Alrededor de la entrada se hallaban los puestos de galletas de algas, con sus colgaduras de galletas multicolores, pardas, rojas, azules y verdes.
—Un kilo de verdes —le dijo Shirl al hombre del puesto en el que siempre compraba. Luego miró la etiqueta del precio—. ¡Otros veinte centavos por kilo!
—Ese es el precio que tengo que pagar, señora, no me beneficio en nada del aumento —colocó un peso en un platillo de la balanza y dejó caer galletas en el otro.
—Pero, ¿por qué suben continuamente los precios? —Shirl cogió un trozo de galleta del platillo y lo masticó. El color procedía del tipo de algas de que estaban echas las galletas, y las verdes siempre le habían gustado más, no tenían tanto sabor a yodo como las otras.
—La oferta y la demanda, la oferta y la demanda —el vendedor dejó caer las galletas en el capazo que Tab mantenía abierto— Cuantas más personas hay, más difícil resulta abastecerlas. Cada día hay que ir más lejos en busca de los lechos de algas. Y cuanto más largo es el viaje, más alto es el precio —Recitaba esta letanía de causa y efecto con una voz monótona, como un disco repetido hasta el infinito.
—No sé cómo se las arregla la gente —dijo Shirl mientras se alejaban, y se sintió un poco culpable de no tener que preocuparse gracias al dinero de Mike. Se preguntó cómo saldría adelante con el salario de Tab, puesto que sabía lo poco que ganaba—. ¿Quieres una galleta? —le preguntó.
—Quizá más tarde, gracias —Tab estaba vigilando a la multitud, y apartó diestramente con el hombro a un individuo con un gran saco a la espalda que estuvo a punto de empujar a Shirl.
Una banda de guitarristas se abría paso lentamente a través del atestado mercado, tres hombres rasgueando unos instrumentos de confección casera y una muchacha delgada cuya vocecilla resultaba inaudible en medio de aquella barahúnda. Cuando estuvieron más cerca, Shirl logró captar algunas de las palabras, había sido la canción de más éxito el año anterior, interpretada por Los Trovadores.
sobre la tierra encima de ella… Un pensamiento tan puro como los ángeles… conocerla era amarla.»
La letra de la canción no encajaba con aquella muchacha de pecho hundido y brazos flacos y huesudos. Por algún motivo desconocido, Shirl se sintió incómoda.
—Dales diez centavos —le susurró a Tab, y avanzó rápidamente hacia el puesto de productos lácteos. Cuando Tab se reunió con ella, Shirl dejó caer en el capazo un paquete de óleomargarina y un botellín de leche de soja: a Mike le gustaba en su café.
—Tab, recuérdame que tengo que devolver los botellines vacíos… ¡este es el cuarto! Y con un depósito de dos dólares por pieza, me arruinaré pronto si no me acuerdo.
—Se lo diré mañana, si tiene que ir de compras.
—Probablemente sí. Mike tendrá invitados a cenar, y no sé cuántos serán ni lo que quiere ofrecerles.
—Pescado, eso siempre es bueno —dijo Tab, señalando el enorme tanque de hormigón casi lleno de agua—. El tanque está lleno.
Shirl se puso de puntillas y vio una multitud de tilapias moviéndose en las oscuras profundidades.
—Tilapias frescas —dijo la pescatera—. Llegadas anoche del Lago Ronkonkoma. —Hundió su red en el tanque, y la sacó llena de peces serpenteantes, parecidos a las anguilas, de unos 15 centímetros de longitud.
—¿Las tendrá mañana? —preguntó Shirl—. Las quiero frescas.
—Todas las que quiera, cariño, esta noche llegarán más.
El calor era más intenso ahora, y Shirl no tenía que comprar nada más allí, de modo que sólo quedaba una última visita por hacer.
—Creo que será mejor ir a Schmidt's ahora —dijo, y algo en su voz hizo que Tab la mirara por unos instantes, para volver inmediatamente a su continua vigilancia de la multitud.
—Desde luego, señorita Shirl; se estará más fresco allí.
