Arthur Clarke - Cita con Rama

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La llegada al Sistema Solar,hacia el año 2130, del monstruoso Rama, esa masa de cuarenta kilómetros de longitud, plantea a los científicos de la Tierra una serie de enigmas a estudiar y resolver. ¿Se trata de un astro con luz propia?
¿Es acaso un meteorito escapado del cinturón de Van Allen, o es un vehículo espacial, una aeronave tripulada por seres de una suprema inteligencia o tal vez teledirigido desde algún planeta del Cosmos infinito?
Cosmonautas y hombres de ciencia, a la par, dedican todos sus esfuerzos, todos sus conocimientos, a encontrar la solución a tales enigmas, algunos de los cuales podrán aclararse mientras que otros seguirán siendo un misterio cuando Rama, esa verdadera incógnita volante, abandone nuestro sistema planetario para hundirse de nuevo en las procelosas profundidades del insondable espacio cósmico.

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—Más o menos de dos metros y medio de altura —dijo Mercer pensativamente—, sin contar la cabeza…. como quiera que haya sido.

—Con tres brazos y probablemente tres piernas —agregó Calvert—. Las mismas características generales de las arañas, en escala mucho mayor. ¿Creen que es una coincidencia?

—Difícil que lo sea. Nosotros hacemos a los robots a nuestra imagen; es de suponer que los ramanes hacen, o hacían, lo propio.

Myron, sin nada de su usual exuberancia, lo contemplaba con algo parecido al temor reverente.

—¿Ustedes piensan que ellos saben que estamos aquí? —susurró a medias.

—Lo dudo —respondió Mercer—. Ni siquiera hemos rozado el umbral de su conciencia, aunque los mercurianos hicieron una buena intentona.

Estaban los tres allí, sin decidirse a abandonar el sorprendente lugar, cuando Rousseau les llamó desde el cubo, con una voz llena de urgente excitación.

—Jefe, será mejor que salgan de ahí!

—¿Qué pasa…. los «biots» vienen hacía aquí?

—No. Algo mucho más serio. Las luces se están apagando.

43. Retirada

— Cuando salió apresurado por el agujero abierto con el rayo láser, a Norton le pareció que los seis soles de Rama estaban tan brillantes como siempre. Seguramente Rousseau está equivocado, pensó; aunque eso no era propio de él.

Pero Rousseau había previsto esa reacción de su parte.

—Ha sucedido tan paulatinamente que ha pasado bastante tiempo antes de que empezara a notar la diferencia —explicó, y su tono casi era de disculpa—. Pero ya no cabe duda. Acabo de hacer una medición: el nivel de la luminosidad ha descendido un cuarenta por ciento.

Y ahora, mientras sus ojos volvían a ajustarse a la luz después de la semipenumbra del templo de cristal, Norton le daba la razón. El largo día de Rama tocaba a su fin.

Hacia tanto calor como siempre, y sin embargo se sintió estremecer. Recordaba haber experimentado esta misma sensación una vez antes, en un hermoso día de verano en la Tierra. Se produjo un inexplicable debilitamiento de la luz, como si se aproximase la noche o el sol hubiese perdido su fuerza aunque no se veía una sola nube en el cielo. Después supo que se había iniciado un eclipse parcial.

—Esto lo decide todo —dijo ceñudamente—. Volvemos a la nave. Dejen todo el equipo. No volveremos a necesitarlo.

Ahora, así lo esperaba, una medida de precaución adoptada por él iba a probar su valor. Había escogido a Londres para esa visita, porque ninguna de las otras ciudades estaban tan próximas a una escalera. En efecto: el pie de Beta quedaba sólo a cuatro kilómetros.

Partieron, avanzando con el paso largo que era el modo más cómodo de viajar en esa gravedad. Norton impuso una velocidad que, estimaba, les llevaría al borde de la planicie sin agotamiento y en el mínimo de tiempo.

Estaba muy consciente de los ocho kilómetros que tendrían que subir cuando hubieran llegado a la escalera Beta, pero lo cierto era que se sentiría más seguro una vez iniciado el ascenso.

El primer temblor les alcanzó cuando casi habían pisado el primer escalón. Fue muy débil, e instintivamente Norton se volvió hacia el sur, esperando ver otra exhibición de fuegos de artificio en las astas. Pero Rama no parecía repetirse nunca con exactitud. Si se producían descargas eléctricas sobre esas montañas aguzadas, eran demasiado débiles para ser vistas desde allí.

—Control —llam6—, ¿ha observado eso?

