nunca.

La luz del día estaba penetrando ahora a través de la ventana: ¿cuánto tardarían en descubrirle? Si alguien entraba por la puerta lo único que tenía que hacer era mirar hacia el rincón para verle; el pequeño montón de tablas viejas y llenas de telarañas detrás del cual se encontraba no le ocultaba del todo. Temblando de miedo, apoyó la espalda contra la pared de hormigón con tanta fuerza que su áspera superficie lastimó su carne a través de la delgada tela de su camisa.

No existía ningún método para medir esta clase de tiempo. Para Billy, cada minuto parecía interminable… y al mismo tiempo tenía la impresión de que había pasado toda una vida en aquel sótano. En un momento determinado se acercaron unos pasos… luego se alejaron… y durante aquellos breves segundos descubrió que el miedo que había experimentado antes había sido un simple aperitivo. Tendido allí, temblando y sudando al mismo tiempo, se odió a sí mismo por su debilidad, pero no podía hacer nada para evitarlo. Sus dedos nerviosos escarbaron en una antigua costra en su espinilla hasta arrancarla, y la herida empezó a sangrar. Apretó contra ella el trapo que le servía de pañuelo, y los segundos se deslizaron lentamente.

Decidirse a abandonar el sótano resultó todavía más difícil que permanecer en él. Tenía que esperar a que los inquilinos del apartamento salieran a realizar sus tareas cotidianas… suponiendo que las tuvieran. Otra cuchillada de miedo. Tenía que esperar, pero sólo podía calcular la hora mirando el ángulo del sol a través de la opaca ventana y escuchando el sonido del tráfico en la calle. Finalmente, llegó a convencerse a si mismo de que el camino estaba despejado para salir. Introdujo la llanta de hierro en el interior de la pretina de su pantalón corto, donde no podía ser vista, y se sacudió la mayor cantidad posible de polvo antes de hacer girar el pomo de la puerta.

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