– Mi padre no fue herido de bala.
– Pero tu hermano, que también se llamaba Robert MacIntosh, sí, cuando intentó escapar.
– A Bobby lo mataron cuando intentaba escapar -dijo Rowan, negando con la cabeza.
– Según estos datos, no.
Rowan empezó a temblar descontroladamente. Bobby no podía estar vivo. Era imposible. ¿Cómo? ¿Dónde había estado todo ese tiempo? Roger se lo habría contado. ¿Acaso le había mentido todos esos años?
John se le acercó pero ella se apartó de él.
Roger tenía que haberlo sabido. Tenía que haber estado enterado de que Bobby estaba vivo. Y si Bobby estaba vivo era perfectamente capaz de haber matado a esas personas. Doreen Rodríguez. La pequeña Harper, la niña de la coleta.
Michael.
Cogió el montón de fotos de la mesa y las hojeó, descartando la mayoría, sin importarle las que caían al suelo.
Bobby.
Eligió la foto más nítida de Bobby que había en el montón. Estaba esposado, y lo sujetaba un poli mientras otro abría la puerta de un coche patrulla. Bobby tenía sangre en la ropa. La sangre de Mel y Rachel. Nadie podía apuñalar a un ser humano y salir indemne.
Tenía el pelo rubio, un poco más oscuro que el de ella. Tenía los ojos fijos en ella. Arrogante. Sin remordimientos.
Tragó bilis con sólo pensar que Bobby seguía con vida. No podía ser. Eso significaba que Roger le había mentido desde que la conocía.
Aplastó la foto contra la mesa frente a Adam.
– ¿Éste es el hombre que viste? -No conseguía disimular el miedo y la rabia en su voz.
– Rowan. -John estaba junto a ella, y le puso una mano en el brazo. Ella intentó soltarse, pero él le apretó la muñeca-. Necesitamos una foto reciente. Han pasado veintitrés años,
Veintitrés años. Sí. Bobby habría cambiado, pensó Rowan. ¿Qué aspecto tendría ahora? ¿Era posible que lo hubiera visto y no lo supiera? ¿Qué no supiera que su maldito hermano estaba vivo y andaba libre por las calles?
Adam balbuceó algo, y ella se volvió hacia él.
– Adam, lo siento. Yo… oh, mierda -dijo, sin acabar, con la voz débil.
– Quizá -murmuró Adam.
Rowan sacó su móvil y marcó el número directo de Roger.
– Collins.
– ¿Por qué nunca me has contado que Bobby está vivo? -preguntó, con voz fría, impersonal, como si otra persona hablara por su boca.
Roger estuvo sin responder un rato muy largo.
– Rowan, él te amenazó. Yo estuve sentado frente a esa semilla del diablo y lo escuché decirme cómo te mataría. Cuando escapó, mató a dos guardias. Lo juzgamos por esas muertes para que tú no tuvieras que declarar. Había muchos testigos, y con dos policías muertos, no tardaron en darle cadena perpetua sin libertad condicional. No iba a salir en toda su vida, Ro. Y tú tenías unas pesadillas horribles. Gracie y yo estábamos preocupados. Si pensabas que estaba muerto, ¿te hacíamos algún daño? Nunca pensé…
– ¿Ha estado en la cárcel todo este tiempo y yo no lo sabía? ¿Cómo te has atrevido? ¿Cómo te atreves a ocultarme una información tan importante? Ya no soy una niñita miedosa. Habría sido capaz de lidiar con ello.
– Pero…
– ¿Dónde está? Ahora mismo, ¿dónde está?
– En Texas.
– Quiero verlo.
– Hablé con el director de la prisión después del primer asesinato, y…
– ¿Sospechaste de él? -Rowan sintió que todo le daba vueltas. Sintió las manos de John en sus brazos, calmándola, obligándola a sentarse. Pero no veía nada. Estaba cegada por la rabia, una rabia del color de la sangre. Se imaginó a Roger, el hombre que a menudo había deseado tener como su verdadero padre, sentado a su mesa, diciéndole que le había mentido durante veintitrés años.
– No, en realidad, no. Sólo lo comprobaba. Quería asegurarme de que no hubiera errores. Está en la cárcel de máxima seguridad, a prueba de fugas.
