David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Ayudó a Gordon a sentarse y le dio un cazo de fría agua de río para que bebiera. Entretanto, Johnny habló.

—Hay comida en el rincón. Y he oído a un guardián decir algo sobre que podremos lavarnos pronto. Así que tal vez haya alguna razón para que nuestras cabezas no estén colgando ya del cinturón de trofeos de algún asno. Supongo que nos han traído aquí para que conozcamos a algún pez gordo. —Johnny rió, secamente—. Espere y verá, Gordon. Con nuestra oratoria, le daremos cien vueltas al tipo, quienquiera que sea. Tal vez podamos ofrecerle una jefatura postal, o algo. ¿Es eso lo que me quería decir cuando me sermoneó sobre la importancia de aprender política práctica?

Gordon estaba demasiado débil para estrangular a Johnny por su increíble e irritante buen humor. En vez de ello intentó devolverle la sonrisa, pero sólo consiguió que le doliesen los agrietados labios.

Un movimiento apresurado en el rincón opuesto a ellos evidenció que no estaban solos. Había otros tres prisioneros en la celda. Sucios, con los ojos salvajes y esperpénticos que evidenciaban que llevaban allí mucho tiempo. Los miraban con una expresión que ya no era humana.

—¿Es… escapó alguien a la emboscada? —fue la primera pregunta lúcida que Gordon pudo formular.

—Eso creo. Su aviso debió de alterar los planes de esos bastardos. Nos dio la posibilidad de plantarles cara. Estoy seguro de que nos cargamos a un par de ellos antes de que nos aplastaran. —A Johnny le brillaban los ojos. Si era posible, la admiración del muchacho parecía haber aumentado. Gordon desvió la mirada. No quería alabanzas por su conducta de esa noche—. Estoy seguro de que me cargué al hijo de puta que me rompió la guitarra. Otro…

—¿Y Phil Bokuto? —lo interrumpió Gordon.

—No lo sé. No vi orejas negras u… otras cosas… entre los «trofeos» que recogieron los canallas. Puede que lo consiguiera —dijo Johnny, meneando la cabeza.

Gordon se recostó contra los tablones de la guarida. El ruido de agua turbulenta, que no habían dejado de oír en toda la noche, venía del otro lado. Se volvió y escudriñó por las rendijas entre los toscos tablones.

A unos ocho metros se hallaba el borde de un escarpado risco. Más allá, a través de la niebla, vio el muro de un desfiladero profusamente cubierto de vegetación, cortado por una estrecha y rápida corriente de agua.

Johnny pareció leer sus pensamientos. Por vez primera la voz del joven fue grave, seria.

—Es cierto, Gordon. Estamos justo en el corazón de ello. Ahí abajo está la propia arpía. El sanguinario Rogue River.

11

La niebla y la helada llovizna se convirtieron en rachas de nieve durante la semana siguiente. Con comida y descanso, los dos prisioneros recobraron lentamente algunas fuerzas. Por compañía sólo se tenían el uno al otro. Ni los guardianes ni los compañeros de cautiverio intercambian con ellos más que monosílabos.

Sin embargo, no les resultó difícil averiguar algunas cosas sobre la vida en el reino holnista. Las comidas se las traían silenciosos y acobardados mandaderos del cercano poblado de chozas. Las únicas figuras que vieron con algo más que huesos, además de los supervivencialistas mismos, fueron las mujeres que servían a su placer. E incluso ellas durante el día trabajaban: acarreando agua del frío río o limpiando el establo de los bien alimentados caballos.

El sistema parecía bien establecido, como si fuera un modo de vida habitual. Y sin embargo Gordon llegó a convencerse de que la comunidad neofeudal se hallaba en un estado de agitación.

—Se están preparando para una gran jugada —dijo a Johnny una tarde que observaban la llegada de una caravana. Siervos aún más aterrorizados entraron cansadamente en Agnes, empujando carretas y levantando un campamento en la atestada conejera. Era obvio que el valle no podía alojar por mucho tiempo a tan numerosa población—. Están utilizando este lugar como zona de organización.

