—Estoy preparado —respondió una voz suave, casi femenina, por el altavoz.
—Entonces empecemos.
La protección exterior de la ventana, montada sobre guías a ambos lados, crujió y empezó a alzarse. La primera capa de cristal estaba cubierta por la parte interior por una cortina negra.
—No se trata de un espejo unidireccional ni nada parecido —dijo Hall—. No ocultamos nuestra apariencia al Huésped.
—Interesante —murmuró Harry.
—El Huésped pidió un entorno en particular, y hemos hecho todo lo posible por atender sus necesidades —dijo el teniente Sanborn—. Se siente más cómodo en condiciones de semioscuridad y a una temperatura de unos quince grados Celsius. Parece que su atmósfera preferida es un aire seco, con aproximadamente la misma mezcla de gases que podemos hallar aquí. Creemos que abandonó su entorno normal aproximadamente a las seis de la madrugada del veintinueve de septiembre para explorar…, bueno, en realidad no sabemos para qué lo abandonó, pero fue atrapado por la luz diurna y al parecer sucumbió al resplandor y al calor aproximadamente a las nueve y media.
—Eso no tiene sentido —dijo Harry—. ¿Por qué abandonaría su… entorno… sin protección? ¿Por qué no tomaría todas las precauciones necesarias y planearía cuidadosamente su primera excursión?
—No lo sabemos —dijo el coronel Hall—. No hemos interrogado al Huésped ni le hemos ocasionado ningún esfuerzo innecesario. Le proporcionamos todo lo que pide.
—¿Hace sus peticiones en inglés? —preguntó Arthur.
—Sí, en un inglés bastante aceptable.
Arthur agitó incrédulo la cabeza.
—¿Ha llamado alguien a Duncan Lunan?
—No hemos «llamado» a nadie excepto a la gente con una necesidad inmediata de saber lo que ocurre —dijo Hall—. ¿Quién es Duncan Lunan?
—Un astrónomo escocés —explicó Arthur—. Causó una enorme controversia hará unos veintitrés años cuando afirmó tener pruebas de la existencia de una sonda espacial alienígena que orbitaba cerca de la Tierra. Una sonda que creía podía proceder de Epsilon Bootis. Sus pruebas consistían en esquemas de regresos anómalos de ondas de radio que parecían haber sido reflejadas por un objeto en el espacio. Como gran número de pioneros, tuvo que enfrentarse al desencanto y en cierto modo a retractarse.
—No, señor —dijo Hall, de nuevo con su enigmática sonrisa—. No hemos hablado con el señor Lunan.
—Lástima. Puedo pensar en un centenar de científicos que deberían estar ahora aquí —dijo Arthur.
—Más adelante, quizás —admitió Hall—. Pero no ahora.
—No. Por supuesto que no. ¿Y bien? —Arthur hizo un gesto hacia la oscura ventana.
—El coronel Phan nos ofrecerá una visión directa dentro de pocos minutos.
—¿Quién es el coronel Phan? —preguntó Harry.
—Es un experto en medicina espacial de Colorado Springs —dijo Hall—. No pudimos hallar a nadie mejor cualificado en tan poco tiempo, aunque dudo que hubiéramos podido conseguir a un hombre mejor para el trabajo aunque hubiéramos estado buscando durante todo el año.
—No nos preguntaron a nosotros —dijo Harry. Arthur le dio un ligero codazo.
Las luces en el lugar donde estaban disminuyeron de intensidad.
—Espero que alguien esté tomando videocintas de nuestro Huésped —susurró significativamente Harry a Arthur mientras acercaban sus sillas a la ventana.
—Tenemos una grabadora digital y tres cámaras de alta resolución trabajando las veinticuatro horas del día —explicó el teniente Sanborn.
—De acuerdo —dijo Harry.
Harry estaba evidentemente nervioso. Por su parte, Arthur se sentía a la vez alerta y vagamente anestesiado. No podía aceptar completamente que una cuestión tan antigua como el tiempo hubiera sido contestada afirmativamente, y que ellos estuvieran ahora a punto de ver la respuesta.
