Sostuvo la mirada de la dama, la hermosa mirada de Beatriz clavada en un marco de espantosos huesos craneales.
– Ya he elegido.
Ella siguió sonriendo, pero ya no se trataba de una sonrisa consciente, producida por los músculos de las comisuras, sino la falsa tajada del marfil desnudo, del hueso amarillo engastado en la encía.
– Solo hay silencio detrás de mí, Rulfo -advirtió, amenazadora-. Soy el último verso. Solo hay silencio después del último verso.
– Ya lo sé. Pero yo quiero ese silencio. Vete.
– Te equivocas. Déjame demostrarte que te equivocas…
Rulfo no le permitió seguir hablando. Recitó la siguiente estrofa mirando los ojos que habían pertenecido a Beatriz Dagger:
Te amé, quizá, demasiado
Y ahora solo tu reflejo
Consuela mis negras noches.
Como si estuviera hecha de hielo derretido, la dama se angostó. La estructura ósea perdió volumen, se arrugó como papel. El cuello se hizo un asta delgada; los hombros semejaron los brazos de una cruz; las extremidades, las patas de un insecto; las articulaciones de la mandíbula se descoyuntaron y la boca se abrió como una tumba vacía. Solo los ojos, sueltos como gotas de agua al fondo de las cavernas de las órbitas, seguían incólumes. Los ojos verdes de Beatriz Dagger miraban a Rulfo sin parpadear, sumidos en el vértigo de un cuerpo que se disolvía.
– Salomón, no sabes lo que es el silencio… Cualquier cosa es preferible a eso…
– Tú, no.
– Salomón…
– Vete de mi vida.
– Salomón, no…
Rulfo ya había olvidado casi todo el poema, pero todavía recordaba la estrofa final, los últimos tres versos. Recitó dos.
Memoria rota, eso eres,
Sueño que ha de perderse.
La dama enmudeció. Su cuerpo ya no era sino jirones de formas pero sus ojos seguían brillando como esmeraldas dentro de una niebla crujiente y delgada.
Tomó aliento y recitó el verso final.
Vivir significa olvidar.
Una ráfaga de viento a su espalda abrió las ventanas y los visillos ondularon. La mirada de Beatriz osciló también en el oleaje del aire. Entonces, a través de aquellas pupilas verdes, Rulfo pudo atisbar los libros de poesía que había detrás, en las estanterías.
Un instante después
solo vio
los libros.
Tres días. Faltaban tres días. Si la dama no había mentido (y no podía haberlo hecho, afirmaba Raquel), la reunión del grupo tendría lugar el sábado a las doce de la noche. Setenta y dos horas para planear qué iban a hacer. Setenta y dos horas para vivir y prepararse para lo que les aguardaba. Ballesteros no creía estar preparado, pero ignoraba qué tenía que hacer, e incluso en qué podía consistir el hecho de «estar preparado».
Pronto descubrió que era él quien peor lo llevaba de los tres. Rulfo mostraba una tenaz y absoluta indiferencia que nadie -y menos Ballesteros- hubiese podido censurarle: pasaba el tiempo acostado o sentado, hablaba poco y escuchaba aún menos. En cuanto a la muchacha, se había encerrado en su despacho a revisar libros de poesía. Ballesteros pensaba que al menos ella había encontrado una ocupación útil. ¿Y él? ¿Qué debía hacer?
Consumido por los nervios, subió al ático del edificio, sacó la llave de su trastero y lo abrió. Halló la escopeta y los cartuchos enseguida, embalados correctamente bajo el polvo y colocados en el lugar de costumbre. Su padre había sido cazador aficionado y, cuando Julia vivía, Ballesteros solía imitarle y aprovechaba la temporada de la perdiz para capturar piezas inútiles, nostálgicas, pequeñas muertes que le traían recuerdos familiares. Luego todo eso había acabado. Pero allí estaba de nuevo aquella longilínea y metálica frialdad, y el simple hecho de tocarla, abrirla y observar los ojos vacíos de la recámara, le hizo sentirse bien, incluso excitado. Jamás había imaginado que experimentaría tales emociones ante la posibilidad de dispararle a alguien, pero dudaba de que criaturas como la que había salido de la bañera de Rulfo dos noches atrás pudieran clasificarse bajo el epígrafe de «alguien».
