Arthur Clarke - La ciudad y las estrellas

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Los hombres habían construido ciudades antes, pero ninguna como Diaspar. Diaspar: porque Diaspar tenía una leyenda. Era la última ciudad construida en la Tierra por el poder de quienes también pudieron conquistar las estrellas. Pero la grandeza de Diaspar acabó desapareciendo. Desde los más oscuros límites del Universo los Invasores atacaron el imperio creado por el hombre y lo confinaron otra vez a la Tierra. Quien fuera que abandonara la Tierra caería bajo la ira de los Invasores. Esta era la leyenda de Diaspar. Una leyenda de un billón de años…

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— Entonces, déjame decirte algo que puede que ignores todavía. ¿Ves aquellas torres de allá? —Y Khedrom apuntó a las torres gemelas de la Central de Energía y de la Sala del Consejo, una frente a otra a través de un espacio de una milla de distancia —. Supongamos que yo tendiese una pasarela perfectamente lisa y firme entre ambas torres… pero que sólo tuviese seis pulgadas de anchura. ¿Te atreverías a cruzarlas a pie?

Alvin vaciló.

— No sé… contestó. No me gustaría intentarlo.

— Estoy completamente seguro de que no lo harías. Te marearías y caerías de cabeza antes de andar una docena de pasos. Pero si esa pasarela estuviera sobre suelo firme, estarías en condiciones de atravesarla sin la menor dificultad.

— Bien… ¿y qué prueba eso?

— Una sencilla cuestión que quiero hacerte resaltar. En los dos experimentos que he descrito, la pasarela sería exactamente la misma en ambos casos. Uno de esos robots con ruedas que alguna vez encuentras por la ciudad, podría cruzaría tan fácilmente, tanto si hacía de puente entre aquellas torres, como estando firmemente asentada en el suelo. Nosotros, no podríamos hacerlo, porque sentirnos temor a las alturas y padecemos el vértigo. Esto podría parecer irracional; pero es demasiado fuerte como para ser ignorado. Es algo que está inserto en nosotros, nacemos con ello. En idéntica forma, sentimos temor al espacio. Muestra a cualquier hombre de Diaspar un camino fuera de la ciudad, un camino que puede ser uno igual al que ahora tenemos frente a nosotros… y no podría de ningún modo seguirlo. Tendría que volverse, como tú volverías si comenzases a cruzar la pasarela tendida entre aquellas torres.

— Pero… ¿por qué? Tuvo que haber existido un tiempo…

— Ya sé, ya sé —le interrumpió Khedrom —. Los Hombres viajaron una vez por todo el mundo e incluso saltaron a las estrellas. Algo les hizo cambiar radicalmente y les dio ese temor con que ahora nacen. Tú te crees que no tienes miedo. Bien, lo veremos. Voy a llevarte a la Sala del Consejo.

El Ayuntamiento era uno de los mayores edificios de la ciudad y estaba casi entregado por completo a las máquinas que eran en realidad, las verdaderas administradoras de Diaspar. A poca distancia de su cúspide se hallaba la cámara donde el Consejo se reunía en aquellas infrecuentes ocasiones cuando existía algún importante asunto que discutir.

El amplio vestíbulo pareció tragarles con su enorme amplitud y Khedrom siguió su camino hacia delante, envuelto por el resplandor dorado que lo inundaba todo por doquier. Alvin nunca había estado allí; no había impedimento alguno en hacerlo, en realidad, apenas si existían prohibiciones contra nada en Diaspar, pero como todos los demás conciudadanos, sentía un temor casi religioso por aquel lugar. En un mundo sin dioses como aquel, la Sala del Consejo, era la cosa más parecida a un templo.

Khedrom no vaciló ni por un momento mientras conducía a Alvin por aquellos enormes corredores y rampas, hechas obviamente para máquinas provistas de ruedas y no para tráfico humano. Algunas de aquellas rampas zigzagueaban hacia abajo y hacia las profundidades en ángulos tan bruscos que resultaba imposible mantenerse de pie de no estar acondicionada la gravedad para compensar la inercia.

Por fin llegaron a una puerta cerrada que se deslizó silenciosamente al aproximarse y que después les cerró el paso a su espalda. Ante ellos había otra puerta, que esta vez no se abrió. Khedrom no hizo el menor gesto para tocarla, sino que permaneció inmóvil frente a ella. Tras una corta pausa, una voz tranquila, dijo:

— Por favor, digan sus nombres.

