David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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«¡Philip! ¡Cuidado!»

… ado… ado… ado… El eco se expandió y dio la impresión de ocupar todo el bosque.

Durante un largo segundo se mantuvo la quietud; después, seis fuertes detonaciones en rápida sucesión sacudieron el aire y, repentinamente, la noche se llenó de gritos.

Gordon parpadeó. Fuera lo que fuese aquello que le había caído encima, era demasiado tarde para retroceder. Tenía que jugar hasta el final.

—¡Se han metido en tu trampa! —gritó tan fuerte como pudo—. ¡George dice que los cogerá en la orilla del río! ¡Phil, cubre la derecha!

¡Qué improvisación! Aunque sus palabras probablemente se habían perdido entre los alaridos, las detonaciones y los gritos de guerra de los supervivencialistas, la algarabía debía de estar truncándoles los planes. Gordon siguió gritando y dando pitidos con el silbato para confundir a los emboscados.

Los hombres daban alaridos y rodaban por la maleza en lucha desesperada. Las llamas de la avivada fogata se elevaban a gran altura, proyectando sombras que forcejeaban a través de los árboles.

Si la lucha continuaba aún pasados dos minutos, Gordon sabría que había una posibilidad después de todo. Gritó como si estuviese dirigiendo a toda una compañía de refuerzos.

—¡No dejéis que esos bastardos escapen por el río! —aulló. Y, en efecto, parecía haber movimientos apresurados por ese lado. Gordon fue de árbol en árbol hacia la lucha, aunque no tenía ningún arma—. ¡Mantenedlos bloqueados! No los dejéis…

Fue entonces cuando de pronto apareció una figura cerca del siguiente árbol. Gordon se detuvo a unos tres metros de los desiguales trazos en blanco y negro que hacían que la cara pintada resultara difícil de distinguir. Una boca como una cuchillada se abrió en una amplia mueca burlona que mostraba una dentadura llena de huecos. El cuerpo que había debajo de la hostil sonrisa era inmenso.

—Un tipo muy ruidoso —comentó el supervivencialista—. Tienes que quedarte callado un rato, eh, ¿Nate? —Los ojos oscuros miraron por encima del hombro de Gordon.

Por un breve instante Gordon empezó a volverse, aunque se dijo a sí mismo que aquello era un truco, que probablemente aquel bastardo estaba solo.

Su atención sólo fluctuó un segundo, pero fue suficiente. La figura camuflada se movió como una exhalación. El golpe de un puño del tamaño de un martillo y duro como una roca hizo que Gordon rodara por el suelo.

El mundo era un torbellino de estrellas y dolor. «¿Cómo había alguien capaz de moverse con tanta rapidez?», se preguntó con los últimos residuos de conciencia.

Fue el último pensamiento claro de Gordon.

10

Una helada y neblinosa lluvia convirtió el embarrado camino en un lodazal que succionaba los entumecidos pies de los prisioneros. Sujetos por el cuello luchaban contra el barro, esforzándose por mantenerse al nivel de los caballos y sus jinetes. Después de tres días, lo único que importaba en el reducido mundo de los cautivos era seguir la marcha y evitar que los golpearan más.

Los vencedores no parecían menos temibles ahora, sin la pintura de guerra. Vestidos con sus ropas de camuflaje de invierno, cabalgaban imperiosamente sobre las monturas de que se habían apropiado en Camas Valley. El holnista más joven que iba en la retaguardia, con un anillo de oro colgado de la oreja, se volvía de vez en cuando para increpar a los prisioneros y tirar de la cuerda atada en la muñeca del que iba en cabeza, haciendo que toda la fila caminara más deprisa.

A lo largo del camino había rastros de desperdicios dejados por las sucesivas oleadas de refugiados. Tras incontables pequeñas batallas y masacres, los más fuertes se quedaron las tierras altas de este territorio. Éste era el paraíso de Nathan Holn.

