Leo Perutz - El Marques De Bolibar

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En el invierno de 1812, en plena guerra de los españoles contra el invasor napoleónico, dos regimientos alemanes que combaten al lado de los franceses son aniquilados en extrañas circunstancias, aparentemente por uno de sus propios miembros. Sólo el lugarteniente von Jochberg sobrevive a la masacre y en sus memorias trata de esclarecer el misterioso suceso.
Una espléndida novela fantástica, en la que se entremezclan el amor, la guerra y los celos, escrita con el inimitable e inquietante estilo de Leo Perutz, que narra la historia de dos regimientos alemanes que, empujados por el espectro del Marqués de Bolívar, precipitan su propia perdición.

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Profirió un leve grito de sorpresa y sobresalto.

– ¿Y el coronel?

– No volverá usted a verlo.

Se puso en pie y el bote empezó a tambalearse fuertemente.

– ¡Usted me ha engañado! -exclamó asustada, y sentí en la cara el roce de su aliento.

– Tenía que hacerlo. Habrá de resignarse usted. La tengo por una persona sensata.

– ¡Lléveme de vuelta o pediré socorro!

– Puede pedir socorro si quiere, pero no le servirá de nada. Los centinelas ya no la dejarán entrar en la ciudad.

Con actitud desesperada, empezó a suplicar, a amenazar y a quejarse, pero yo me mantuve firme. Se me había metido en la cabeza la idea de que llevándome a la Monjita estaba alejando de la ciudad en mi bote la desgracia del regimiento. Por ella habíamos dado la primera y la segunda señal del regimiento. Suya era la culpa de que hubiéramos reñido con Günther, el cual se hallaba ahora muerto o moribundo en la habitación de Eglofstein. Y si el coronel la volvía a ver, descubriría nuestro secreto, para su ruina y la de todos nosotros.

Dejó de suplicar y quejarse, viendo que era en vano. La oí rezar en voz baja. Rogaba a Dios con palabras apasionadas, y los sollozos se entremezclaban en su oración.

Luego enmudeció y no volví a oír palabra alguna, sólo un leve suspiro y un largo gemido sin fin.

Entretanto habíamos alcanzado el segundo recodo del río. En ambas orillas ardían altos montones de ramas secas, que hacían brillar en encendidos colores toda la superficie del río. A lo largo de las orillas se deslizaban sombras. Luego una voz me llamó, se oyó un disparo y una bala fue a caer al agua muy cerca de mi bote.

Solté los remos, encendí apresuradamente el farol que se hallaba a mis pies sobre el fondo del bote y lo agité con la mano izquierda, mientras con la derecha hacía ondear mi pañuelo blanco. La corriente llevó el bote hasta la orilla. De todos lados acudían los guerrilleros con linternas, faroles, teas y hachones. Había ya más de cien esperándome en la orilla, y entre ellos distinguí, para mi satisfacción, el capote escarlata y el penacho blanco de un oficial inglés de los fusileros de Northumberland.

Salté a la orilla con el pañuelo blanco en la mano, me dirigí, sin hacer caso a los demás, a aquel oficial, y le expliqué, mientras una docena de arcabuces me apuntaban a la cabeza, el motivo de mi presencia allí.

Me escuchó en silencio y luego se fue hacia donde estaba la Monjita, sin duda para ayudarla a descender del bote. Quise ir tras él, pero en el mismo instante sentí que me cogían por el hombro. Di media vuelta y me encontré cara a cara con el Tonel.

Lo reconocí enseguida. Estaba apoyado en su bastón y tenía las gruesas piernas envueltas en paños. En la faja roja llevaba metidos navajas, cartuchos, pistolas, unas cabezas de ajo y un trozo de pan. Y colgada al cuello tenía una ristra de pequeños trozos de galleta ensartados en un cordel, como si fuera un rosario.

– Ante todo es usted mi prisionero -rezongó-. Lo demás ya lo arreglaremos.

– He venido como parlamentario -protesté.

El Tonel rió divertido para sí mismo.

– Patrañas -afirmó-. A mí no me venga usted con cuentos. Haga el favor de entregar su sable.

Vacilé, calculando la distancia que mediaba entre mi bote y yo. Pero antes de que tomara una decisión, el oficial inglés se dirigió a mí y me dijo lentamente:

– Su comandante me envía extraños presentes. Esta joven está muerta.

– ¿Muerta? -grité, y de un salto me acerqué al bote; pero el Tonel se me anticipó, se inclinó sobre la Monjita y le iluminó la cara.

– Es cierto. Está muerta -graznó-. ¿Qué quiere que hagamos con ella? ¿La ha traído aquí para que recemos por ella un miserere, un oficio de difuntos, un de profundis, un requiescat, un santo rosario?

Yo guardé silencio, pero él lanzó de repente una salvaje exclamación de asombro, que sonó como el furioso bufido de un gato.

