Gordon sonrió con gravedad.
—¿Quién puede decir lo que es legítimo, después de todos estos años? Pero una cosa es cierta, Bezoar, el «verdadero espíritu de América» parece haberse convertido en una pasión por cazar holnistas. Su culto a la fuerza es detestado, no sólo en EE UU Restablecidos sino en casi todos los lugares por donde he viajado. Aldeas rivales se unían ante el rumor de haber visto una de sus bandas. Cualquier hombre que vista el traje de camuflaje del Ejército es colgado sin tardanza.
Sabía que había dado en el clavo. Las ventanas nasales del oficial aletearon.
—Coronel Bezoar, por favor. Y apostaría a que hay zonas en la que eso no ocurre, señor Inspector. ¿Florida, tal vez? ¿Y Alaska?
Gordon se encogió de hombros. Ambos Estados habían quedado silenciados el día después de que cayeran las primeras bombas. También hubo otros lugares, como el sur de Oregón, donde la milicia no se había atrevido a entrar, ni siquiera armada.
Bezoar se levantó y fue hasta una estantería. Extrajo un grueso volumen.
—¿Ha leído a Nathan Holn? —preguntó, afable la voz una vez más.
Gordon negó con la cabeza.
—¡Pero, señor! —protestó Bezoar—. ¿Cómo puede conocer a su enemigo sin saber lo que piensa? Por favor, tome este ejemplar del Imperio Perdido… La biografía, de ese gran hombe que fue Aaron Burr, escrita por Holn. Puede hacerle cambiar de parecer.
»Creo, señor Krantz, que usted es la clase de hombre que podría convertirse en holnista. A menudo los fuertes sólo necesitan que les abran los ojos para ver que han sido atrapados por la propaganda de los débiles, que podrían tener el mundo, sólo con extender las manos y cogerlo.
Gordon reprimió la primera respuesta que se le ocurrió y cogió el libro que le ofrecía. Probablemente no sería sensato provocar demasiado a aquel tipo. Después de todo, una sola palabra suya bastaba para que los matasen.
—De acuerdo. Me ayudará a pasar el rato mientras dispone nuestro traslado a Willamette —dijo con gran calma.
—Sí —coincidió Johnny Stevens, que habló por primera vez—. Y de paso, ¿qué le parece pagar el franqueo extra necesario para terminar de repartir ese correo robado que transportaremos con nosotros?
Bezoar devolvió a Johnny la fría sonrisa, pero antes de que acertara a replicar, se oyeron pasos en el porche de madera de la antigua estación de guardabosques. La puerta se abrió y entraron tres hombres barbudos vestidos con los tradicionales atuendos en verde y negro.
Uno de ellos, el más bajo aunque con mucho el más imponente, lucía un único pendiente en la oreja, en el que brillaban unas grandes gemas engastadas.
—Caballeros —dijo Bezoar, levantándose—. Permítanme presentarles al General de Brigada Macklin, Reserva del Ejército de EE UU, unificador de los clanes holnistas de Oregón y comandante de las Fuerzas de Liberación Americanas.
Gordon se puso en pie, aturdido. Por un instante no pudo hacer otra cosa que mirar. El General y sus dos ayudantes eran los seres humanos de aspecto más extraño que había visto nunca.
No había nada desacostumbrado en sus barbas o pendientes… o en la corta ristra de mustios trofeos que cada uno llevaba como adorno ceremonial. Pero los tres tenían cicatrices terribles, dondequiera que los uniformes permitían verles el cuello y los brazos. Y bajo las tenues líneas dejadas por la cirugía mucho tiempo atrás, los músculos y tendones parecían combarse y formar nudos de una forma insólita.
Era increíble, y sin embargo Gordon tuvo la impresión de haber visto algo similar en el pasado. Aunque no acertó a recordar dónde ni cuándo.
¿Habían padecido aquellos hombres una de las plagas de después de la guerra? ¿Superpaperas, quizás? ¿O alguna clase de hipertrofia de la glándula tiroides? No lo podía precisar.