—Esta multitud podría proporcionarnos una ventaja, si encontrásemos una manera de salir de aquí —sugirió Johnny.

—Mmm —respondió Gordon. Pero no albergaba muchas esperanzas de obtener ayuda de ninguno de los esclavos. No les quedaban ánimos, y ya tenían bastantes problemas propios.

Un día, tras el almuerzo, ordenaron a Gordon y a Johnny que salieran del cobertizo y se desnudaran. Un par de mujeres silenciosas y harapientas fueron a recoger sus ropas. Mientras los del norte estaban vueltos de espaldas, les arrojaron cubos de fría agua del río. Gordon y Johnny boquearon y farfullaron. Los guardianes rieron, pero las mujeres ni siquiera pestañearon al marcharse, cabizbajas.

Los holnistas, vestidos con ropa de camuflaje verde y negra, y anillos dorados en las orejas, compitieron en indolentes prácticas de cuchillo, lanzando las hojas formando veloces arcos por debajo del hombro. Los dos del norte se ciñeron grasientas sábanas ante un pequeño fuego, tratando de conservar el calor.

Aquella tarde les devolvieron la ropa lavada y remendada. Esta vez una de las mujeres alzó la vista brevemente, dando a Gordon la oportunidad de verle la cara. Podía tener veinte años, aunque las arrugas en torno a sus ojos la hacían parecer mucho más vieja. Su cabello castaño estaba entreverado de gris. Miró a Gordon sólo un momento mientras se vestía. Pero cuando él aventuró una sonrisa, se volvió rápidamente y huyó sin volver la vista.

La comida de la noche fue mejor que las acostumbradas gachas agrias. Había trocitos de algo parecido a carne de venado entre el trigo tostado. Tal vez fuese carne de caballo.

Johnny se aventuró a pedir una segunda ración. Los demás prisioneros parpadearon atónitos y se acurrucaron aún más en sus rincones. Uno de los silenciosos guardianes gruñó y se llevó sus platos. Pero para su sorpresa volvió con otro lleno para cada uno.

Era noche cerrada cuando tres guerreros holnistas con la boina ladeada subieron marchando tras un encorvado sirviente que llevaba una antorcha.

—Vamos —les dijo el jefe—. El General quiere veros.

Gordon miró a Johnny, de pie y orgulloso otra vez con su uniforme. Los ojos del joven demostraban segundad. A pesar de todo, parecían decir: ¿qué tienen estos patanes que pueda compararse con la autoridad de Gordon como oficial de la República Restablecida?

Gordon recordó la ayuda que le había prestado el muchacho durante el largo viaje hacia el sur desde el Coquille. Ya le quedaba poco valor para seguir fingiendo, pero por el honor de Johnny intentaría emplear su viejo truco una vez más.

—De acuerdo, cartero —dijo a su joven amigo, haciéndole un guiño—. Ni la nieve, ni el granizo, ni la oscuridad de la noche…

Johnny le devolvió la sonrisa.

—A través del infierno de los bandidos, a través del fuego…

Se volvieron juntos y salieron del cobertizo-prisión delante de sus guardianes.

12

—Bienvenidos, caballeros.

Lo primero que Gordon advirtió fue la chisporroteante chimenea. La cómoda casita de guardabosques de antes de la guerra era de piedra sólida y cálida. Casi había olvidado aquella sensación.

Lo segundo que advirtió fue un frufrú de sedas cuando una rubia de piernas largas se levantó de un cojín situado junto al fuego. La muchacha contrastaba notoriamente con casi todas las demás mujeres que habían visto allí. Pulcra, erguida, cubierta de destellantes piedras que hubieran valido una fortuna antes de la guerra.

No obstante, tenía arrugas alrededor de los ojos, y miró a los del norte como podía haber contemplado a criaturas del lado oculto de la Luna. En silencio, se puso en pie y salió de la habitación a través de una cortina hecha de tiras de abalorios.

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