El agua estaba fría y deliciosa, y Shirl prolongó la ducha más de lo previsto; miró al contador con aire de culpabilidad. Después de secarse, utilizó la toalla para hacer desaparecer hasta la última gota de agua de la bañera, las paredes y el suelo, y luego enterró la toalla en el fondo del cesto de la ropa sucia, donde Mike no la vería nunca. Sintió un agradable hormigueo en la piel, y sonrió para sí misma mientras se espolvoreaba el cuerpo. Tienes veintitrés años, Shirl, y tu talla de vestido no ha cambiado desde que tenias diecinueve. Excepto el busto quizá; utilizaba un sujetador más grande, pero eso no era problema sino todo lo contrario, porque a los hombres les gustaba así. Sacó una bata limpia del armario y se la puso.
Mike seguía roncando cuando Shirl pasó a través del dormitorio; últimamente parecía agotado, probablemente cansado de transportar su propio peso con aquel calor. Durante el año que Shirl llevaba viviendo aquí, Mike había engordado diez kilos, la mayor parte de los cuales se habían acumulado en su cintura, pero a él no parecía importarle, y ella trataba de no fijarse demasiado. Conectó el televisor para que se calentara, y luego entró en la cocina para prepararse un trago. La bebida cara, la cerveza y la única botella de whisky, eran sólo para Mike, pero a ella no le importaba, a ella le tenía sin cuidado lo que bebía con tal de que supiera bien. Había una botella de vodka, Mike podía conseguir todo el que necesitaban, y tenía buen sabor mezclada con el concentrado de naranja. Si se añadía un poco de azúcar.
La cabeza de un hombre llenó la pantalla de cincuenta pulgadas, pronunciando palabras inaudibles y mirando directamente a Shirl; ella cerró el provocativo escote de su bata, abotonándolo. Se rió de sí misma mientras lo hacía; siempre lo hacía, pues aunque sabía que el hombre no podía verla, la hacía sentirse incómoda. El control remoto estaba en el brazo del sillón, y Shirl se enroscó junto a él con el vaso y pulsó el botón. En el canal siguiente daban una carrera de automóviles, y en el siguiente una película de John Barrymore, un actor de los años veinte que a ella no le gustaba; Shirl continuó cambiando de canal hasta que llegó, como de costumbre, al 19, el Canal de la Mujer, el cual sólo emitía seriales melodramáticos, pero uniendo todos los episodios en un solo serial que a veces duraba veinticuatro horas. Este era uno que ella no había visto antes, y cuando enchufó el auricular al control remoto descubrió el motivo: era un serial inglés. Todos los personajes hablaban con un acento raro, y algunas de las cosas que hacían resultaban difíciles de seguir, pero era bastante interesante. Una mujer acababa de dar a luz, sudando y sin maquillaje, cuando Shirl conectó el canal, y el marido de la parturienta estaba en la cárcel, pero había llegado la noticia de que acababa de fugarse, y el hombre que era el padre del recién nacido —un niño azul, acababan de descubrir—, era el hermano del marido. Shirl tomó un sorbo de la bebida y se instaló cómodamente.
A las seis de la mañana apagó el televisor, lavó y secó su vaso y fue a vestirse. Tab entraba de servicio a las siete, y Shirl quería terminar la compra lo antes posible, antes de que el calor apretase de veras. Despacio, para no despertar a Mike, encontró sus ropas y las llevó al cuarto de estar para vestirse. El slip y el sujetador de malla y su vestido gris sin mangas eran lo bastante viejos y lo bastante descoloridos como para ir de compras. Ninguna joya y ningún maquillaje, desde luego, no tenía por qué buscarse complicaciones. Nunca desayunaba, era un buen sistema para controlar las calorías, pero se tomó una taza de café negro antes de salir. Eran las siete en punto cuando comprobó si tenía la llave y el dinero en el bolso, sacó el capazo grande de la compra del armario de la cocina y salió del apartamento.
—Buenos días, señorita —dijo el ascensorista, abriendo la puerta con una reverencia y obsequiando a Shirl con una sonrisa que dejó al descubierto una hilera de dientes no demasiado buenos—. Parece que vamos a tener otro día de aúpa.
—Estamos ya a veintiocho, según el noticiario.
—Eso no es ni la mitad. —La puerta se cerró, y empezaron a descender—. Toman esa temperatura en lo alto del edificio, y apuesto a que cerca de la calle es mucho más alta.
—Es probable que sea así.
