John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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– El monitor principal está en uno. El ordenador se encarga de realizar todas las funciones. Es casi bueno, no sé de qué otra forma decirlo. -Adelante.

– Es casi como si su mente… -¿Como si su mente qué? Cleaver comenzó a maldecir.

– Como si su mente se hubiese ido, desaparecido.

– ¿Desaparecido?

– Como si hubiese sido absorbida por los cables y llevada a las máquinas.

– Iré enseguida.

Saramaggio no tenía modo de saberlo, pero su especial manera de expresar lo que había sucedido había pulsado un resorte profundo e impensado en Cleaver, quien saltó de la cama y se vistió sin quitarse el pijama. Nunca se había movido tan deprisa en toda su vida. Eso es lo que sucede cuando escuchas algo que podría significar que el sueño de tu vida está a punto de hacerse realidad.

Cleaver llegó al hospital al cabo de media hora, a pesar de la lluvia. Atravesó el vestíbulo casi desierto, saludando con la cabeza a la recepcionista, que estaba medio dormida, y trató de caminar sin prisa, como si nada hubiera sucedido. Cogió el ascensor hasta la tercera planta, donde encontró a Saramaggio paseando arriba y abajo con una expresión afligida en el rostro.

Desde el instante en que Cleaver lo vio y observó sus hombros hundidos, las arrugas de preocupación que surcaban su frente, su estúpida barba moteada, supo que Saramaggio estaba asustado.

«Bueno, bueno, el gran Saramaggio. Es en momentos como éste cuando se pone a prueba nuestro temple. Y estoy empezando a preguntarme si tienes lo que hay que tener.»

El cirujano fue a su encuentro con una expresión medio aliviada, medio ansiosa en el rostro que intentaba disimular.

– Me alegra que esté aquí. ¿Por qué ha tardado tanto? No he tocado nada. No les he dicho a las enfermeras que hay algo que no está bien, pero creo que aquella de allí, la corpulenta, no se vuelva, está mirando hacia aquí, sospecha algo.

Saramaggio condujo a Cleaver por el corredor sin dejar"de hablar. Le explicó que el padre de Tyler había llegado al pabellón acompañado de la doctora Willet y que había descubierto que las máquinas…

– ¡Esa mujer! ¿Qué estaba haciendo aquí? Pensé que se le había negado la autorización.

– Bueno, así era. Pero no entró realmente en el pabellón. Quiero decir, no en la habitación interior. Se quedó en la sala de observación.

– No me importa. Esa mujer no debería haber estado aquí.

– Lo sé. Se suponía que debían haber cambiado el código de acceso. Imagino que no lo hicieron.

– Usted sabe muy bien lo que eso significa. Tiene que ser suspendida o, mejor aún, despedida.

Saramaggio le explicó el incidente con la silla. – ¡Bien, pues ahí lo tiene! -Exclamó Cleaver-. Seguramente dañaron el equipo, alteraron el proceso de alguna manera. Eso explicaría el deterioro del paciente.

– No lo creo -repuso Saramaggio-. Ella dijo que descubrieron el problema antes; que fue entonces cuando el padre del muchacho se puso furioso y comenzó a golpear el cristal con la silla.

– ¿Y qué podía decir? Es una forma perfecta de encubrir sus huellas y culpar a otros.

– No lo sé…

Llegaron al pabellón. Cleaver sacó su tarjeta de identificación y la pasó por la ranura que había en la pared; la puerta se abrió y ambos entraron. Los ojos de Cleaver se movieron rápidamente de las máquinas a Tyler y nuevamente a las máquinas; tomó nota mentalmente de todo: el monitor principal, la fila de monitores junto al ordenador, las líneas prácticamente planas en las pantallas. El chico estaba suspendido boca abajo en el aire con su bata blanca y los brazos sujetos a los costados. Parecía un ángel detenido en mitad de su vuelo.

Cleaver sentía el corazón latiéndole furiosamente en el pecho y tenía los nervios a flor de piel. Era evidente que el estado del muchacho había cambiado drásticamente. Saramaggio rompió el silencio. – ¿Y bien, qué opina? -preguntó.