Gordon advirtió de repente que el más corpulento de los ayudantes de Macklin era el atacante que lo había golpeado con tanta rapidez la noche de la emboscada, junto a las riberas del Coquille, y lo había tirado al suelo de un contundente puñetazo antes de que pudiese siquiera empezar a moverse.
Ninguno de los hombres pertenecía a la nueva generación de supervivencialistas feudales, toscos jóvenes reclutados por todo el sur de Oregón. Como Bezoar, los recién llegados parecían lo bastante viejos para haber sido adultos antes de la guerra Fatal. Sin embargo, el tiempo no parecía haber mermado sus facultades. El General Macklin se movía con una agilidad felina que intimidaba. No perdió tiempo en cortesías. Con una inclinación de cabeza y una mirada a Johnny, hizo conocer sus deseos a Bezoar.
Bezoar unió los dedos.
—Ah. Sí, señor Stevens, ¿sería tan amable de acompañar a estos señores de vuelta a su mmm, alojamiento? Parece ser que el General desea hablar a solas con su superior.
Johnny miró a Gordon. Era evidente que a una palabra suya, pelearía.
Gordon se acobardó interiormente al ver la intensidad de la expresión de los ojos del joven. Él nunca había pretendido semejante devoción de nadie.
—Vuelve, John —dijo a su joven amigo—. Me reuniré contigo más tarde.
Los dos corpulentos ayudantes acompañaron a Johnny afuera. Cuando la puerta se hubo cerrado y los pasos se perdieron en la noche, Gordon se volvió para mirar de frente al comandante de los holnistas unidos. En su corazón sentía una fuerte determinación. No había ningún pesar, ningún temor a la hipocresía. Si era capaz de mentir lo bastante bien para engañar a estos bastardos, lo haría. Se sintió pletórico en su uniforme de cartero y se preparó para iniciar la mejor representación de su vida.
—Ahórreselo —masculló Macklin. El hombre de la barba negra le apuntó con una mano grande y fuerte—. ¡Una palabra sobre esa farsa de unos «Estados Unidos Restablecidos» y le haré tragar su «uniforme»!
—Me temo que no he sido del todo franco con usted, señor Inspector. — Había un evidente tono sarcástico en las dos últimas palabras de Bezoar. El Coronel holnista se inclinó para abrir un cajón de su escritorio—. En cuanto oí hablar de usted, envié de inmediato grupos para seguir sus pasos. A propósito, tiene razón en que el holnismo no es muy popular en ciertas áreas. Al menos aún no. Dos de los equipos nunca regresaron.
El General Macklin chasqueó los dedos.
—No alargue esto, Bezoar. Estoy ocupado. Haga entrar al sujeto.
Bezoar asintió rápidamente y retrocedió para tirar de un Gordon que colgaba en el muro, dejando a Gordon preguntándose qué había pretendido encontrar en el cajón.
—De todas formas, uno de nuestros grupos exploradores halló a una banda de espíritus afines en las Cascadas, en un paso al norte de Cráter Lake. Hubo una serie de malentendidos y me temo que la mayoría de los pobres lugareños murieron. Pero logramos persuadir a un superviviente…
Se oyó ruido de pasos; luego, la cortina de abalorios se abrió. La esbelta rubia la mantuvo abierta con actitud fría mientras un hombre de aspecto maltrecho y con un vendaje en la cabeza entraba en la estancia. Llevaba un uniforme de camuflaje remendado y desteñido, un cuchillo al cinto y un único y diminuto pendiente. Miraba al suelo. Aquel supervivencialista no parecía muy contento de estar allí.
—Le presentaré a nuestro último reclutado, señor Inspector —dijo Bezoar—. Aunque creo que ya se conocen.
Gordon meneó la cabeza, completamente perdido. ¿Qué estaba pasando allí? ¡Que él supiera nunca en su vida había visto a aquel hombre!
Bezoar dio un codazo al abatido recién llegado, que alzó la mirada.
—No puedo decirlo con seguridad —repuso el desfallecido recluta, escrutando a Gordon—. Podría ser él. Fue un incidente realmente de tan… tan poca trascendencia en su momento…
Читать дальше