Arthur Clarke - La ciudad y las estrellas

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Los hombres habían construido ciudades antes, pero ninguna como Diaspar. Diaspar: porque Diaspar tenía una leyenda. Era la última ciudad construida en la Tierra por el poder de quienes también pudieron conquistar las estrellas. Pero la grandeza de Diaspar acabó desapareciendo. Desde los más oscuros límites del Universo los Invasores atacaron el imperio creado por el hombre y lo confinaron otra vez a la Tierra. Quien fuera que abandonara la Tierra caería bajo la ira de los Invasores. Esta era la leyenda de Diaspar. Una leyenda de un billón de años…

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Alvin había llegado hasta los planetas de los Siete Soles, hazaña realizada por el primer hombre en mil millones de años. Y con todo, ahora le importaba muy poco, a veces pensaba que daría todos los logros obtenidos en sus aventuras, por poder oír el llanto de un niño recién nacido, sabiendo que era suyo, de su propia carne y su propia sangre.

En Lys, podría encontrar un día lo que deseaba, existía una ternura, un calor humano y una comprensión que faltaba por completo en Diaspar. Pero antes de que pudiera descansar y antes de hallar la paz, había aún una decisión que tomar.

Tenía en sus manos el poder, un poder que seguía poseyendo. Era una responsabilidad que había buscado y aceptado con decisión y coraje; pero ahora no habría paz en su corazón mientras fuera suyo. Así y todo, él tirarlo por la borda y despojarse de él, sería como una traición a una confianza puesta en su persona…

Se hallaba en una población de diminutos canales, al borde de un anchuroso lago, cuando tomó la decisión. Las casas de distintos colores, alegres y llenas de luz, parecían flotar como ancladas sobre las suaves olas del lago, formando una escena de belleza irreal. Allí había vida, alegría de vivir, calor humano… todas las cosas que había echado de menos entre la desolada grandeza de los Siete Soles.

Un día la Humanidad estaría de nuevo dispuesta para salir al espacio. Alvin no sabía qué nuevo capítulo iría a escribir el Hombre entre las estrellas. Pero aquello no debía importarle, su futuro yacía en la Tierra.

Pero era preciso hacer un vuelo todavía, antes de volver la espalda definitivamente a las estrellas.

* * *

Cuando Alvin comprobó la ascendiente marcha de la nave, la ciudad se hallaba ya demasiado distante para ser reconocida como producto del hombre, y la curva del planeta aparecía claramente visible. Entonces, comprobó la línea del crepúsculo a millares de millas de distancia en su marcha sin fin a través del desierto. Por encima y a su alrededor, estaban las estrellas, tan brillantes como siempre, con toda la gloria que los hombres habían perdido. Hilvar y Jeserac permanecían silenciosos, imaginando, pero sin saber a ciencia cierta el motivo que impulsaba a Alvin a realizar aquel vuelo del espacio ni del por qué les había pedido que le acompañaran. Ninguno pronunció una palabra, mientras que el desolado panorama se extendía bajo ellos en la distancia. Su vaciedad y quietud oprimieron a ambos y Jeserac sintió un súbito desprecio e irritación por los hombres del pasado que habían permitido que la Tierra perdiese toda su belleza, por negligencia y cobardía.

Esperó que Alvin tuviese razón al soñar que todo aquello podía cambiarse. El poder y el conocimiento aún existía, todo era cuestión de volver hacia el pasado y hacer que los océanos volvieran a cobrar vida. El agua estaba allí, en las profundidades escondidas de mil lugares de la Tierra y de ser preciso, la transmutación de las plantas podían hacerlo posible.

Había mucho que hacer en los años por venir en el futuro. Jeserac se dio cuenta de que se hallaba entre dos edades; a su alrededor podía sentir el pulso del género humano comenzando a despertar de nuevo. Había muchos y graves problemas con que enfrentarse; pero Diaspar lo haría. El rehacer el pasado, se llevaría siglos, sin duda; pero cuando todo estuviese concluido, el Hombre habría recobrado casi todo lo que había perdido.

¿Podría ganarlo todo? se preguntó Jeserac. Era difícil imaginar que la Galaxia pudiese ser vuelta a conquistar e incluso de llegar a semejante logro ¿a qué propósito podría servir? Alvin pareció salir de su ensoñación y Jeserac se volvió de la pantalla.