La cortina negra se corrió a un lado. Más allá de otro grueso panel de cristal enmarcado en acero inoxidable vieron una habitación cuadrada pequeña, débilmente iluminada, casi vacía, reflejando una tonalidad verde acuosa. En medio de la habitación había una plataforma baja envuelta en lo que parecían ser sábanas, con una jarra de plástico de agua en una esquina. En la esquina de la derecha más cercana a su ventana había un cilindro transparente de un metro de alto, abierto por la parte superior. Arthur captó todo aquello de una ojeada antes de enfocar su vista en lo que había debajo de las sábanas sobre la plataforma.
El Huésped se agitó, alzó un miembro delantero —a todas luces una especie de brazo, con una mano de tres dedos, cada uno de ellos dividido en dos a partir de la articulación media—, y luego se sentó lentamente, mientras la sábana caía suelta de su cabeza en forma de cuña. La larga «nariz» de su cabeza les apuntó, y los ojos marrón dorado emergieron del romo extremo, se ocultaron, emergieron de nuevo. Arthur, con la boca seca, intentó contemplar al ser como una totalidad, pero por un momento sólo pudo concentrarse en si los ojos tenían párpados o en si se hundían realmente en «pozos» de pálida carne gris verdosa.
—¿Podemos hablar con él? —preguntó Harry a Hall por encima del hombro.
—Hay un intercomunicador bidireccional en la habitación.
Harry se sentó en una silla cerca de la ventana.
—Hola. ¿Puede usted oírnos?
—Sí —dijo el Huésped. Su voz era sibilante y débil, pero claramente comprensible. Bajó con un esfuerzo al suelo y se quedó de pie, vacilante, al lado de la plataforma. Sus miembros inferiores —sus piernas— tenían las articulaciones al revés, pero no como las patas posteriores de un perro o un caballo, donde la «rodilla» es el análogo de la muñeca humana. La articulación del Huésped era completamente original, cada articulación realmente invertida, con la mitad inferior del miembro cayendo suavemente, graciosamente, para escindirse en tres gruesas extensiones, y la punta de cada extensión escindida a su vez en dos amplios «dedos». Las piernas ocupaban buena parte de su altura, mientras que el «tronco», recubierto por una piel como de rinoceronte, ocupaba tan sólo medio metro de su metro y medio total. El extremo de la larga cabeza, echada hacia delante sobre un grueso y corto cuello, caía hasta unos pocos centímetros debajo de la unión de piernas y tronco. Los brazos se alzaban a cada lado del tronco como los doblados manipuladores de una mantis.
Harry frunció el ceño y agitó la cabeza, incapaz temporalmente de hablar. Agitó una mano frente a su boca, mirando a Arthur, y tosió.
—No sabemos exactamente qué decirle —consiguió articular finalmente Arthur—. Hemos estado mucho tiempo aguardando a que alguien visitara la Tierra desde el espacio.
—Sí. —La cabeza del Huésped osciló hacia delante y hacia atrás, sus ojos color coñac, húmedos y brillantes como joyas, completamente al descubierto—. Desearía poder traer mejores noticias en ocasión tan importante.
—¿Qué…, cuáles son las noticias que trae? —preguntó Harry.
—¿Están ustedes relacionados?
—¿Perdón…, relacionados?
—¿Es eso una pregunta acerca de mi comunicación?
—No somos de la misma familia…, no somos hermanos, ni padre e hijo, ni… nada parecido —dijo Arthur.
—Pero tienen una relación social.
—Él es mi jefe —indicó Harry, señalando a Arthur—. Mi superior jerárquico. También somos amigos.
—¿Y no son los mismos individuos en diferentes formas que los individuos que tienen detrás?
—No —dijo Harry.
—Sus formas son firmes.
—Sí.
—Entonces… —El Huésped emitió un seco y agudo sonido sibilante, y la larga cresta sobre el nivel de los hombros pareció hincharse ligeramente. Arthur no pudo ver una boca o nariz cerca de los ojos, y supuso que tales aberturas debían hallarse en la cabeza debajo del cuello y mirando al pecho, en la zona correspondiente, si esa correspondencia servía realmente de algo, a una larga «barbilla»—. Entonces relataré mis malas noticias a ustedes también. ¿Están situados a un nivel alto en su grupo, en su sociedad?
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