David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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—He dicho bienvenidos, caballeros. Bienvenidos al Reino Libre.

Al fin Gordon se volvió y reparó en un hombre delgado y calvo con una barba esmeradamente recortada, que se levantó de un desordenado escritorio para saludarlos. Cuatro anillos de oro refulgían en el lóbulo de una oreja y tres en el de la otra, símbolos del rango. Se aproximó tendiendo la mano.

—Coronel Charles Westin Bezoar, a su servicio, antiguamente miembro de la curia del Estado de Oregón y Comisionado Republicano por el Distrito de Jackson.

Actualmente tengo el honor de ser abogado juez del Ejército de Liberación Americano.

Gordon enarcó una ceja, haciendo caso omiso de la mano extendida.

—Ha habido un montón de «ejércitos» desde la Caída. ¿A cuál dice usted que pertenece?

Bezoar sonrió y dejó caer la mano como por casualidad.

—Sé que algunos nos aplican otros nombres. Dejemos eso por ahora y digamos que sirvo como ayuda de campo al General Volsci Macklin, su anfitrión. El General se reunirá con nosotros en breve. Entretanto, ¿puedo ofrecerles licor de malta de nuestras colinas? —Sacó una botella de vidrio labrado del aparador de roble tallado—. Sea lo que fuere que hayan oído decir sobre la ruda vida de aquí, creo que se darán cuenta de que al menos hemos refinado algunas de las viejas artes.

Gordon negó con un gesto. Johnny miró por encima de la cabeza del hombre. Bezoar se encogió de hombros.

—¿No? Lástima. Quizás en otro momento. Espero no les importe que yo beba. —Bezoar se sirvió un vaso de licor color castaño y señaló dos sillas junto al fuego—. Por favor, caballeros, todavía deben de estar fatigados del viaje. Pónganse cómodos. Hay mucho que me gustaría saber.

»Por ejemplo, señor Inspector, ¿cómo van las cosas en los Estados del este, más allá de los desiertos y las montañas?

Gordon se sentó sin parpadear siquiera. Así que el «Ejército de Liberación» tenía un servicio secreto. No era de extrañar que Bezoar supiese quiénes eran… o al menos quién creía el norte de Oregón que era Gordon.

—Las cosas van de forma muy similar a las del oeste, señor Bezoar. La gente trata de vivir y reconstruir donde puede.

Gordon trataba de recrear mentalmente la visión soñada, la fantasía de St. Paul City, de Odessa y Green Bay; imágenes de ciudades vivas a la cabeza de una nación valerosa y resurgente, no las ciudades fantasmales barridas por el viento que recordaba, saqueadas por harapientas bandas de cautos supervivientes.

Habló por las ciudades tal como las había soñado. Su voz fue dura.

—En algunos lugares los ciudadanos han sido más afortunados que en otros. Han recuperado mucho, y esperan más para sus hijos. En otras áreas, la recuperación se ha visto entorpecida. Algunos de los que casi arruinaron nuestro país, una generación atrás, siguen destruyendo, asaltando a nuestros mensajeros e interrumpiendo nuestras comunicaciones.

»Y al hablar de esto —continuó Gordon fríamente—, no puedo posponer por más tiempo preguntarle qué han hecho con el correo que sus hombres han robado a Estados Unidos.

Bezoar se puso unas gafas de montura metálica y levantó un grueso archivador de la mesa que estaba junto a él.

—Supongo que se refiere a estas cartas —abrió el paquete. Docenas de grisáceas y amarillentas hojas crujieron secamente—. ¿Lo ve? No me molesto en negarlo. Estimo que debemos ser abiertos y francos el uno con el otro, si ha de salir algo de esta reunión.

»Sí, un equipo de nuestros exploradores de vanguardia halló un caballo de carga en las ruinas de Eugene, suyo, imagino, cuyas alforjas contenían este extrañísimo fardo. Irónicamente, creo que en el instante mismo en que nuestros exploradores estaban cogiendo estas muestras, usted estaba matando a dos de nuestros camaradas en otra parte de la desierta ciudad.

Bezoar alzó la mano antes de que Gordon pudiese hablar.