Cleaver lo ignoró durante varios minutos, caminando lentamente detrás del cristal de observación. Luego utilizó su pase para abrir la puerta interna y pulsó el botón que hacía girar la cama. La estructura exterior rotó como un enorme giroscopio hasta que la cama quedó mirando hacia el techo y Tyler descansó sobre la espalda. Las correas ya no tiraban de él y las sábanas y las mantas volvieron a cubrirlo. Una de las muñecas estaba doblada hacia atrás, trabada en una extraña postura que acentuaba aún más su absoluta indefensión. El efecto era el de alguien que había sido golpeado y muerto, como un cadáver encontrado en un campo de batalla. Y, sin embargo, al examinarlo más atentamente, se apreciaba una leve diferencia. Cleaver fue capaz de detectarla de inmediato: el cuerpo estaba flácido, no rígido. El tono de la piel era céreo, pero aún presentaba diminutas manchas rojas. Boca arriba en la cama, el chico parecía estar sumido en un profundo sueño. Después de una rápida observación, no había ninguna razón para dudarlo: era una persona cuya mente había huido de su cuerpo pero que no estaba técnicamente muerta. Un recipiente vacío que aún era fuerte por fuera y capaz de ser llenado de nuevo… con sólo localizar el precioso elixir de la vida.

Cleaver se lavó las manos, las secó y tocó la frente de Tyler. El chico no se movió. Le pellizcó el brazo y su dedo dejó un círculo blanco que se desvaneció rápidamente, otro signo de normalidad. Palmeó sus mejillas, le abrió un ojo y estudió la pupila y el borde blanco y sintió el lento y regular ritmo cardíaco en el cuello. Le abrió la boca y examinó la lengua. Su temperatura era perfecta: 36,6 °C.

Sonrió ligeramente al recordar un viejo chiste: la operación fue un éxito, excepto que el paciente no murió. Apartó las manos, volvió a lavárselas por hábito, y se reunió con Saramaggio, que lo estaba esperando en la antecámara de observación.

Vayamos a algún lugar donde podamos hablar -dijo-. Evidentemente nos encontramos ante algo muy serio. Ojalá me hubiese llamado antes,

– Pero acabo de llegar -protestó Saramaggio-. Lo he descubierto hace unos minutos.

– Unas medidas de seguridad adecuadas podrían haber evitado todo este problema.

Cleaver no creía lo que acababa de decir, sólo se lo estaba pasando bien siendo cruel con Saramaggio.

La espaciosa sala de la planta quince estaba oscura y, ante la insistencia de Cleaver, no encendieron las luces. No había querido que fuesen al despacho de Saramaggio porque era pequeño y no tenía ventanas; no era el escenario más adecuado para la gran propuesta que estaba meditando. Y, al mismo tiempo, sentía una extraña necesidad de estar a oscuras, no porque temiese que sus emociones pudiesen leerse en su rostro, sino porque ese ambiente se adaptaba a su estado de ánimo.

«Dios mío, qué impresionantes son las luces sobre el río -pensó-. Como diamantes extendidos sobre una manta de terciopelo. Nada como un poco de emoción para liberar nuestra naturaleza poética.»

– ¿Qué cree que debería hacer usted? -le preguntó a Saramaggio, enfatizando el «usted».

La pregunta era falsa. Cleaver estaba disfrutando plenamente del momento. Quería hacer sudar a su rival. Quería que estuviese colgado y meciéndose en el viento, como lo había descrito aquella maravillosa metáfora del Watergate.

Saramaggio dudó.

– Bueno -empezó a decir finalmente, su voz no demasiado segura-. Tenemos que tomar medidas. Debemos desconectarlo y acabar con todo el experimento. Me estaba preguntando cómo hacerlo, qué decir.

– ¿Se refiere a qué decirle a la junta? -Sí.

– Bien, veo que eso supone un problema para usted. Especialmente teniendo en cuenta que estaba tan absolutamente seguro de que el chico se conservaría en buena forma hasta que se iniciara el proceso de implantación de las células madre.

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