– Pues he estado en casa del señor Gilbert Bishop, de allí vengo. La señora Bishop me ha estado atormentando los oídos por espacio de media hora. Y no me preguntes el porqué, miserable.
El porqué lo sabes muy bien.
En esta casa hay una norma que te comuniqué el primer día que entraste a trabajar y es la de que no gastamos bromas con los clientes.
No mezclamos el trabajo con la diversión. Nunca.
Por consiguiente, ¿qué te ha pasado por la cabeza, Romeo? ¡Molestar a una dama como la señora Bishop! ¿Qué demonios piensas que podría querer ella de alguien como tú? Me lo ha revelado todo.
Que has intentado seducirla y tratarla como una cualquiera dispuesta a engañar a su marido, y por si fuera poco con un mono grasiento.
Y después molestarla con esas llamadas telefónicas -me ha dicho que tres veces-persiguiéndola sin dejarla en paz…
– Ha sido ella, no yo -le interrumpió Shively muy ofendido-. Yo no hice nada malo.
No me propasé en ningún momento. Fue ella.
No hacía otra cosa más que insinuárseme para que la invitara a un trago.
Por lo general, no suelo hacer caso de estas cosas. Conozco las normas, Jack. Pero pensé en usted, por eso lo hice.
Si no la complacía, era posible que se enojara y consiguiera que el viejo se fuera a otro sitio.
Pensaba en usted, Jack, nada más.
– Eres el mayor cuentista que me he echado a la cara, Shiv -dijo Nave meneando la cabeza-.
Ahora resulta que lo has hecho por mí, por mi maldita estación de servicio.
Le pediste una cita por bondad, la perseguiste con una llamada, dos llamadas, tres llamadas por bondad.
Vamos, Shiv, no me vengas con historias.
– Le juro que no…
Un claxon estaba sonando junto a las bombas.
Nave se volvió, vio a un conductor que le estaba haciendo señas y le gritó que iba en seguida.
– Escúchame, zoquete, y escúchame bien -le dijo a Shively-.
La señora Bishop nos ha hecho una advertencia. Ha tenido la amabilidad de decirnos que por esta vez no le dirá nada a su marido.
Pero como vuelvas a acosarla, ya sea aquí o por teléfono, se lo dirá a su marido. Y entonces será el final porque éste se irá con su coche a otra estación.
¿Sabes lo que significa para mí? Es uno de nuestros mejores clientes. Y, además, me envía a sus amigos ricos.
No puedo permitirme el lujo de perder a un cliente como éste. Perdería a diez holgazanes como tú antes que perder a un cliente como Bishop.
Si fuera sensato, lo que haría es despedirte inmediatamente. Pero llevas conmigo bastante tiempo y has cumplido con tu deber y te lo tengo en cuenta.
No quisiera hacer nada desagradable. Pero, escúchame, Shiv, te lo advierto, te someteré a prueba a partir de hoy de la misma manera que la señora Bishop me ha sometido a prueba a mí.
Un paso en falso con ella o con cualquier otra clienta y te pongo de patitas en la calle. A partir de este momento, será mejor que mantengas la boca y la bragueta cerradas y te dediques al trabajo y a nada más. Será mejor que no lo olvides.
Después Nave se encaminó hacia las bombas de llenado y Shively se quedó pensando enfurecido en el rapapolvo de su jefe y en la suma de injusticias de que estaba siendo objeto.
Lo que más enojaba a Shively era el hecho de haber tenido intención de pedirle a Nave el aumento que se merecía hacía tanto tiempo.
Había tenido la intención de amenazar a Nave con marcharse si éste no le cambiaba el salario fijo por un porcentaje sobre los gastos de mano de obra de cada vehículo.
Ahora la amenaza carecía de sentido y no podía ejercer presión.
En lugar de encontrarse en una situación en la que pudiera solicitar un aumento, le habían castigado a una situación en la que podía ser despedido de la noche a la mañana.