—No tema represalias. Nuestra filosofía holnista no cree en ellas. Derrotó a dos supervivencialistas en una lucha justa. Eso le hace un igual a nuestros ojos. ¿Por qué cree que han sido tratados como hombres después de ser capturados, y no castrados como un esclavo o un carnero?

Bezoar sonrió afablemente, pero Gordon hervía por dentro. La pasada primavera había visto en Eugene lo que los holnistas habían hecho con los cuerpos de los indefensos rebuscadores a los que habían asesinado. Recordó a la madre del joven Mark Aage, que salvó su vida y la de su hijo gracias a un heroico gesto. Estaba claro que Bezoar creía lo que decía, pero para Gordon su lógica era enfermiza, amargamente irónica.

El supervivencialista calvo extendió las manos.

—Admitimos haber cogido su correo, señor Inspector. ¿Podemos mitigar nuestra culpa alegando ignorancia? Después de todo, hasta que estas cartas llegaron a mis manos, ninguno de nosotros había oído hablar nunca de los Estados Unidos Restablecidos.

»Imagine nuestro asombro cuando vimos esto… cartas llevadas de pueblo en pueblo, autorizaciones para nuevos jefes de correos, y esto —levantó un fajo de cuartillas de aspecto oficial—, estas declaraciones del gobierno provisional de St. Paul City.

Sus palabras eran conciliatorias y parecían serias. Pero había algo en el tono de voz del hombre… Gordon no pudo definirlo, pero fuera lo que fuese le inquietó.

—Usted lo conoce —puntualizó—. Y sin embargo continúa. Dos de nuestros mensajeros postales han desaparecido sin dejar rastro desde su invasión del norte. Su «Ejército de Liberación Americano» está en guerra con Estados Unidos desde hace muchos meses, Coronel Bezoar. Y en eso no puede alegar ignorancia.

Las mentiras le salían fácilmente ahora. En lo esencial, después de todo, sus palabras eran ciertas.

Desde aquellas pocas semanas, justo después de que se «ganara» la Gran Guerra, cuando EE UU aún tenía un gobierno y los alimentos y materiales todavía se transportaban con seguridad por las autopistas, el verdadero problema no había sido el maltrecho enemigo sino el caos interior.

El grano se pudría en rebosantes silos mientras los granjeros se arruinaban a causa de plagas leves contra las que existían vacunas. En las ciudades se disponía de ellas, y allí la inanición mataba a multitudes. Moría más gente debido al desorden y a la anarquía (la destruida red de comercio y asistencia médica) que a todas las bombas y gérmenes, o incluso a los tres años de semioscuridad.

Hombres como aquél dieron el golpe de gracia, acabaron con cualquier posibilidad que tuvieran esos millones de personas.

—Quizá, quizá —Bezoar tomó un trago del amargo licor. Y sonrió—. Desde entonces, muchos han afirmado ser los auténticos herederos de la soberanía americana. Así sus «Estados Unidos Restablecidos» controlan grandes áreas y poblaciones, y así entre sus líderes se incluyen algunos viejos zoquetes que una vez compraron un cargo electo con dinero en metálico y una sonrisa televisiva. ¿Los convierte eso en la verdadera América?

Por un instante la actitud calmada y razonable pareció romperse, y Gordon vio al fanático que había dentro, inmutable excepto quizá por la radicalización de los años. Gordon había oído ese tono… hacía mucho, en la voz de Nathan Holn retransmitida por radio, antes de que el «santo» supervivencialista fuese colgado, tras lo cual tuvo que hablar a través de sus partidarios.

Era la misma filosofía solipsista del ego que había espoleado la violencia del nazismo, del estalinismo. Hegel, Horbiger, Holn; las raíces eran idénticas. Verdades deducidas, pretenciosas y ciertas, pero no para ser examinadas a la luz de la realidad.

En Norteamérica, el holnismo fue una regresión en un tiempo que, por otra parte, había sido de una incomparable brillantez, una vuelta a los egoístas ochenta. Pero otra versión del mismo mal, el «Misticismo Eslavo», ostentaba actualmente el poder en el otro hemisferio. Aquella demencia finalmente arrastró al mundo a la guerra Fatal.

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