En ese momento, casi como si se tratara de una revelación, cayó en la cuenta de la fecha. Aquel día de noviembre se cumplían cuatro años exactos desde que había visto a Beatriz por primera vez y dos años exactos de su muerte.
Es hora de que te busques una nueva guarida.
Cerró los ojos.
Los ojos de Raquel brillaban en la oscuridad del comedor como piedras preciosas.
– ¿Y ahora? -preguntó Ballesteros.
– Esperaremos un poco e iremos a por ella. Si logramos traerla al círculo, no podrá escapar.
«Ir a por ella» era una expresión que Ballesteros no lograba asimilar. ¿Ir a por quién? ¿Qué o quién se suponía que iba a «aparecer» en aquel cuarto de baño?
– Quizá nos dé alguna sorpresa desagradable -advirtió la muchacha-. Se vuelve muy peligrosa cuando se encuentra indefensa… Intentará escapar, y cuando compruebe que no puede, se enfurecerá… Voy a necesitar tu ayuda.
Ballesteros asintió con un gesto, pero su inquietud aumentó. No le gustaba el hondo silencio que había envuelto todo el apartamento. De repente se le ocurrió algo horrible. ¿Y si se habían equivocado? ¿Y si todo era falso? ¿Y si Rulfo y Raquel habían enloquecido y ahora él iba a ser responsable del suicidio de un perturbado mental? ¿Qué era lo que esperaban ver cuando entraran en ese baño? Casi perdió por completo el control de sus nervios al pensar todo eso. Miró a la muchacha como implorando ayuda.
En ese momento se escucharon golpes recios y una agitación del agua. Raquel se puso en pie de un salto.
– Ya -dijo.
sal
Rulfo supo que se estaba muriendo.
La bañera se había convertido en algo enorme y globoso, como un caucho sometido a la presión creciente de una bomba de aire. Sentado dentro de ella, las manos dadivosas y rojas en actitud de despilfarrar la vida, observaba su propia sombra erguida sobre la sangre: un área de medusa turbia, un tul de bailarina acostada. De improviso aquella sombra se desprendió de la superficie ensangrentada con la inercia silenciosa de un rodaballo en el fondo del mar y penetró en sus ojos. Supo que la muerte era eso: que tu propia sombra penetre en tus ojos.
Pensó en sus padres y hermanas. No creyó que fuera a encontrárselos en otro mundo.
sal de ahí
Ballesteros apenas podía creer lo que veía.
Rulfo estaba muerto, desangrado, en la bañera. Pero el agua a su alrededor se agitaba y saltaba por los aires salpicándolo todo, como si algún animal de gran tamaño rebullera dentro.
– Ahí está -murmuró la muchacha.
– Sal de ahí.
Ante la orden, la cosa se aquietó. El cadáver de Rulfo se mecía exánime, como si yaciera junto a un tiburón al acecho. Raquel se aproximó a la bañera y, en ese momento, los coletazos se reanudaron y el agua volvió a saltar. Su ropa y su cabello quedaron empapados, pero ella no se apartó: repitió una vez más la orden, al tiempo que hacía señas a Ballesteros para que se acercara.
Ballesteros obligó a su propio cuerpo a moverse. Le aterraba la simple idea de mirar dentro de aquella bañera. Pero antes de que hubiese podido llegar a dar un solo paso, contempló algo que casi le hizo perder la razón. Una especie de tubo flexible, negro y lustroso, del grosor de los muslos de un hombre, emergió por el borde de cerámica y saltó hacia las baldosas derramando agua con cada contorsión. Al principio pensó, horrorizado, en la serpiente más grande y repugnante que había visto jamás. Pero no podía estar seguro: todo sucedía muy rápido.
– ¡Ayúdame! -gritó Raquel y se arrojó sobre aquella cosa monstruosa, sujetándola por un extremo.
Venciendo sus náuseas, Ballesteros atrapó una parte de la resbaladiza y aleteante criatura. Se agitaba entre sus manos como un martillo neumático. Tuvo que emplear toda su energía para no soltarla. Pero no era una serpiente. Parecía más bien un pez, quizá una morena, una robusta anguila negra. O no: un felino. La piel era aterciopelada y firme y tenía extremidades, con músculos y rebordes óseos.
