Arthur Clarke - Cita con Rama

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La llegada al Sistema Solar,hacia el año 2130, del monstruoso Rama, esa masa de cuarenta kilómetros de longitud, plantea a los científicos de la Tierra una serie de enigmas a estudiar y resolver. ¿Se trata de un astro con luz propia?
¿Es acaso un meteorito escapado del cinturón de Van Allen, o es un vehículo espacial, una aeronave tripulada por seres de una suprema inteligencia o tal vez teledirigido desde algún planeta del Cosmos infinito?
Cosmonautas y hombres de ciencia, a la par, dedican todos sus esfuerzos, todos sus conocimientos, a encontrar la solución a tales enigmas, algunos de los cuales podrán aclararse mientras que otros seguirán siendo un misterio cuando Rama, esa verdadera incógnita volante, abandone nuestro sistema planetario para hundirse de nuevo en las procelosas profundidades del insondable espacio cósmico.

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—Dudo que hayan utilizado nunca esta escalera. Es obvio que se la destinaba sólo para casos de emergencia. Debieron tener algún sistema de transporte mecánico para subir hasta aquí. Un funicular, tal vez. Eso explicaría las largas ranuras que descienden desde el cubo.

—A mí me parecen desagües, aunque supongo que pudieron servir para las dos cosas. Me pregunto si habrá llovido alguna vez en este lugar.

—Es probable respondió Mercer—. Pero creo que Joe tiene razón y al diablo con la dignidad. Vamos para allá.

El pasamanos —presumiblemente fue destinado para algo semejante a manos — era una lisa y recta barra de metal sostenida por pilares de un metro de largo colocados a regular distancia uno de otro. Mercer montó sobre la barra, calculó con cuidado el poder de freno que podía ejercer con sus manos, y se dejó resbalar.

Tranquilamente, aumentando la velocidad poco a poco, se internó en esa oscuridad moviéndose en el círculo de luz proyectada por la lámpara de su casco. Había descendido unos cincuenta metros cuando llamó a los otros para que se reunieran con el.

Ninguno de los tres lo hubiera admitido, pero se sentían niños otra vez montados sobre una barandilla y deslizándose por ella. En menos de dos minutos habían hecho un seguro y cómodo descenso de un kilómetro.

Cuando consideraban que la velocidad tendía a ser excesiva, una mano apoyada con fuerza en la barra de metal proporcionaba el frenado necesario.

—Espero que os hayáis divertido —dijo Norton cuando estuvieron en la segunda plataforma, Subir otra vez no os resultará tan fácil.

—Eso es lo que quiero comprobar —explicó Mercer, quien caminaba en forma experimental de un lado a otro tomando conciencia de la gravitación creciente—. Hay ya una décima más de gravedad aquí. Se nota realmente la diferencia.

Caminó —o dicho con más propiedad, se deslizó hasta el borde de la plataforma y proyectó la luz de su casco hacia la próxima sección de la escalera. Hasta donde alcanzaba la luminosidad ésta se le aparecía idéntica a la que terminaban de recorrer, aunque un cuidadoso examen de las fotos obtenidas había demostrado que la altura de los escalones disminuía a medida que aumentaba la gravedad. La escalera había sido aparentemente diseñada y construida de modo que el esfuerzo requerido para subir por ella fuera más o menos constante en cada punto de sus larguísimos y curvados tramos.

Mercer miró hacia el cubo de Rama, distante ahora casi dos kilómetros por encima de él. El leve resplandor de la luz de allá arriba y las figuras diminutas recortadas contra él se le antojaban tremendamente lejanas. Por primera vez se alegró de no poder ver todo el largo de esa inmensa escalera. A pesar de sus nervios firmes y su falta de imaginación, no estaba seguro de cómo reaccionaría si se viese arrastrándose como un insecto a lo largo de la cara de un plato vertical de más de dieciséis kilómetros de alto, y con la mitad superior suspendida sobre él. Hasta ese momento había considerado la oscuridad como una molestia; ahora casi la acogía agradecido.

—No hay cambio de temperatura —informó a Norton—. Sigue estando por debajo de¡ punto de congelación. Pero la presión atmosférica ha aumentado, como esperábamos; está akededor de los trescientos milibares. Aun con tan bajo contenido de oxigeno el aire es casi respirable; más abajo no habrá problemas. Eso simplificará enormemente la exploración. Qué hallazgo, el primer mundo en el cual podemos caminar sin complicados aparatos para respirar. Y para celebrarlo voy a aspirar una bocanada.