– Quiero verlo. Ahora.
– Rowan…
– Con o sin ti. -Era incapaz de hablar con Roger. Le lanzó el móvil a John y él lo cogió.
– ¿Collins? -dijo-. ¿Dónde está la cárcel? -Siguió una pausa-. Tomaremos el próximo vuelo -dijo, y colgó-. Rowan, si…
– John -interrumpió Tess-. Mira.
John y Rowan se giraron hacia la pantalla. Tess había encontrado la foto de Bobby cuando lo encarcelaron.
– Ésta es de hace cinco años.
Bobby había envejecido notablemente bien en la cárcel, pensó Rowan. Se le había oscurecido el pelo y llevaba un corte estilo militar. Tenía el rostro duro, la mirada fría, la tez pálida. Pero, en realidad, parecía una persona cualquiera. Una persona normal.
– Quiero irme a casa -se quejó Adam, desde su silla.
John se volvió hacia él y le ayudó a levantarse.
– Una foto más, Adam. Sólo una.
– ¿Lo prometes? -inquirió Adam, con gesto enfurruñado.
– Lo prometo.
Adam se dejó llevar hasta el ordenador de Tess. Se quedó mirando la pantalla.
– Adam, ¿es éste el hombre que viste en el puesto de flores?
Adam asintió con la cabeza.
– ¿Puedo irme a casa ahora? -preguntó, con lágrimas en los ojos.
Quinn le hizo una seña a Colleen, que permanecía en silencio en un rincón desde que había entrado con John y Adam.
– Adam, Colleen te llevará a casa.
Rowan miraba la foto en la pantalla. ¿Era Bobby el responsable de todo eso? ¿Cómo era posible? Si se estaba pudriendo en la celda de una cárcel, ¿cómo podría haberlo visto Adam en Malibú?
– Gracias, Adam -dijo, intentando expresar su agradecimiento. Adam salió sin mirarla.
– Voy a mandar un boletín de busca y captura sobre Robert MacIntosh -dijo Quinn-. Buen trabajo, Tess. Si alguna vez quieres trabajar en el gobierno, llámame.
– Tenemos que irnos -dijo Rowan-. Tengo que verlo entre rejas. ¿Qué pasará si no está allí? ¿Y si se ha fugado? -Pero aquello era imposible. Habrían informado a Roger. Todo el país habría estado alerta buscando a un asesino fugado de la cárcel.
Nada tenía sentido.
John se mostró de acuerdo.
– Quinn, ¿cuánto tardaremos en llegar?
– En el primer vuelo disponible. Vosotros, id a Burbank, y yo bajaré a quien sea del avión si es necesario.
– Gracias -dijo John, y miró a Rowan-. ¿Estás preparada?
Ella asintió con la cabeza. Preparada o no, tenía que enfrentarse a Bobby.
Rowan no habló durante el trayecto al aeropuerto. John estaba agradecido con Peterson por haber removido cielo y tierra para encontrarles plaza en un avión que salía en menos de una hora y por haberse saltado los controles de seguridad.
El propio Peterson viajaba cerca de la cabina, ocupando la plaza de policía de aquel vuelo, ya que en ausencia de un guardia de seguridad aérea, en su condición de agente federal él cumplía esa función. John y Rowan viajaban en la parte de atrás.
John le dio a Rowan todo el espacio que necesitaba. Sufría por ella. ¿Por qué la había arrastrado a aquello? Él podría haber interrogado solo a Adam. Albergaba la peregrina idea de que la revisión de los informes despertaría en ella recuerdos reprimidos y la impulsaría a recordar alguna cosa.
Y luego recordó que Rowan había querido venir. Necesitaba venir.
Jamás habría imaginado que Bobby MacIntosh estaba vivo. Pero ahora no tenía ninguna duda de que la persona encerrada en aquella celda de la prisión de Texas con el nombre de «Robert MacIntosh Junior» no era el hermano de Rowan.
Cuando la miró, supo que ella sospechaba lo mismo.
El avión despegó casi al instante después de que embarcaron. Rowan aún no había dicho palabra y John empezaba a ponerse nervioso. Tras lanzar una mirada de reojo al ejecutivo que viajaba en la fila de al lado, John se inclinó hacia Rowan y le habló suavemente al oído.
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