Leo Perutz - El Marques De Bolibar

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En el invierno de 1812, en plena guerra de los españoles contra el invasor napoleónico, dos regimientos alemanes que combaten al lado de los franceses son aniquilados en extrañas circunstancias, aparentemente por uno de sus propios miembros. Sólo el lugarteniente von Jochberg sobrevive a la masacre y en sus memorias trata de esclarecer el misterioso suceso.
Una espléndida novela fantástica, en la que se entremezclan el amor, la guerra y los celos, escrita con el inimitable e inquietante estilo de Leo Perutz, que narra la historia de dos regimientos alemanes que, empujados por el espectro del Marqués de Bolívar, precipitan su propia perdición.

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– Tiene que desaparecer, ¿lo entiendes ya? Si la vuelve a ver se enterará de la verdad.

– ¿Y adonde nos la llevamos?

– Eso es cosa vuestra. Fuera de la casa. Fuera de la ciudad. No me queda más tiempo.

Salió. Durante un minuto hubo silencio. Luego oí el centuplicado chacoloteo de los cascos alejándose en dirección a la plaza del mercado.

La última señal

Encontramos a la Monjita en las escaleras; estaba apoyada en el pasamanos, sin moverse, y mirando al vacío. Cuando nos acercamos se sobresaltó. Tenía los ojos bañados en lágrimas.

Por su rostro atormentado adivinamos enseguida que se había cruzado con el coronel en el momento en que éste salía de la casa. Quizá fueran unas palabras llenas de sarcasmo lo que la había sumido en semejante desconsuelo, o una mirada hostil, o un gesto despreciativo con el que él la hubiera apartado de su camino, o quizá simplemente la expresión de su rostro. Estaba desconcertada y desolada, y no era capaz de explicarse el cambio que había sufrido su amante.

Donop se le acercó y le explicó que tenía que salir de la casa y que tenía orden de llevarla a un lugar donde estaría más segura, pues se temía con fundamento un nuevo bombardeo de la ciudad a la noche siguiente.

La Monjita no oyó ni una sola palabra de todo lo que le decía.

– ¿Qué ha pasado? -exclamó-. Estaba furioso, nunca lo había visto así. ¿A dónde se ha ido y cuándo volverá?

Donop trató de persuadirla de que confiara en él y viniera con nosotros, pues quedarse en aquella casa sería absurdo y peligroso.

La Monjita se lo quedó mirando sin entenderlo.

Su desconsuelo se transformó de repente en ira.

– Seguro que le ha contado usted al coronel que ha visto al hijo del sastre en casa de mi padre. Ha sido usted o alguno de sus amigos. Se ha portado usted mal, caballero, pues ahora el coronel piensa de mí lo peor.

La miramos asombrados, pues no sabíamos nada de aquel hijo del sastre. Pero ella siguió:

– Es verdad que tuve un novio, y el coronel lo sabía, pero me deshice de él ya hace más de medio año. Si me lo encontré ayer en el taller de mi padre, no fue por culpa mía. El se había ofrecido para posar como José de Arimatea por un real y medio, pero en realidad lo hizo solamente para verme. Esta mañana, cuando he salido a la ventana, lo he visto en la calle, delante de casa, y me ha hecho señas, pero yo no le he prestado atención. Eso es todo, ¿qué hay de malo en ello? Llévenme junto al coronel, y yo le convenceré de que no he hecho nada malo.

– El coronel está en las avanzadas -dijo Donop sonrojándose-. Y estará fuera toda la noche y quizá también el día de mañana.

– ¡Llévenme junto a él! -suplicó la Monjita -. Díganme cómo puedo llegar a donde está y Dios se lo pagará con mil bendiciones.

Donop me lanzó una mirada; ambos nos avergonzábamos, el uno ante el otro, de la inicua tarea que nos había caído en suerte, y que nos obligaba a mentir y a reafirmar a la Monjita en su error. Pero teníamos que actuar así, no podíamos hacer otra cosa, no teníamos elección. No podíamos permitir que el coronel volviese a ver a la Monjita.

– Está bien -dijo Donop-. Se hará como usted desea. Pero tenga en cuenta que el camino es largo y nos conducirá a la proximidad del enemigo.

– ¡Iré a donde usted quiera! -exclamó la Monjita ilusionada-. Hasta el fondo del río, si hace falta.