— Yo soy Khedrom, el Bufón. Mi compañero es Alvin.

— ¿Y el motivo de su visita?

— Pura curiosidad.

Casi ante la sorpresa de Alvin, la puerta se abrió al instante. En su experiencia, si se daba a las máquinas una pregunta ambigua, casi siempre se caía en la confusión y era preciso comenzar de nuevo. La máquina que había interrogado a Khedrom tenía que ser una realmente sofisticada, con seguridad una de las más importantes en la jerarquía del Computador Central.

No hallaron más obstáculos; pero Alvin sospechó que habían pasado muchas comprobaciones de las cuales no tenía el menor conocimiento. Un corto corredor les llevó de repente hacia una impresionante cámara circular, con el suelo hundido y cuya disposición general era algo tan formidable, que por un momento Alvin quedó atónito y maravillado. Estaba mirando a sus pies, toda la ciudad de Diaspar, extendida ante él con sus más altos edificios que apenas si le llegaban a la altura del hombro.

Empleó mucho tiempo en ir localizando los lugares que le eran conocidos y familiares y observando inesperadas vistas, antes de dedicar atención al resto de aquella vasta cámara. Sus paredes estaban cubiertas con una disposición microscópicamente detallada de cuadros blancos y negros; la disposición estructural era en sí completamente irregular, y cuando cambió la mirada, tuvo la impresión de que emitían rápidos destellos, aunque nunca cambiaban. A intervalos frecuentes y alrededor de la cámara se hallaban máquinas operadas en clave de cierto tipo, cada una de ellas completa con una pantalla visora y un asiento para el operador.

Khedrom dejó al joven que se recreara en aquella vista fabulosa. Después, apuntó a la diminuta ciudad y le dijo:

— ¿Sabes lo que es esto?

Alvin estuvo tentado de responder «Una maqueta modelo, por supuesto»; pero aquella respuesta era tan obvia que tuvo por cierto no era la precisa. En su lugar, sacudió la cabeza negativamente y esperó a que Khedrom respondiese por él su propia pregunta.

— Recordarás — le dijo el Bufón— que te dije una vez cómo se mantenía la ciudad… de qué forma los Bancos de Memoria sostenían y conservaban su estructura congelada para siempre, inmóvil e incambiada. Esos Bancos se encuentran a nuestro alrededor, con todo su incalculable almacenamiento de información, definiendo completamente la ciudad como es ahora mismo. Cada átomo de Diaspar está de alguna forma sujeto en clave, por fuerzas que nos son desconocidas y que hemos olvidado, a las matrices enterradas en estos muros. Y señaló con la mano hacia el perfecto y detallado simulacro de Diaspar que yacía a sus pies.

— Esto no es un modelo, en realidad es algo inexistente. Es sencillamente la imagen proyectada del dispositivo encerrado en los Bancos de Memoria y por tanto, es absolutamente idéntico a la ciudad misma. Esas máquinas visoras de allí, son capaces de aumentar cualquier porción deseada hasta dar el aspecto de su tamaño natural o mayor. Se usan cuando es necesario para hacer alguna alteración en el diseño, aunque suele transcurrir mucho tiempo de una a otra operación de este tipo. Si quieres saber cómo es Diaspar, es preciso venir a este sitio. Puedes aprender aquí en unos cuantos días más que en toda una vida de exploraciones personales.

— Es algo maravilloso dijo Alvin —. ¿Cuánta gente sabe que existe?

— Oh, mucha; pero apenas si alguien tiene interés en ello. El Consejo viene por aquí de vez en cuando; ya que no se hace alteración alguna en la ciudad a menos que ellos no vengan a dar su aprobación. Pero no es suficiente, si el Computador Central no aprueba el cambio propuesto. Dudo que esta sala haya sido visitada más de dos o tres veces por año.

Alvin deseó conocer cómo Khedrom tenía tan fácil acceso a ella, pero después recordó que muchas de sus más elaboradas jugarretas tenían que suponer un profundo conocimiento de la ciudad y de sus mecanismos interiores y que sólo tal conocimiento podía ser el resultado de un profundo estudio. Tenía que ser uno de los privilegios del Bufón, él poder ir a cualquier parte y aprenderlo todo; realmente, no podía tener mejor guía para todos los secretos de Diaspar.

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