John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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Cinco minutos más tarde, dos agentes de policía, un hombre y una mujer, entraron en la sala de urgencias. – ¿Qué ocurre? -preguntó el policía.

Montoya les contó lo poco que sabía y señaló el monitor, donde la figura seguía golpeando el cristal. Los policías miraron la pantalla, casi paralizados, luego la mujer dijo: «Vamos». Los tres corrieron hacia los ascensores. Montoya pulsó el botón y esperaron en un nervioso silencio durante lo que pareció una eternidad hasta que llegó el ascensor.

No tardaron mucho en reducir al hombre. Tal vez ya estaba cansado de tanto golpear el cristal con la silla, que estaba en suelo, volcada de lado. El grueso cristal había resistido. Detrás, una aparición que descompuso a Montoya: un chico cubierto de vendajes estaba suspendido boca abajo y sujeto con correas.

La puerta que normalmente se abría con una tarjeta de identificación había sido abierta de una patada. Así era como el hombre había podido salir al corredor, coger la silla y volver a la habitación, imaginó Montoya. Debía de tener una buena razón para querer hacer pedazos ese cristal.

– Tranquilo, tranquilo, amigo -dijo el policía, mientras sujetaba a Scott contra el suelo, apoyando una rodilla, no demasiado amablemente, entre sus hombros.

– Agente -intervino Kate-. Por favor, no le haga daño. Es el padre del chico.

El policía miró a su compañera y ésta señaló hacia el cristal. Lentamente, la comprensión se hizo visible en el rostro del policía, que volvió a mirar ese horrible cuadro con el muchacho suspendido boca abajo y alivió la presión de su rodilla en la espalda de Scott.

– ¿Piensa comportarse? -preguntó, 'casi retóricamente. Parecía que eso era lo que debía decir, teniendo en cuenta las circunstancias. En realidad, no esperaba ninguna respuesta y no la obtuvo.

– ¿Por qué está el chico en esa posición, boca abajo? Kate se colocó delante de él, junto a Scott.

– Es para impedir que se le formen llagas. – ¿Qué le pasa?

– Tuvo un accidente -contestó ella, sin querer entrar en detalles.

– ¿Y él es el padre? -preguntó el policía, demostrando no ser demasiado listo.

– Sí.

– ¿Y qué hace aquí a estas horas de la noche? ¿Y cómo llegó la silla hasta aquí?

– Estaba tratando de romper el cristal -dijo la enfermera Beadham, quien había abandonado la sala de guardia para reunirse con ellos, pareciendo más entrometida que de costumbre-. Sólo Dios sabe lo que habría hecho si lo hubiera conseguido. -Parecía percibir que las simpatías de los policías se inclinaban del lado de Scott.

– ¿Y usted quién es? -preguntó la mujer policía, dirigiéndose a Kate.

– Soy médico. La doctora Willet. He estado llevando este caso.

– Ajá. Bien, ¿qué piensa usted? Imagino que ha presenciado todo lo que ha pasado aquí.

– No sólo lo ha presenciado. Ella lo ayudó a entrar -intervino la enfermera Beadham.

– Por favor, no estoy hablando con usted. Estoy hablando con la doctora Willet.

Kate pensó deprisa. ¿Qué podía aliviar la situación? -Su padre, su nombre es Scott, acababa de recibir malas noticias acerca del pronóstico de su hijo. Estaba trastornado, lo que resulta comprensible. Y quería venir y… verlo, quizá por última vez, supongo. Y la situación se nos fue de las manos…

– ¿Y usted lo ayudó, es eso correcto? -Preguntó la mujer policía-. Tengo entendido que se necesita una tarjeta especial para entrar en esta habitación. ¿Es así como entraron usted y él? ¿Con su tarjeta?

Señaló la tarjeta que colgaba sobre el pecho de Kate. En ese momento, Scott comenzó a debatirse en el suelo y gritó:

– Quíteme las manos de encima, joder. -Eh, cálmese, amigo -dijo el policía. – ¡Cuidado! -gritó la mujer.