Pero de repente pareció despertarse en ella la desconfianza; debió de recordar en aquel instante cómo la habíamos apremiado el día antes para que pasase la noche con nosotros. Nos echó una mirada larga y escrutadora, primero a mí y luego a Donop, temiendo tal vez que aún no hubiéramos desistido de nuestras intenciones.

– Espérenme aquí -dijo entonces-. Voy arriba a coger de entre mis cosas lo que necesito para la noche. Estaré aquí enseguida.

Al cabo de un rato regresó con un atadillo en las manos. Yo se lo cogí para llevárselo. Me lo entregó tras una cierta vacilación.

Era liviano, casi no sentía su peso. Lo sostenía entre mis manos sin saber que llevaba dentro el desastre, la fatalidad inevitable, la ruina del regimiento, la última señal.

Acordé con Donop que sería yo el encargado de llevar a la Monjita a través de nuestras líneas hasta la vanguardia del enemigo. En todas las bandas de la guerrilla había oficiales ingleses del estado mayor de Wellington y Rowland Hill que servían a los caudillos como consejeros en todas las cuestiones de estrategia. Bajo la enseña de parlamentario, exigiría hablar con alguno de ellos, y confiaría a su custodia a la Monjita, como persona de alta condición para la cual el comandante de la ciudad asediada suplicaba la protección del enemigo.

Tomé la decisión de subir remando en un bote río arriba, pues, según lo que había visto aquella mañana durante mi servicio de escolta, aquel camino me parecía el más seguro. Además, si se daba el caso de que los guerrilleros se negaran a respetar la bandera de parlamentario, me quedaba al menos la esperanza de ponerme fuera del alcance del fuego enemigo aprovechando la fuerza de la corriente y el amparo de los arbustos de la orilla.

Subimos al bote cerca de la muralla, en aquella parte de la orilla donde en otros tiempos solía haber tantas lavanderas. Tomé los remos y la Monjita, con su atadillo, se sentó a mi espalda sobre el fondo del bote.

Oí disparos por la zona de la plaza del mercado. Era mala señal. Se había entablado la lucha contra los revoltosos, y debía de estar resultando difícil controlarlos, pues de otro modo el coronel no habría dado la orden de disparar. Empezaba a oscurecer y Donop se despidió de mí con un apretón de manos. En su rostro se leían la duda y la preocupación, así como el temor de que no volveríamos a vernos, pues mi empresa estaba llena de peligros, y su desenlace era muy incierto.

Un viento húmedo me golpeó la cara mientras hundía despacio y silenciosamente los remos y a mi alrededor se alzaba en el aire el olor del agua. El río arrastraba grandes pedazos de hielo que chocaban contra el casco del bote, y también arbustos desarraigados y manojos de juncos. A veces tenía que bajar la cabeza para evitar chocar contra los sauces de la orilla, que extendían sus ramas desnudas mucho más allá de la ribera. A lo lejos el curso del río se confundía con los oscuros contornos de los arbustos en una gran sombra nocturna.

Al llegar al primer recodo del río, nuestro centinela me dio el alto. Arrimé el bote a la orilla y lo detuve. Apareció el teniente primero von Froben, que me reconoció y me preguntó lleno de asombro por el fin y el rumbo de mi viaje. Le dije lo que me pareció conveniente.

Supe por él que nuestras líneas estaban escasamente protegidas, ya que la mayor parte de la tropa se había dirigido a la ciudad, pues la revuelta había adquirido un carácter peligroso y el coronel se hallaba cercado por la masa de revoltosos en el centro de la ciudad.

– Ojalá los guerrilleros nos dejen en paz esta noche -añadió von Froben en tono preocupado, mirando a través de la oscuridad hacia el valle, donde estaban acampados los hombres del Tonel.

La Monjita no entendió nada de aquel diálogo; sólo a la mención del coronel levantó los ojos y me miró inquisitiva.

Seguí remando.

– ¿Llegaremos pronto? -preguntó.

– Sí -fue mi respuesta.

Se intranquilizaba por momentos.

– Allá enfrente veo las hogueras de los serranos -dijo. (Los españoles de las ciudades llaman serranos a los guerrilleros.) -¿A dónde me lleva?

Creí llegado el momento de decirle la verdad.

– La he traído hasta aquí, Monjita, para ponerla bajo la protección de un oficial enemigo.

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