Devolvió la serena y firme mirada de Cook a través de los siglos.
—Estoy de acuerdo con usted, capitán —murmuró—. La raza humana tiene que vivir con su conciencia. Cualesquiera que sean los argumentos de los mercurianos, la supervivencia no lo es todo.
Oprimió el timbre de llamada para el circuito del puente de mando y dijo con lentitud:
—Teniente Rodrigo, quisiera verle.
Luego cerró los ojos, enganchó los pulgares en las correas que sostenían su silla, y se preparó para disfrutar de un breve instante de total relajamiento físico y mental. Tal vez pasara tiempo antes de volver a experimentarlo.
El pequeño aparato, algo así como una motocicleta, había sido desguarnecido de todo equipo innecesario; era ahora una simple armazón que contenía los sistemas de propulsión dirección y sostenimiento. Hasta se le quitó el asiento del segundo piloto, porque cada kilogramo extra de masa se pagaba con tiempo de misión.
Esa era una de las razones, aunque no la más importante, por la que Rodrigo insistió en ir solo. Se trataba de un trabajo tan simple que no hacían falta otras manos, y la masa de un pasajero costaría varios minutos de tiempo de vuelo. Ahora el aparato desnudo aceleraría a más de un tercio de una gravedad y podría hacer el viaje desde el E ndeavour a la bomba en cuatro minutos. Eso dejaba seis minutos de margen. Debía bastar.
Rodrigo sólo volvió la cabeza una vez cuando dejó la nave espacial. Comprobó que, de acuerdo con el plan, el Endeavour se había separado del eje central y se alejaba con suavidad desplazándose a través del disco gira torio de la cara norte. Para cuando él hubiese alcanzado la bomba, el Endeavour habría colocado todo el grosor de Rama entre ellos.
Se tomó tiempo para volar sobre la planicie polar. No había prisa allí, porque las cámaras de la bomba no podían enfocarle todavía, y en consecuencia podía ahorrar combustible. Luego dio la vuelta al borde curvado del mundo, y allí estaba el misil resplandeciente a una luz del sol más intensa que la que brillaba sobre el planeta de su nacimiento.
Rodrigo ya había manipulado según las instrucciones de dirección. Ahora inició la secuencia, y el aparato dio vueltas en sus giróscopos y llegó al impulso total en una cuestión de segundos. Al principio la sensación de peso pareció aplastante, pero Rodrigo se adaptó a ella en seguida. A fin de cuentas había soportado el doble con bastante comodidad en el interior de Rama, y habla nacido bajo tres veces el mismo peso en la Tierra.
La inmensa pared curvada del cilindro de cincuenta kilómetros se desplazaba lentamente debajo de él, mientras su moto se dirigía directamente a la bomba. Sin embargo era imposible juzgar las dimensiones de Rama, ya que era completamente liso y tan carente de rasgos característicos que resultaba difícil decir si giraba o no.
A los cien segundos de tiempo de misión se aproximaba a la mitad de la distancia prevista. La bomba se encontraba todavía a demasiada distancia para permitirle apreciar ningún detalle, pero parecía aún más brillante contra el cielo negro azabache. Era extraño no ver estrellas, ni siquiera la brillante Tierra, o el deslumbrante Venus. Los filtros negros que protegían sus ojos del mortal resplandor lo hacían imposible. Rodrigo intuía que estaba batiendo un récord; probablemente ningún otro hombre se había dedicado a trabajar fuera de la nave madre tan cerca del sol. Era una suerte para él que la actividad solar fuera tan reducida.
A los dos minutos, diez segundos, el impulso descendió a cero y el aparato giró 180 grados. Recobró el impulso total instantáneamente, pero ahora la velocidad disminuía a la misma loca proporción de tres metros por segundo al cuadrado, más aún en realidad, puesto que habla perdido casi la mitad de su masa propulsora. La bomba estaba a veinticinco kilómetros de distancia. Llegaría en otros dos minutos. Había alcanzado la velocidad máxima de mil quinientos kilómetros por hora, lo cual para una «motocicleta del espacio. era la locura total, y probablemente otro récord. Pero ésta no podía considerarse como una misión de rutina, y él sabía con precisión lo que estaba haciendo.
