Simon Scarrow - Las Garras Del Águila

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Tras la sangrienta conquista de Camuloduno, durante el crudo invierno del año 44 d.C. el ejérctio romano se prepara para extender la invasión de Britania con un contingente de 20.000 legionarios armados hasta los dientes. El general Aulo Plautio confía en que la llegada de la primavera facilite la campaña, pero, inesperadamente, su familia es raptada por los druidas de la Luna Oscura.

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La construcción estaba alcanzando la posición vertical y todo el mundo vio claramente lo que era: un inmenso hombre de mimbre, de burda forma pero inconfundible, negro en contraste con el naranja de la puesta de sol excepto allí donde lo atravesaban unos haces de luz mortecina.

El legado se volvió hacia Boadicea y le habló en voz baja.

– Pregúntale a tu hombre cuándo cree que van a prenderle fuego a esa cosa.

– Mañana por la noche -tradujo ella-. Durante la fiesta de la Primera Floración. Será entonces cuando la esposa y el hijo de tu general morirán.

Cato se fue arrimando al legado.

– Ya no creo que importe el mensaje del general, señor.

– No… Atacaremos a primera hora de la mañana. Cato sabía muy bien que todo ataque debía de ir precedido por una prolongada descarga de proyectiles contra las defensas. Sólo entonces los legionarios podrían tratar de abrir una brecha. ¿Y si los defensores demostraban la suficiente determinación como para hacer retroceder a los Romanos?

A Cato se le ocurrió una idea desesperada; los pensamientos se agolparon en su cabeza mientras trazaba rápidamente un peligroso plan, lleno de terribles riesgos, pero que acaso les proporcionara una última oportunidad de salvar a Pomponia y a Elio de las llamas del hombre de mimbre.

– Señor, puede que aún haya una manera de rescatarlos -dijo Cato en voz baja-. Si es que puede cederme a veinte buenos soldados y a Prasutago.

CAPÍTULO XXXIV

Mucho antes del alba, el terreno ante la puerta principal del poblado fortificado se llenó con los sonidos de la actividad que allí tenía lugar: el rítmico golpear de los macizos pisones que compactaban la tierra y nivelaban el suelo para formar las plataformas de las máquinas de proyectiles, el incesante avance de las ruedas al acercarse los carros de maquinaria para descargar las ballestas y las catapultas. Los soldados hacían grandes esfuerzos y resoplaban al colocar los pesados mecanismos de madera en sus cureñas. La munición se descargó y se amontonó junto a las armas; luego los servidores empezaron una sistemática comprobación de las cuerdas tensoras y los trinquetes y engrasaron cuidadosamente los mecanismos de suelta.

Los Durotriges se habían alineado en las paredes de las defensas de la puerta y se esforzaban para ver lo que ocurría más abajo en la oscuridad. Probaron a lanzar flechas en llamas que describían unos relucientes y altos arcos hacia las líneas Romanas con la esperanza de llegar a ver la naturaleza de los preparativos Romanos. Pero dado el escaso alcance de sus arcos ni una sola de las flechas llegó más allá del terraplén exterior y se quedaron sin saber los planes del enemigo. La avanzadilla Romana se había abierto camino al amparo de la oscuridad y entabló unos breves y feroces combates con las patrullas Durotriges situadas en las proximidades de la puerta principal, por lo que finalmente los nativos se cansaron de tratar de atravesar la barrera enemiga y volvieron a retirarse todos al interior de la empalizada para aguardar a que amaneciera.

Con el primer atisbo de luz en el cielo, Vespasiano dio la orden para que la primera cohorte se situara en su punto de partida y se preparara para avanzar. Los acompañaban pequeños grupos de ingenieros que llevaban escaleras y un ariete. En una de las centurias se distribuyeron arcos compuestos para que proporcionaran apoyo a la cohorte cuando estuviera lista para forzar la puerta principal. Todos ellos estaban preparados, unas borrosas filas de hombres silenciosos bien protegidos con las corazas, las armas afiladas y los corazones llenos de las habituales tensiones y dudas sobre un asalto tan peligroso como aquél. Una batalla campal no era nada comparado con aquello, y hasta el recluta más novato lo sabía.

