Arthur sintió un nudo insoportable en la garganta. Prácticamente había crecido con Harry. Se habían conocido a lo largo de más de treinta años. No era posible que se estuviera muriendo. Tosió.
—Nos haremos adultos con ello, Harry. Toda la raza humana. Te necesito mucho…
—¿Puedes utilizar a un previsible inválido? —Ahora sus ojos se cruzaron, y esta vez fue Arthur quien apartó la vista, con los hombros rígidos. Con un esfuerzo, se obligó a mirar de nuevo.
—Lo conseguirás, Harry.
—Señor, y hablas de voluntad de vivir.
—Únete al equipo.
Harry se secó los ojos con el índice de su mano derecha.
—¿Viajes? Quiero decir, ¿cuántos…?
—Al principio, pero puedes quedarte en Los Angeles si lo deseas, luego.
—Lo necesitaré. El tratamiento es en la UCLA.
Arthur alargó una mano.
—Lo conseguirás.
—Después de eso, quizá no sea tan malo —dijo Harry. Tomó la mano ofrecida y la estrechó firmemente.
—¿El qué?
—Morir. Vaya cosa de ver… ¿Hombrecillos verdes, Arthur?
—¿Estás con nosotros?
—Sabes que sí.
—Entonces te daré el cuadro general. No es sólo Australia. Hay algo también en el desierto de Mojave, en el Valle de la Muerte, entre un complejo turístico llamado Furnace Creek y un pueblecito llamado Shoshone. Parece un cono de escoria. Es nuevo. No pertenece aquí.
Harry sonrió como un niño pequeño.
—Maravilloso.
—Ah, sí, y hay un «hombrecillo verde».
—¿Dónde?
—Por el momento, en la base de las Fuerzas Aéreas de Van-denberg.
Harry contempló el techo y alzó los dos brazos, dejando finalmente que las lágrimas brotaran libremente de sus ojos.
—Gracias, señor.
El pulso de la Tierra, WorldNet USA, 5 de octubre de 1996:
Casi todo va bien hoy en el mundo. No hay terremotos, ni tifones, ni huracanes acercándose a tierra firme. Francamente, diríamos que hoy fue un día brillante y glorioso, excepto las nevadas de primera hora en la parte nororiental de los Estados Unidos, las lluvias de esta noche en el noroeste del Pacífico, y la confirmación la semana pasada de que la siempre popular corriente de El Niño ha regresado al Pacífico sur. Los australianos se preparan para otra larga sequía frente al azote de esta cálida agua oceánica.
Cuando Trevor Hicks le dijo a Shelly Terhune, su publicista, que la entrevista matutina con la KGB estaba en marcha, ella hizo una pausa, rió disimuladamente y dijo:
—A Vicky no le gustará que se vuelva usted un traidor. —Vicky Jackson era su editora en Knopf.
—Dígale que es en la FM, Shelly. Voy a verme apretujado entre el informe del surf y las noticias de la mañana.
—¿La KGB emite un informe del surf?
—Compruébelo, está en su lista de estaciones —dijo él, burlonamente exasperado—. Yo no soy responsable.
—De acuerdo, déjeme ver —indicó Shelly—. KGB-FM. Tiene razón. ¿Ha confirmado el espacio?
—El director de programas dice que entre diez y quince minutos, pero estoy seguro de que cortará bruscamente a los treinta segundos.
—Al menos llegará a los surfistas. Quizá no hayan oído hablar de usted.
—Si no han oído hablar de mí, no habrá sido porque usted no lo haya intentado. —Quiso adoptar un tono petulante. De hecho, se sentía completamente agotado; después de todo tenía sesenta y ocho años, y aunque se notaba comparativamente sano y fuerte, Hicks no estaba acostumbrado ya a ese ritmo. Hacía diez años, lo hubiera hecho cabeza abajo.
—Vamos, vamos. Mañana tenemos prevista esa charla en televisión por la mañana.
—Confirmado, mañana por la mañana. En directo, para que no puedan montar nada.