Se puso en pie y me miró un buen rato con ojos escudriñadores. Luego, con un tono de voz por completo diferente, dijo:

– Ah, ¿era esto? ¿Una nueva vaina para mi cuchillo viejo? Pues bien, ponga atención.

Se sacó una pistola de la faja. Creyendo que la apuntaría contra mí, eché mano al sable. Pero lo que hizo fue disparar dos veces seguidas al aire mientras lanzaba un estridente silbido.

Yo conocía aquella señal de los guerrilleros. Era el toque de rebato.

La rechoncha figura del Tonel seguía ocultándome el bote y la Monjita. Pero de pronto vi algo en su mano derecha. En su mano derecha vi el cuchillo, el puñal del marqués de Bolibar, la Virgen con Cristo muerto sobre las rodillas: la tercera señal.

El suelo se tambaleó bajo mis pies. Los hombres, las antorchas, los árboles que había a mi alrededor empezaron a girar lentamente y a balancearse en torno a mí. Y lo único que percibían mis ojos era el cuchillo y una gota de sangre que pendía de su filo, una gota de la sangre de la Monjita; mis ojos la siguieron mientras se deslizaba lenta, inevitable e inexorablemente por la hoja, como un mandato horrible que ha de cumplirse. Y de repente tuve a la Monjita ante mis ojos tal como la había visto por primera vez; «ven aquí, ojos de fuego», sentí resonar en mi cabeza… Allá estaba, junto al sillón, al resplandor de la chimenea… Y un dolor sin límites, y la angustia y la desesperación por su muerte me abatieron. Pero en mi interior oí alzarse una voz, no la mía, sino la de un extraño, sonora, indignada y vehemente: «¡La tercera señal! ¡Y la has dado tú!»

– Comunique usted a quien lo ha enviado… -oí desde lejos, y surgiendo de mis tinieblas vi que me hallaba solo en la orilla, junto al Tonel y al capitán inglés-. Comunique usted a quien lo ha enviado -dijo el Tonel- que dentro de un cuarto de hora… Pero ¡por los clavos de Cristo! ¿Sois vos o no sois vos?, Esta vez, en verdad, no me fío de mis ojos.

Retrocedió un paso, levantó su farol a la altura de mi cara y empezó a reír.

– Tengo la sensación de haber visto no hace mucho a este caballero, pero aquella vez el caballero llevaba zapatos de cordobán y medias de seda. ¿Qué le parece a usted, capitán?

El oficial inglés sonrió.

– Me alegro de haberos reconocido esta vez pese a vuestro disfraz, señor marqués. Como ya tuve una vez el honor de aseguraros: vuestro rostro no es de los que se olvidan con facilidad.

– El señor marqués ha cumplido bien su misión -gruñó satisfecho el Tonel-. Si en la ciudad ha estallado la revuelta, ya podemos darla por nuestra. Atacaremos dentro de una hora.

Y al escuchar aquellas palabras, a mí, al teniente Jochberg de los granaderos de Hessen, me pasó algo extraño: tuve la impresión de que yo era realmente aquel español, el marqués de Bolibar, y durante unos instantes sentí su orgullo y saboreé su triunfo por haber dado la tercera señal y haber completado así la obra.

Luego, aquella locura de un segundo desapareció, volví en mí, fui de nuevo yo. Angustiado y desesperado, me sentía traspasado por el terror: tenía que regresar inmediatamente, tenía que avisar, dar la alarma…

Salté al bote.

– ¿A dónde vais? -exclamó a mis espaldas el capitán inglés-. ¡Quedaos aquí, vuestra misión ha terminado…!

– ¡Todavía no! -grité, mientras mi bote empezaba a deslizarse río abajo impulsado por la corriente.

El desastre

De las horas del desastre, de la lucha última, terrible e inútil de los regimientos de Nassau y Príncipe Heredero guarda mi memoria escaso rastro, y doy por ello gracias al cielo. Los sucesos de la última noche se han concentrado en mi recuerdo en un sombrío y confuso cuadro de fuego, sangre, tumulto, torbellinos de nieve y nubes de pólvora. Al capitán Eglofstein no volví a verlo, y a Brockendorf sólo una vez más, en sueños. Fue muchos años después, en Alemania; una noche lluviosa me desperté bruscamente, sobresaltado: había visto a Brockendorf, lo había visto claramente en sueños salir de una casa en llamas perseguido por cuatro españoles. No llevaba ni guerrera ni camisa, y vi los negros mechones de pelo de su robusto pecho. Llevaba arrollado en una mano su capote, con el que paraba los golpes, mientras manejaba el sable con la otra. Daba tres o cuatro golpes a su alrededor, y luego dejaba caer el sable y se desplomaba al suelo. Un hombrecillo gordo y barbudo, que llevaba una linterna, se inclinaba sobre él y le arrebataba el capote.

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