La bomba iba creciendo en tamaño, y ahora Rodrigo podía ver la antena principal dirigida hacia la invisible estrella de Mercurio. A lo largo de esa línea de transmisión, la imagen de su cercano vehículo habla estado centelleando a la velocidad de la luz durante los últimos tres minutos. Todavía quedaban dos antes de llegar a Mercurio.
¿Qué harían los mercurianos cuando le vieran? La consternación seria general, por supuesto. Comprenderían instantáneamente que él se habla encontrado con el misil varios minutos antes de que ellos se enteraran de que estaba en camino. Probablemente algún oficial de guardia, llamaría a una autoridad más alta; eso llevaría más tiempo. Pero aun en el peor de los casos —aun cuando el oficial de guardia tuviera autoridad para detonar la bomba y apretara el botón en seguida— la señal tardaría otros cinco minutos en llegar.
Aunque Rodrigo no hubiera hecho una apuesta —los Cristianos del Cosmos jamás apostaban ni jugaban— estaba seguro de que no se produciría una reacción instan tánea. Los mercurianos vacilarían en destruir un vehículo de reconocimiento procedente del Endeavour, aun cuando sospecharan sus motivos. Ciertamente intentarían primero alguna forma de comunicación, y ello significaría más dilaciones.
Y había una razón todavía mejor: no desperdiciarían una bomba gigante en destruir una simple motocicleta. Y sería desperdiciada si se La hacía estallar a veinte kilómetros de su blanco. Tendrían que desplazarla primero. ¡Oh, si , contaba con tiempo suficiente, y más!… Pero seguiría suponiendo lo peor. Procederla como si el impulso del disparador fuese a llegar en el mínimo plazo posible: apenas cinco minutos.
Mientras el pequeño vehículo se acercaba en los últimos cientos de metros, Rodrigo comparaba rápidamente los detalles que ahora podía ver con aquellos que había estudiado en las fotografias tomadas a larga distancia. Lo que sólo había sido una colección de fotos se convertía en duro metal y liso plástico, no ya algo abstracto sino una mortífera realidad.
La bomba era un cilindro de unos diez metros de largo y tres de diámetro —por una extraña coincidencia— casi de las mismas proporciones que Rama. Estaba unido al armazón del vehículo conductor por un enrejado de cortas viguetas en forma de I. Por alguna razón, probablemente relacionada con la situación del centro de la masa, estaba colocado en ángulo recto con relación al eje del vehículo conductor, de modo que producía la siniestra y apropiada impresión de una cabeza de martillo. Era en verdad un martillo, lo bastante poderoso como para aplastar un mundo.
Desde cada extremo de la bomba, un montón de cables trenzados se extendían a lo largo del costado cilíndrico y desaparecía a través del enrejado en el interior del vehículo. Toda comunicación y todo control estaban allí; no había antenas de ninguna especie en la bomba misma Rodrigo sólo tenia que cortar esos dos juegos de cables y no quedaría más que un inofensivo metal inerte.
Aunque esto era ni más ni menos lo que había esperado, parecía demasiado fácil. Consultó su reloj: pasarían otros treinta segundos antes de que los mercurianos, aunque lo hubieran estado observando cuando rodeó el borde de Rama, se enteraran de su existencia. Tenía cinco minutos absolutamente seguros para un trabajo ininterrumpido, y el noventa por ciento de probabilidades de un lapso mucho más prolongado.
Tan pronto como su propio vehículo se detuvo, por completo, Rodrigo lo amarró al armazón del misil de modo que los dos formaran una estructura rigida. Este trabajo le significo apenas unos segundos. Ya había escogido sus herramientas y saltó en seguida de su asiento, sólo ligeramente estorbado por la rigidez de su traje espacial.
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