Y todo por culpa de aquella remilgada que le quería pero no deseaba reconocerlo porque le consideraba inferior.
Como si su marido, que probablemente hacía diez años que no se acostaba con ella, fuera mejor que él por tener un millón de dólares o tal vez más gracias a haber engañado al público y al gobierno.
Shively recordó haber leído que en uno de los últimos años había habido 112 personas con unos ingresos de más de 200 mil dólares que no habían pagado ni un solo céntimo en concepto de impuesto sobre la renta.
El ricacho de Bishop debía de ser probablemente uno de esos tíos.
Maldita sea.
Shively regresó al automóvil para terminar el trabajo en seguida y poder largarse cuanto antes.
Ya estaba harto de Nave y de su estación de servicio y de sus cochinos clientes.
Lo que ahora le apetecía era un buen trago largo, cuanto más largo y más fuerte, mejor.
Media hora más tarde, compuesto por fuera pero no por dentro, Shively entró en el All-American Bowling Emporium y se encaminó hacia el Bar de la Linterna, comprobando que la barra aún no se había llenado.
Se encaramó a un taburete y saludó al barman.
– ¿Qué va a ser, señor Shively? -le preguntó Ein-. ¿Lo de siempre?
– No. Esta noche no me vale una cerveza. Ponme un tequila doble. Con hielo.
– ¿Mal día?
– Sí, un día pésimo.
Mientras esperaba a que le sirvieran, Shively miró a su alrededor. Por lo general siempre había algún conocido. Pero en aquellos momentos, a pesar de que era la hora de cenar, no reconocía a nadie.
Sus ojos se desplazaron hacia el reservado del fondo en el que había estado charlando con aquel chiflado y aquel par de imbéciles.
El reservado estaba vacío. No había nadie, ni siquiera aquel mochales con su manía de conocer a Sharon Fields.
Ein le estaba colocando delante un vaso de tequila y una servilleta.
– ¿Pero a dónde se ha ido todo el mundo esta noche? preguntó Shively.
– Es que todavía es un poco temprano. ¿Está pensando en alguna persona en particular?
– No sé. ¿Y aquel tipo con quien charlamos anoche, ese muchacho que afirma ser escritor?
– Ah, ¿se refiere usted al señor Malone?
– Creo que sí. Sí, Adam Malone. ¿De veras es escritor o es que me tomó el pelo?
– Pues, sí, creo que se podría catalogar como escritor. No le conozco muy bien. Sólo ha venido unas pocas veces. Una vez, me mostró algo que había publicado. Era en una especie de revista muy seria. No sé si debieron pagarle mucho, si es que le pagaron. Porque era una revista que en mi vida había visto en los kioskos. Pero supongo que es escritor.
– Sí.
– En realidad, estuvo aquí hace cosa de una hora. Se tomó un vaso de vino blanco y se sentó a anotar no sé qué. Dijo que no disponía de mucho tiempo.
Que tenía que terminar un trabajo y que después bajaría al paseo Hollywood para ver a Sharon Fields.
Dicen que acudirá personalmente al estreno de su última película.
– Ein se acercó un dedo a la sien-.
Ahora que recuerdo. Antes de marcharse, el señor Malone dijo que si alguien venía y preguntaba por él, que dijera que regresaría más tarde.
Casi lo había olvidado.
Supongo que el recado era para usted o cualquier otra persona que preguntara por él.
Si desea ver antes al señor Malone, tal vez le encuentre en el estreno.
Y, además, así tendrá ocasión de ver a Sharon Fields en persona. Menuda preciosidad es esa chica.
– No tengo intención alguna de ver al señor Malone ni antes ni después -dijo Shively-.
En cuanto a Sharon Fields…
– Perdone, señor Shively, me parece que tengo a un cliente sediento al fondo.
Shively asintió, tomó el vaso de tequila y casi ingirió la mitad del zumo de mezcal de un solo trago.
Notó inmediatamente el calor del alcohol y esperó a que éste le bajara por el pecho y por el estómago y se le enroscara por la bragadura.
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