Bajó a su piso con la escopeta abierta y una caja de cartuchos en la mano y tropezó con Rulfo en el pasillo. Observó cómo dirigía una mirada silenciosa al arma y casi sintió la necesidad de disculparse.
– Quizá sea una tontería inútil -dijo-, pero tengo que hacer algo o me volveré loco.
– ¿Puedo hablar contigo? -preguntó Rulfo.
– Claro.
Se dirigieron al comedor y cerraron la puerta. De pronto, al sentarse frente a frente, Ballesteros se encontró ridículo sosteniendo aquella escopeta. La dejó sobre la mesa con cuidado. Rulfo había encendido un cigarrillo.
– Eugenio -dijo con calma, tras un silencio-, ya has llegado hasta aquí. Nos has ayudado mucho. Sin ti, no hubiéramos podido hacer nada. Pero creo que a partir de este punto debemos seguir solos. Este asunto nos atañe únicamente a Raquel y a mí. Hace días pensaba de otra manera. Creía que yo también estaba invitado a una fiesta que no me incumbía. Creía que Akelos había buscado mi ayuda, al igual que la tuya, por mera casualidad… Después he sabido que no es así. Yo era el receptáculo, y este problema me involucra tanto como a Raquel. Además, han matado a dos de mis mejores amigos, tras torturarlos con saña.
– ¿Dos…? -murmuró Ballesteros, que recordaba solo a Susana.
Rulfo asintió en silencio.
– Acaban de dar la noticia. El ático de César se ha incendiado. Todo el vecindario ha sido evacuado. Hay varios heridos, pero los únicos fallecidos son Susana y él. Me da igual que se tratara de una chispa caída de la chimenea o que fueran ellas directamente, lo cierto es que los han matado. No van a dejar testigos. -Hizo una pausa antes de proseguir. Inhaló el humo del cigarrillo y lo soltó en lentas volutas-. Esto no te incumbe. Tienes otras cosas que proteger. Vete de aquí. Creo que tu hija vive en Londres, ¿no…? Pues haz las maletas y vete con ella. Sé que me vas a decir que no servirá de nada, pero, al menos, inténtalo. Si te quedas, será mucho peor. Una vez le aconsejé lo mismo a César y Susana, y no me hicieron caso. No quiero repetir la experiencia.
El médico observó un instante su expresión rígida, pálida. Está vacío por dentro. No le importa morir. Lo único que le queda es preocupación por los demás.
– ¿Vamos a perder? -preguntó.
– Míralo de esta forma. Tenemos una posibilidad contra un millón. Y, aunque pudiéramos hacerle daño a una de ellas, a Saga, por ejemplo, quedarían las otras. Seremos muy afortunados si el sábado por la noche logramos escapar. Pero piensa cómo será nuestra vida a partir de entonces.
– ¿Qué ocurre? -Ballesteros sentía escalofríos, pero decidió sonreír-. ¿Se ha marchado otra vez el Salomón Rulfo apasionado y ha venido el derrotista…? Te recuerdo que hemos hecho salir a la pieza clave de la debilidad del grupo, ¿no decías eso…? Y tenemos la sorpresa de nuestra parte. Quizá nos llevemos un susto el sábado, pero ellas se llevarán dos. -Señaló la escopeta-. Uno por cada cañón.
– Hace una semana me decías que estaba loco por intentar pelear. ¿Y ahora?
– Hace una semana no había visto todo lo que he visto desde entonces. Cuando recuerdo la imagen de Julia amenazándome me enfurezco. La habitación de mi hija aún sigue llena de sangre. Y aún siento entre los dedos la repugnancia de esa cosa que sacamos de la bañera y que después hablaba y parecía una mujer. Tengo miedo, Salomón, mucho más del que he pasado en toda mi vida, incluyendo aquella vez dentro del coche, con Julia a mi lado, mirándome… Pero he descubierto que el miedo me vuelve peligroso.
– ¿Peligroso para quién?
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