Salieron del baño con aquella frenética carga entre los brazos.
– ¡Dentro del círculo! -gritó Raquel.
La dejaron caer al suelo y Ballesteros comprendió que se había equivocado: eran piernas lo que había creído la gruesa cola de una anaconda; manos y pies, no patas de cuadrúpedo; rostro, no el hocico de un depredador; una cabellera desordenada y negra, no el pelaje de un felino…
Cuando despertó, el médico estaba tomándole el pulso.
– ¿Cómo te encuentras?
Rulfo alzó la cabeza sin contestar, confuso, y reconoció su propio dormitorio, la puerta del baño abierta y un retrato sobre una silla con el cristal rajado. Entonces lo recordó todo. Su ropa chorreante se le había pegado a la piel. Alzó las manos. Estaban húmedas de sangre y agua, pero no advirtió ni rastro de los cortes en las muñecas. Raquel se hallaba al otro lado de la cama.
– Impidió tu muerte -dijo-. Antes de salir, cerró las heridas y te mantuvo vivo. No quiere perder su receptáculo todavía -añadió, irónica.
Él hizo, entonces, la pregunta que más le importaba. Por toda respuesta, sus amigos miraron hacia el comedor.
Con el corazón latiéndole con fuerza, se incorporó y salió de la cama tambaleándose. Ignoró el consejo de Ballesteros de permanecer en reposo un poco más. Nada ni nadie le impediría hacer lo que estaba deseando. Nada ni nadie le detendría en ese momento.
Quería verla .
Abrió la puerta del dormitorio, se asomó al comedor.
– Hola, Salomón.
Estaba sentada en el suelo en medio de un charco de agua, dentro de un círculo pintado de blanco, abrazándose las piernas, tan empapada como él, los cabellos pegados a la frente tatuándole los pómulos. Se hallaba completamente desnuda y su piel poseía una tenue tonalidad azul, como si hubiese permanecido mucho tiempo en una cámara frigorífica. Su expresión sonriente contenía cierto matiz de desprecio que Rulfo jamás le había observado antes.
Pero, sin lugar a dudas, era
ella
y, por primera vez en su vida, se sintió en el infierno al contemplarla.
Luego comprendió que aquella apariencia también era una ilusión, una imagen frangible. Las damas podían ser lobas, guepardos, serpientes o lechuzas. En realidad, no tenían una sola forma, eran cosas que la poesía había convocado, cosas que habitaban en los resquicios del lenguaje, logogrifos profundos. La número trece lo había conocido y elegido, quién sabía por qué, para anidar en su interior. Tal como le había dicho Raquel, no existía ninguna razón personal: era simple azar.
Ballesteros y Raquel entraron en el comedor y ocuparon sendas sillas alrededor. Rulfo permaneció de pie. La criatura agazapada dentro del círculo lo miraba sonriendo.
Raquel intervino sin elevar la voz.
– Te hemos hecho salir. Debes revelarnos cuándo será la próxima reunión. Y tendrás que darnos acceso al interior.
La dama no pareció oírla. Seguía mirando a Rulfo.
– ¿Decepcionado? -dijo con voz ronca.
– No. Ahora ya no. Beatriz fue una hermosa mentira. Tú eres, simplemente, una verdad repugnante. No estoy decepcionado.
– Es increíble. -Ella abrió de par en par sus grandes ojos verdes-. Aún me amas.
– Dinos cuándo os reuniréis de nuevo -repitió Raquel con firmeza.
Beatriz giró la cabeza con brusquedad, como si su diálogo con la persona que le interesaba se hubiera visto interrumpido por un interlocutor indeseable.
– Hola, Raquel. Esta apariencia de ajena te sienta muy bien.
– ¿Cuándo os reuniréis de nuevo?
– ¿Dónde está tu pequeño, Raquel?
– ¿Cuándo os reuniréis de nuevo?
– Tu hijo te envía saludos. ¿Quieres verlo?
Hubo un silencio, pero no fue perfecto: la mujer, o lo que fuese aquella cosa acurrucada dentro del círculo, producía, entre las pausas, un perceptible bordoneo de gata enferma, como si el aire resonara al atravesar su garganta. Repentinamente, Raquel se dirigió a Rulfo.
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