— Quiero que veas esto — dijo Alvin con calma —. Puede que nunca tengas otra oportunidad.

— ¿No vas a dejar la Tierra?

— No, no quiero nada más del espacio. Incluso en el caso de que hubiese otra civilización superviviente en esta Galaxia, dudo que valiese la pena el esfuerzo de hallarla. Hay muchas cosas que hacer aquí, sé ahora que este es mi hogar, y nunca más volveré a dejarlo.

Miró hacia abajo y a los grandes desiertos; pero sus ojos veían en su lugar las aguas que allí se almacenarían a mil años de distancia en el futuro. El Hombre había redescubierto su mundo, y volvería a hacerlo tan bello como lo fue una vez para permanecer en él. Y después…

— No estamos dispuestos para ir a las estrellas, y pasará muchísimo tiempo todavía antes de que podamos encararnos con ese desafío. He estado preguntándome qué debería hacer con esta astronave, si dejarla aquí en la Tierra, donde siempre me tentará para utilizarla y jamás me dejaría paz en la mente, pero con todo, no puedo desperdiciar esta maravilla. Siento que me ha sido confiada para una gran misión y puede ser utilizada para beneficio del mundo.

«Por esto, he tomado una decisión definitiva. Voy a enviarla a la Galaxia, con el robot en el control, para descubrir qué ha sido de nuestros antepasados… y de ser posible, qué es lo que ha quedado en el Universo digno de ir en su busca. Tuvo que haber sido algo maravilloso para ellos, él haberlo dejado todo para ir en su busca.

«El robot no se cansará jamás, por largas que sean las jornadas que tenga que realizar en el espacio. Un día, nuestros parientes recibirán nuestro mensaje, y sabrán que les estamos esperando en la Tierra. Volverán y espero que para entonces valdrá la pena, por grande que sea lo que hayan conseguido.

Alvin permaneció en silencio, mirando fijamente en el futuro que había conformado en su mente; pero que sin duda nunca podría ver en la realidad. Mientras que el Hombre permaneciese reconstruyendo su mundo, aquella nave estaría cruzando los negros espacios del Universo entre las estrellas y los sistemas y en un millar de años en el futuro, volvería. Quizá aún estaría allí para recibirla; pero de no ser así, se sentiría contento de todos modos.

Creo que es una postura sabia y prudente, Alvin — le dijo su viejo tutor. Entonces, por última vez, el eco de un antiguo temor volvió a surgir en su mente como una enfermedad crónica —. Pero supongamos — añadió, que la nave hace contacto con algo que no queramos conocer…

— Y su voz se desvaneció al reconocer el origen de su ansiedad y sonrió despectivamente como queriendo barrer para siempre el fantasma de los Invasores.

— Has olvidado — repuso Alvin más seriamente de lo que esperaba— que pronto tendremos a Vanamonde para que nos ayude. No sabemos qué clase de poderes posee en la realidad; pero todos en Lys parecen creer que son potencialmente ilimitados. ¿No es así, Hilvar?

Hilvar no replicó al instante. Era cierto que Vanamonde era otro gran enigma, el gran problema que permanecería latente para el futuro de la Humanidad, mientras residiese en la Tierra. Era cierto, que ya Vanamonde había evolucionado hacia la autoconsciencia en un progreso acelerado por su contacto con los filósofos de Lys. Ellos tenían grandes esperanzas de la futura cooperación con aquella supermente infantil, creyendo que conseguirían ir acortando los eones de tiempo que su natural desarrollo requería.

— No estoy seguro confesó Hilvar —. En cierta forma, no creo que debiéramos esperar demasiado de Vanamonde. Podemos ahora ayudarle; pero seremos sólo un breve incidente en su total extensión vital, prácticamente infinita. Tampoco creo que su destino último tenga nada que ver con nosotros.

Alvin le miró sorprendido.

— ¿Por qué lo crees así?

— No puedo explicarlo. Es sólo una intuición. — Hilvar pudo haber añadido algo más; pero continuó silencioso. Aquellas cuestiones no eran apropiadas para la comunicación y aunque Alvin no se burlaría de su sueño, no se preocupó de discutirlo con su amigo.

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