La caravana pasó varias veces a través de pequeños grupos de casuchas, sucias conejeras hechas con fragmentos y enseres rescatados de antes de la guerra. En cada miserable caserío una población de menesterosas criaturas salía a presentar sus respetos, con la mirada baja. De vez en cuando algún desgraciado se doblaba bajo los indolentes golpes asestados sin motivo aparente por los que iban a caballo.

Hasta que los guerreros habían pasado los aldeanos no volvían a levantar la vista. Sus fatigados ojos no reflejaban odio, sólo hambre, mientras observaban los cuartos traseros de los caballos bien alimentados que se alejaban.

Los siervos apenas miraban a los nuevos prisioneros. Su falta de atención les era devuelta.

La caminata llenó las horas diurnas con pocas paradas. Por la noche los cautivos fueron separados para evitar que hablaran. Cada uno atado a un caballo trabado para que se calentaran sin fuego. Después, con el alba y un caldo poco espeso, la larga caminata empezó de nuevo.

Al llegar al cuarto día, dos de los prisioneros habían muerto. Dos más, que estaban demasiado débiles para continuar, fueron entregados al holnista barón de un pequeño feudo, para que sustituyeran a los siervos cuyos cadáveres crucificados aún colgaban en el camino para lección de cualquiera que se sintiera tentado a desobedecer.

Durante todo este tiempo, Gordon vio poco más que la espalda del hombre que le precedía. Llegó a odiar al prisionero que iba atado detrás de la cintura. Cada vez que éste tropezaba, la súbita sacudida le desgarraba los torturados músculos de los brazos y costados. Sin embargo, durante un rato casi no notó que el hombre también había desaparecido y que sólo dos cautivos seguían a los nerviosos caballos. Envidió al que había quedado atrás, sin saber siquiera si el tipo había muerto.

El viaje parecía interminable. Había despertado cuando éste ya se había iniciado días atrás, y desde entonces no había alcanzado la plena conciencia. A pesar del sufrimiento, una pequeña parte de él dio la bienvenida al atontamiento y la monotonía. Ningún fantasma lo molestaba allí. Ninguna complicación, ninguna culpa. Todo era muy sencillo. Uno pone un pie delante de otro, come lo poco que le dan y mantiene la cabeza gacha.

En algún momento observó que el prisionero acompañante le estaba ayudando, acarreando parte de su peso sobre sus hombros cuando se debatían en el barro. Semiconscientemente, se preguntó por qué haría alguien una cosa así.

Al fin llegó un momento en el que parpadeó y vio que le habían desatado las manos. Se hallaban junto a una estructura revestida de madera, situada a cierta distancia de un laberinto de cabañas inestables y apestosas. Desde no muy lejos llegaba un ruido de un torrente de agua.

—Bienvenidos a Agnes Town —dijo uno de los hombres con voz áspera.

Alguien le puso una mano en la espalda y empujó. Hubo carcajadas cuando los prisioneros entraron dando tumbos y se desplomaron en un sucio jergón de paja.

Gordon ni se molestó en moverse del punto exacto hasta el que había rodado. Era una oportunidad para dormir. Por el momento, eso era todo lo que le importaba. Tampoco ahora hubo sueños, sólo una ocasional contracción espasmódica cuando los cansados músculos fallaron durante el resto de aquel día, su noche y la mañana siguiente.

Gordon no despertó hasta que la brillante luz del sol alcanzó la suficiente altura para resplandecer a través de sus párpados. Rodó hacia un lado, gimiendo. Una sombra pasó sobre él y sus párpados vacilaron como postigos oxidados.

Tardó varios segundos en enfocar la vista. Tardó un poco en comprender. Lo primero que captó fue la falta de un diente en la familiar sonrisa.

—Johnny —dijo con voz ronca.

La cara del joven tenía ampollas y contusiones. Aun así, Johnny Stevens sonrió alegremente.

—Hola Gordon. Bienvenido de vuelta entre los desafortunados, los vivos.

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