Desde el momento en que las ballestas dejaran de disparar contra la empalizada, la primera cohorte se vería sumida en una lluvia de flechas, proyectiles de honda y rocas. Debido a las vueltas y giros de las rampas de acercamiento, uno o dos de sus flancos quedarían expuestos a los disparos del enemigo antes de que pudieran alcanzar siquiera la entrada principal. Luego tendrían que soportar más de lo mismo mientras trataban de abrir una brecha en la puerta. Sólo entonces podrían enfrentarse al adversario. Era natural que los soldados que habían aguantado semejante maltrato quisieran infligir un sangriento castigo a los Durotriges en cuanto éstos se hallaran frente a sus espadas. Por consiguiente, Vespasiano había dado instrucciones uno por uno a todos los oficiales de la cohorte para que buscaran a Cato y a su grupo y para que intentaran por todos los medios hacer prisioneros. Les dijo que le hacían falta esclavos vivos si algún día podía permitirse renovar su casa en el monte Quirinal, en Roma. Ellos se habían reído, tal como él sabía que harían, y Vespasiano esperó que eso bastara para evitar que Cato y sus hombres cayeran asesinados en medio del caos cuando los legionarios finalmente irrumpieran en la planicie.

– Todo listo, señor -informó el tribuno Plinio. -Muy bien. -Vespasiano saludó y miró por encima del hombro.

Al este el horizonte se iba iluminando de forma cada vez más perceptible. Se volvió de nuevo y contempló la imponente inmensidad del poblado fortificado. El hombre de mimbre se alzaba por encima de la empalizada y poco a poco las retorcidas cañas y ramas de color caoba se fueron haciendo visibles a medida que la mañana tomaba fuerza y desvanecía los tonos monocromos de la noche. Los soldados que servían en la plataforma de proyectiles permanecían inmóviles, observando al legado, esperando la orden de empezar a disparar. Vespasiano había logrado obtener más de un centenar de ballestas en perfecto estado y todas ellas se encontraban entonces preparadas para echar hacia atrás las palancas de torsión. Las flechas con punta de hierro ya estaban colocadas en los canales y sus cabezas de oscuro reborde apuntaban a las defensas situadas en torno a la puerta principal. Los primeros rayos de sol cayeron sobre los relucientes cascos de bronce de los Durotriges alineados en la empalizada, observados por los legionarios desde la fresca penumbra que reinaba más abajo. La luz fue descendiendo paulatinamente por las pendientes de los terraplenes.

Vespasiano le hizo una señal con la cabeza a Plinio.

– ¡Ballestas! -rugió Plinio haciendo bocina con las manos--. ¡Preparadas!

El aire del alba se inundó con el sonido del traqueteo de las palancas y el esfuerzo de los soldados mientras los brazos tensores acerrojaban las armas y las cuerdas bloqueaban los proyectiles. En cuanto hubo terminado el último grupo de servidores de ballesta, el sonido cesó y una peculiar quietud dominó la escena.

– ¡Disparad! -gritó Plinio. Los capitanes de las ballestas empujaron los disparadores y a Vespasiano le retumbaron los oídos con el fuerte chasquido de los brazos tensores al volver a soltarse. Un fino velo de oscuras líneas se dirigió, rápido como un rayo, hacia la empalizada. Como siempre sucedía, hubo unas cuantas que no alcanzaron el objetivo y se clavaron en las pendientes. Otras pasaron de largo y desaparecieron por encima de la empalizada, donde aún podían suponer un peligro. Los soldados que servían las ballestas tendrían en cuenta la caída de sus proyectiles y ajustarían la elevación en consecuencia. Sin embargo, la inmensa mayoría alcanzó el objetivo en la primera carga. Vespasiano ya había sido testigo en algunas ocasiones anteriores del impacto de semejante descarga, pero aun así se maravilló de la destrucción que causó aquélla. Las pesadas saetas de punta de hierro astillaron troncos enteros de la empalizada, cuyos fragmentos saltaron por los aires. La barrera pronto tuvo el aspecto de una boca llena de dientes cariados.

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