—No diga nada fuerte —le advirtió Shelly. No era necesario que lo hiciera. Trevor Hicks efectuaba algunas de las más educadas y eruditas entrevistas imaginables. Su imagen pública era brillante y con un atractivo estilo descuidado; se parecía a la vez a Albert Einstein y a un Bertrand Russell de edad madura; lo que tenía que decir era tecnocráticamente consensuado, difícilmente controvertido y siempre bueno para un programa corto de noticias. Había fundado el capítulo británico de la Sociedad Troyana, dedicado a la exploración del espacio y a la construcción de enormes hábitats espaciales en órbita; era miembro desde hacía cuarenta y siete años de la Sociedad Interplanetaria Británica; había escrito veintitrés libros, el más reciente Hogar estelar, una novela acerca de un primer contacto; y finalmente pero no lo último, era el portavoz más público del denominado «sector civil» que defendía la exploración tripulada del espacio. El suyo no era un nombre muy pronunciado, pero era uno de los más respetados periodistas científicos del mundo. Pese a llevar doce años en los Estados Unidos, no había perdido su acento inglés. En pocas palabras, tanto en radio como en televisión era natural. Shelly se había aprovechado de aquello contratando para él una «gira» genérica por diecisiete ciudades en cuatro semanas.
Esta semana era en San Diego. No había estado en San Diego desde 1954, cuando había cubierto los ensayos de vuelo del primer caza hidroplano a reacción, el Delta Dart, en la bahía de San Diego. La ciudad había cambiado enormemente desde entonces; ya no era una soñolienta ciudad de la Marina. Había sido alojado en el nuevo y de moda Hotel Inter-Continental, junto al muelle, y desde la ventana de su décimo piso podía ver toda la bahía.
Durante aquellos años había sido uno de los periodistas destacados de la agencia Reuters, concentrándose siempre que le era posible en historias científicas. El mundo, sin embargo, había parecido caer en un profundo e intranquilo sueño en los años cincuenta. Pocas de sus historias científicas habían obtenido mucha atención. La ciencia era equiparada a las bombas H; la política era el tema más sexy y más fácilmente aceptado de la época. Luego había volado a Moscú para cubrir una conferencia agrícola, como parte del libro que preparaba sobre el biólogo ruso Lisenko y el culto estalinista al lisenkoismo. Aquello había sido a finales de septiembre.
La conferencia se había arrastrado a lo largo de cinco aburridos y agotadores días, sin carne para su libro, y peor aún, sin historias que convencieran a la Reuters de que tenía siquiera un indicio de por qué estaba allí. El último día de la conferencia, la noticia del lanzamiento del primer satélite artificial de la Tierra, una bola de metal de 84 kilos llamada Sputnik, llegó justo a tiempo para salvar su carrera. El Sputnik devolvió la ciencia a primera línea del periodismo mundial. Trevor Hicks había hallado de pronto su enfoque: el espacio. Enterró su libro sobre el lisenkoismo y lo olvidó todo sin siquiera una mirada atrás.
Se echó una esposa —realmente, no hay otra palabra más amable para describirlo— en 1965, y vivió con y rompió con otras tres mujeres desde entonces. En general era un soltero empedernido, aunque se había sentido inclinado hacia la reportera del National Geographic a la que conoció en la celebración del vuelo de inspección del Galileo en Pasadena, el año pasado. Pero ella no se había sentido inclinada hacia él.
Trevor Hicks no estaba simplemente acumulando un gran archivo de recuerdos históricos; se estaba haciendo viejo. Su pelo era decididamente canoso. Se mantenía en forma de la mejor manera que podía, pero…
Cerró las cortinas sobre la bahía y el resplandeciente conglomerado de la Disneylandia de tiendas y restaurantes llamado Seaport Village.
Su ordenador portátil aguardaba silencioso en el escritorio negro de arce de la habitación, su pantalla abierta llena de caracteres en negro sobre un fondo cremoso. La pantalla se parecía notablemente a una hoja enmarcada de papel escrito a máquina. Hicks se sentó en la silla y se mordisqueó un callo en el primer nudillo de su dedo medio. Había conseguido aquel callo, pensó ociosamente, a través de miles de horas con el lápiz en la mano, tomando notas que ahora podía simplemente escribir con más facilidad en el ordenador apoyado sobre sus rodillas. Muchos periodistas más jóvenes no tenían esos callos en sus dedos medios.
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