En el vestíbulo, el portero Charlie la vio cuando se abrió el ascensor y habló por su micrófono oculto.
—Vamos a tener otro día de calor —dijo, cuando Shirl salió.
—Buenos días, señorita Shirl —dijo Tab, saliendo del cuarto del guardián.
Shirl sonrió, alegrándose de verle como siempre, el guardaespaldas más simpático que había conocido… y el único que nunca se le había insinuado. Le gustaba no sólo por eso sino porque era el tipo de hombre al que nunca se le ocurriría pensar siquiera en una cosa así. Felizmente casado y con tres hijos, Shirl lo sabia todo acerca de Amy y de los niños. No, Tab no era aquel tipo de hombre.
Sin embargo, era un buen guardaespaldas. Sólo había que ver la nudillera de hierro en su mano izquierda para saber que podía cuidar de si mismo; aunque no era alto, la anchura de sus hombros y los hinchados músculos de sus brazos contaban su propia historia. Cogió el bolso de. manos de Shirl, guardándolo en uno de sus profundos bolsillos, y tomó el capazo de la compra. Cuando la puerta se abrió salió antes que Shirl, malos modales sociales pero buenos modales de guardaespaldas. Hacía calor, mucho más del que Shirl había esperado.
—¿Ningún comentario sobre el tiempo por tu parte, Tab? —preguntó, parpadeando a través del calor en la ya atestada calle.
—Creo que ya ha oído los suficientes, señorita Shirl. Yo he recogido casi una docena esta mañana.
Tab hablaba sin mirarla, sus ojos barrían la calle maquinal y profesionalmente. Solía hablar lentamente y moverse lentamente, y esto era deliberado debido a que algunas personas esperaban que un negro se comportara así. Cuando se producía un jaleo solía terminar un momento después, ya que Tab creía firmemente que lo que contaba era el primer golpe, y que si uno lo daba correctamente no había necesidad de un segundo o más.
—¿En busca de algo especial hoy? —preguntó Tab.
—Sólo la compra para la cena, y tengo que ir a Schmidt's.
—¿Va a tomar un taxi y ahorrar energías para la batalla?
—Sí… creo que esta mañana lo haré.
Los taxis eran bastante baratos; Shirl solía andar porque le gustaba, pero no con este calor. Había ya una hilera de taxis-a-pedales esperando, con la mayoría de los conductores agazapados en la raquítica sombra de sus asientos posteriores. Tab se dirigió hacia el segundo de la fila y ayudó a Shirl a subir a él.
—¿Qué pasa conmigo? —preguntó furiosamente el primer conductor.
—Tienes un neumático deshinchado, eso es lo que pasa contigo —dijo Tab tranquilamente.
—No está deshinchado, sólo un poco bajo de presión, no pueden…
—¡Piérdete de vista! —siseó Tab, y levantó su puño cerrado unos cuantos centímetros; los afilados pinchos de hierro resplandecieron. El hombre trepó rápidamente a su sillín y pedaleó como un loco calle abajo. Los otros conductores no hicieron ningún comentario. —Al mercado de Gramercy— le dijo Tab al segundo conductor.
El conductor del taxi pedaleó lentamente para que Tab pudiera mantenerse a su altura sin. correr, pero con todo estaba sudando. Sus hombros subían y bajaban rítmicamente delante mismo de Shirl, la cual podía ver los regueros de sudor discurriendo cuello abajo del hombre e incluso la caspa en sus ralos cabellos; estar tan cerca de la gente la disgustaba. Se volvió a mirar a la calle. Gente arrastrando los pies, otros taxis dejando atrás a los lentos camiones-remolque con sus cargas cubiertas. El bar de la esquina de la Avenida del Parque exhibía un letrero anunciando: «CERVEZA, HOY a las 2 de la tarde», y había ya algunas personas formando cola. Parecía una larga espera para un vaso de cerveza, particularmente al precio que estaba alcanzando este verano. Nunca había demasiada, siempre estaban hablando de cupos de grano o de algo por el estilo, pero en épocas de calor desaparecía tan pronto como llegaba, y a precios fantásticos. Giraron en Lexington y se detuvieron en la esquina de la Calle Veintiuna, y Shirl se apeó y esperó a la sombra del edificio mientras Tab pagaba al conductor. Un ronco rugido de voces llegaba de los puestos del mercado instalado en lo que había sido el Parque de Gramercy. Shirl respiró profundamente y, con Tab cerca de ella de modo que pudiera apoyar la mano en su brazo, cruzó la calle.
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