Scott había levantado una pierna y, arqueando la espalda, había enganchado un tobillo alrededor del hombro del policía. Con un movimiento rápido, el agente salió despedido hacia atrás y cayó pesadamente al suelo. Se levantó de un salto, furioso y con el rostro encendido, mientras su compañera saltaba sobre Scott y volvía a inmovilizarlo apoyando con fuerza la porra contra la tráquea.

– Cálmese -dijo Kate-. Le está haciendo daño.

– Eh, mierda -exclamó la mujer policía, inclinándose sobre el rostro de Scott e inhalando profundamente-. Este tipo apesta a alcohol. Está como una cuba.

El otro policía apartó la porra de su compañera, cogió a Scott por el cuello del abrigo y lo obligó a levantarse. Luego cogió su porra y lo empujó apoyándola en sus costillas.

– Veamos cómo camina. Quiero verlo caminar en línea recta.

Scott se negó. Miró al policía y sacudió la cabeza. -Parece que tenemos aquí a un individuo que no quiere cooperar con la ley -dijo el policía.

– Espere un minuto -pidió Kate, colocándose entre ambos-. Tranquilicémonos todos un momento.

– Quien tiene que tranquilizarse es él. Me golpeó. Eso es un delito. Voy a arrastrar su culo hasta la comisaría. -Pero tiene que haber algún modo de solucionar esto. Este hombre está aturdido. Está desesperado por la vida de su hijo. Tengan compasión.

– Señora, acaba de agredir a un agente de la ley. En lo que a mí concierne, eso acaba con cualquier compasión que pueda tenerle.

El policía hizo girar a Scott, juntó sus brazos detrás de la espalda y le colocó un par de esposas.

– ¿De qué lo acusarán? -preguntó la enfermera Beadham, no sin una nota de excitación en la voz.

– Se me ocurren muchas cosas. Ebriedad y conducta escandalosa. Agresión a un agente de policía. Ya lo veremos cuando lleguemos a la comisaría.

– Les acompañaré -dijo Kate. -De eso nada, señora. -Bueno… ¿dónde está la comisaría?

– Señora, puede averiguarlo por su cuenta.

Los policías se marcharon. Scott iba entre ambos, mirando al suelo, y cada uno apoyaba una mano sobre sus hombros.

– Venga conmigo, doctora -dijo Montoya suavemente-. Tengo la dirección abajo.

Kate lo acompañó, después de volverse para echar una última mirada a Tyler, detrás del cristal. Allí seguía, exactamente igual, perdido en otro mundo y oculto en su capullo médico, envuelto como una mosca en la tela de una araña.

Cuando Kate estaba a punto de abandonar la oficina del guardia de seguridad, una sombra se recortó delante de ella, interceptándole la salida. Instintivamente, dio un paso atrás. Era Saramaggio.

La miraba con los ojos brillantes y tenía el rostro rojo e hinchado.

– Acompáñeme a mi despacho -le ordenó-. Ahora mismo.

– No puedo. Debo ir a la comisaría. – ¿La comisaría? ¿Por qué?

– Han arrestado a Scott Jessup.

– Vi cómo se lo llevaban. Lo tiene merecido.

– No, él no ha hecho nada malo. No deberían haberlo arrestado.

– Eso no es lo que yo he oído.

Saramaggio se volvió hacia el guardia de seguridad. -Usted, ¿cómo se llama?

Montoya, señor.

– Muy bien, Montoya. Usted acompañará a la doctora Willet a mi despacho.

Dicho aquello, Saramaggio giró sobre sus talones y se marchó. Montoya la miró con expresión suplicante y ella asintió. El guardia comprobó en el listín el número del despacho y salió de la oficina seguido de Kate, pero, una vez en la planta correspondiente, se detuvo, dubitativo. Ella le mostró cuál era el despacho de Saramaggio y Montoya abrió la puerta con una llave maestra. La habitación estaba vacía. Montoya señaló una silla y Kate se sentó, sin saber muy bien si el guardia estaba comportándose como un caballero o la mantenía como rehén. Aguardaron unos diez minutos a que llegara Saramaggio; aparentemente había estado en el pabellón de aislamiento, comprobando si se había producido algún daño. Kate supuso que había sido muy cuidadoso y se había tomado su tiempo para hacer su reconocimiento.

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