—Sí, jefe. Ha sido una pequeña sacudida. Podría tratarse de otro cambio de posición. Estamos observando la girofrecuencia. Nada todavía… ¡Un momento! ¡Lectura positiva! ¿Puede detectarla?…. menos de un microradián por segundo, pero sostenido.

De modo que Rama empezaba a girar, aunque con una casi imperceptible lentitud. Aquellos primeros temblores pudieron ser una falsa alarma, pero esto de ahora, desde luego, no lo era.

—La velocidad aumenta. Cinco microradián. ¡Hola! ¿Ha notado esta sacudida?

—Ya lo creo que la hemos notado. Ponga todos los sistemas de la nave en funcionamiento. Es posible que debamos partir de prisa.

—¿Espera un cambio de órbita tan pronto, jefe? Todavía falta bastante para el perihelio.

—Yo no creo que Rama se guíe por nuestros textos. Ya casi estamos en Beta. Descansaremos allí cinco minutos.

Cinco minutos de descanso eran muy pocos, y sin embargo les parecieron interminables porque ahora ya no cabía duda de que la luz decrecía en intensidad, y con mucha rapidez.

Aunque todos estaban provistos de linternas, el pensamiento de la oscuridad allí les resultaba entonces intolerable. Se habían acostumbrado tanto psicológicamente al día interminable de Rama, que les costaba recordar en qué condiciones habían explorado por primera vez ese mundo. Experimentaban una casi abrumadora urgencia de escapar, de salir a la luz del sol, apenas a un kilómetro del otro lado de esas paredes cilíndricas.

—Cubo Control —llamó Norton—, ¿está el proyector en condiciones de funcionar? Podemos necesitarlo de un momento a otro.

—Sí, jefe. Ahí va.

Un tranquilizador haz de luz comenzó a brillar a Ocho kilómetros arriba de sus cabezas. Aun contra el ahora agonizante día de Rama aparecía sorprendentemente débil; pero les había servido antes, y les volvería a guiar si se presentaba la necesidad.

Esta —y Norton estaba consciente de ello— seria la más larga y agobiante de las subidas que realizaran hasta entonces. Sucediera lo que sucediese, no podrían apresurarse; si abusaban de sus fuerzas obligándose a un esfuerzo excesivo, simplemente se derrumbarían en cualquier punto de ese vertiginoso declive y tendrían que esperar hasta que sus músculos declarados en rebeldía les permitiesen continuar. A estas alturas, los cuatro debían constituir una de las dotaciones mejor adiestradas para cumplir una misión espacial, pero había límites para la resistencia del cuerpo humano.

Al cabo de una hora de prudentes afanes alcanzaron la cuarta sección de la escalera, más o menos a tres kilómetros de la planicie. A partir de ahí todo resultaría más fácil; la gravedad había descendido a un tercio del valor de la de la Tierra. Aunque de tanto en tanto se producían temblores leves, no hubo otros fenómenos inusitados, y aún había bastante luz. Empezaron a sentirse más optimistas, y hasta llegaron a preguntarse si no se habían apresurado demasiado. De todos modos, una cosa era cierta: no había retorno posible. Los cuatro hablan caminado por última vez sobre la Planicie Central de Rama.

Fue mientras se tomaban un descanso de diez minutos, en la cuarta plataforma, cuando Calvert exclamó:

—¿Qué es ese ruido, jefe?

—¿Ruido? Yo no oigo nada.

—Es un silbido agudo, que baja y sube de frecuencia. Tiene que oírlo.

—Sus oídos son más jóvenes que los míos, muchacho. ¡Oh, sí, ahora lo oigo!

El silbido parecía llegar de todos lados. Pronto se hizo fuerte, hasta penetrante, y fue decayendo suavemente de tono. Luego, de golpe, se cortó.

Unos segundos más tarde volvió otra vez, repitiendo la misma secuencia. Tenía toda la cualidad melancólica y dominante de la sirena de un faro que envía su advertencia en la noche amortajada de niebla. Habla un mensaje en ese silbido, y un mensaje urgente. No estaba destinado para sus oídos, pero lo comprendían. Luego, como para hacerlo doblemente seguro, fue reforzado por las propias luces.

Primeramente se oscurecieron hasta casi extinguirse, y en seguida comenzaron a lanzar destellos. Los destellos resbalaban como pelotitas luminosas a lo largo de los seis angostos valles que una vez iluminaran ese mundo. Se movían desde ambos polos hacia el mar con un ritmo sincronizado, hipnótico, que sólo podía tener un significado.

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