Schmidt's se encontraba en el sótano de un edificio destruido por un incendio en la Segunda Avenida, una simple cáscara negra encima del nivel de la calle, con unas cuantas barracas esparcidas entre el chamuscado maderamen. Una especie de callejón conducía a la parte trasera, y tres peldaños descendían hasta una pesada puerta verde, con una mirilla en el centro. Un guardaespaldas estaba apoyado en la sombra contra la pared —sólo los clientes tenían acceso a Schmidt's—, y levantó su mano en un breve saludo a Tab. Sonó el ruido de una cerradura, y un anciano de cabellos blancos subió los peldaños uno a uno.
—Buenos días, Juez —dijo Shirl.
El Juez Santini y O'Brien se veían con mucha frecuencia, y Shirl se había encontrado con él más de una vez.
—¡Vaya! ¡Buenos días, Shirl! —Tendió un pequeño paquete blanco a su guardaespaldas, el cual lo deslizó en uno de sus bolsillos—. Aunque a decir verdad temo que hace demasiado calor para hablar de un día bueno. En mi caso, los años empiezan a pesar. Saluda a Mike de mi parte.
—Lo haré, Juez; adiós.
Tab le entregó su bolso, y Shirl descendió y llamó a la puerta. Hubo un movimiento detrás de la diminuta ventana de la mirilla, luego. se oyó un chasquido metálico y la puerta se abrió. El interior era oscuro y fresco. Shirl entró.
—¡Miren a quién tenemos aquí, a la señorita Shirl en persona! —dijo el hombre que había abierto la puerta, mientras volvía a cerrarla y echaba de nuevo el pesado cerrojo de acero. Luego volvió a sentarse en el alto taburete apoyado contra la pared, acunando en sus brazos su escopeta de dos cañones.
Shirl no le contestó, nunca lo hacía. Schimdt alzó la mirada del mostrador, y a su rostro asomó una sonrisa ancha, porcina.
—Buenos días, encanto. ¿Vienes a buscar algo bueno para el señor O'Brien? —inquirió, apoyando sobre el mostrador sus manos grandes y rojas, y su macizo cuerpo, envuelto en una bata blanca salpicada de sangre, reposó a medias contra el propio mostrador.
Shirl asintió, pero antes de que pudiera decir nada el guardián intervino:
—Enséñele la longaniza, señor Schmidt; apuesto a que a ella le gustará.
—No lo creo, Arnie; a Shirl no le hace falta longaniza precisamente.
Los dos hombres estallaron en una ruidosa carcajada, y Shirl trató de sonreír y repiqueteó con los dedos sobre el mostrador.
—Quiero un filete o un trozo de carne de vaca, si lo tiene —dijo, y los hombres rieron de nuevo. Siempre se comportaban igual, sabiendo hasta dónde podían llegar sin buscarse problemas. Sabían lo de Shirl y Mike, y nunca hacían ni decían nada que pudiera acarrearles disgustos con este último. Shirl le había hablado a Mike del asunto en una ocasión, pero en realidad no podía acusar a aquellos hombres de nada ofensivo, y Mike incluso se rió de una de sus bromas y le dijo a Shirl que sólo estaban bromeando y que no se preocupara, que no podía esperarse que un carnicero tuviera unos modales refinados.
—Mira esto, Shirl —dijo Schmidt, abriendo la puerta situada detrás de él y sacando un pequeño animal desollado—. Excelente carne de perro, muy tierno.
Tenía buen aspecto, pero no era lo que ella quería, de modo que no valía la pena perder el tiempo mirándola.
—Parece buena, pero ya sabes que al señor O'Brien le gusta la carne de vaca.
—Difícil de conseguir en estos tiempos, Shirl. —Schmidt rebuscó detrás de la puerta—. Hay problemas con los abastecedores, siempre están subiendo el precio, ya sabes lo que pasa. Pero el señor O'Brien ha sido cliente mío por espacio de diez años, y mientras pueda procuraré servirle. ¿Qué te parece esto? —cerró la puerta y se volvió, mostrando un pequeño trozo de carne con un delgado borde de grasa blanca.
—Parece muy buena.
—Pesa poco más de medía libra. ¿Hay suficiente?
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