Allá arriba, en el cubo. Norton se agitó algo inquieto. Pero si habla un hombre que sabía exactamente qué hacía, era Mercer. Ya había hecho suficientes pruebas como para quedar satisfecho.

Mercer compensó la presión, abrió el cierre de seguridad de su casco, y lo entreabrió unos centímetros. Hizo una aspiración cautelosa, luego otra más profunda.

El aire de Rama era pesado y rancio, como el de un sepulcro viejísimo de¡ que hubiera desaparecido años atrás el último rastro de la corrupción física. Ni siquiera el olfato ultrasensible de Mercer, entrenado a través de años de probar sistemas de preservación de la vida hasta y más allá del punto de desastre, pudo detectar olor alguno reconocible. Había un matiz ligeramente metálico en el ambiente, y de pronto recordó que los primeros hombres que descendieron en la Luna informaron de un rastro como de pólvora quemada en el aire cuando volvieron al modulo lunar presurizado.

Mercer imaginaba que la cabina del Eagle, contaminada por el polvo lunar, debió oler un poco como Rama.

Volvió a cerrar herméticamente su casco y vació sus pulmones del aire extraño. No había extraído sustento alguno del mismo; hasta un alpinista aclimatado a la cumbre del Everest moriría en seguida en este lugar. Pero unos pocos kilómetros más abajo la cosa cambiarla.

¿Qué más quedaba por hacer aquí? No se le ocurría nada, excepto disfrutar como lo hacía de la suave y desacostumbrada gravedad. Pero no tenía sentido acostumbrarse a eso, puesto que volverían en seguida a la ingravidez del cubo.

—Regresamos, jefe —anunció—. No hay razón para seguir más adelante hasta que estemos preparados para hacer todo el camino.

—De acuerdo, Karl. Cronometraremos el tiempo, pero hacedIo sin prisas.

Mientras brincaba escaleras arriba, saltando tres o cuatro escalones a la vez, Mercer pensó que la deducción de Calvert era perfectamente correcta: estas escaleras estaban construidas para subirlas, no para bajarlas. Hasta tanto uno no mirase hacia atrás e ignorara la vertiginosa pendiente de la curva en ascenso, la subida era una agradable experiencia. No obstante, después de doscientos escalones, comenzó a sentir algunos tirones en los músculos de la pantorrilla, y decidió ir más despacio. Sus compañeros habían hecho otro tanto; cuando aventuró una rápida mirada sobre su hombro, los vio bastante más abajo.

La ascensión estuvo exenta de novedades, dado que se redujo al paso por una interminable sucesión de escalones. Cuando una vez más se encontraron en la plataforma más alta, inmediatamente debajo de la escala, apenas si tenían algo acelerada la respiración, y sólo habían pasado diez minutos. Se detuvieron durante otros diez y luego iniciaron el recorrido del último kilómetro vertical.

Un salto … agarrarse a un peldaño… un salto… agarrarse… salto … agarrarse… Era fácil, pero tan aburrido en su repetición que existía el peligro de descuidarse uno. A mitad de camino de esta última etapa del viaje, descansaron cinco minutos. Para entonces ya habían empezado a dolerles brazos y piernas. Una vez más, Mercer se alegró de que alcanzaran a ver tan poco de la cara vertical en la que estaban suspendidos. De ese modo no resultaba tan difícil pretender que la escala se extendía sólo a unos pocos metros más allá de¡ círculo de luz proyectado por cada uno de ellos, y que pronto llegarían arriba.

Un salto… agarrar un peldaño… un salto… y luego, de pronto, realmente ya no quedaban más peldaños. Estaban de nuevo en el mundo ingrávido del eje, entre sus ansiosos amigos. El viaje completo había llevado menos de una hora y experimentaban una sensación de modesto logro.

Pero era demasiado pronto para sentirse satisfechos con ellos mismos. A pesar de tanto esfuerzo, habían recorrido menos de un octavo de la distancia total de esa escalera ciclopea.

11. Hombres, mujeres y monos

A algunas mujeres, había decidido el comandante Norton tiempo atrás, no debía serles permitido viajar en las naves espaciales; la ingravidez hacía cosas a sus senos que resultaban demasiado perturbadoras. Bastante malo era cuando permanecían inmóviles; pero cuando comenzaban a moverse y se establecían vibraciones afines, el resultado era más de lo que podía exigirse que soportara sin consecuencias un simple hombre con sangre en las venas. El estaba seguro de que más de un serio accidente espacial había sido provocado por una total distracción de los tripulantes, después del tránsito de una oficial suelta a través de la cabina de control.

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