¿Está de acuerdo conmigo, señor?
– ¿Que si estoy de acuerdo? -repitió Yost-.
Pues, mire, cambiaría a mi señora y a mis dos niños y a todos mis clientes por una sola vez con alguien como esta Sharon Fields.
Una larga noche con ella y después ya nada me importaría. Moriría dichoso.
Inesperadamente, el de las pompas fúnebres o lo que fuera se inclinó sobre la barra mirando a los dos hombres.
Subiéndose las gafas, Leo Brunner empezó a hablar.
– Sí, me muestro inclinado a estar de acuerdo con ustedes.
Una aventura con la señorita Fields tal como usted la ha descrito merecería cualquier cosa.
Pero las personas como nosotros… -sacudió tristemente la cabeza-no tenemos la oportunidad de ver cumplido este sueño.
– Pues claro que la tenemos -dijo una firme voz a su espalda.
Sorprendido, Shively miró por encima del hombro y tanto Brunner como Yost se volvieron para ver quién había hablado.
El interlocutor era un joven de unos veintitantos años, pensó, Shively, sentado junto a una mesa de allí cerca, un muchacho bastante bien parecido, de cabello castaño oscuro mandíbula cuadrada, vestido con una gastada chaqueta gris de pana, un ancho cinturón de cuero y unos ajustados pantalones de punto.
Les sonrió, se guardó en el bolsillo una especie de bloc y se levantó.
– Hola -dijo adelantándose-, me llamo Adam Malone.
Perdonen pero no he podido evitar escucharles hablar de Sharon Fields. -Miró a Brunner y dijo con aplomo-: Está usted completamente equivocado, señor Brunner.
Los hombres como nosotros tenemos oportunidades con una mujer como Sharon Fields.
– Ahora estaba mirando fijamente a Shively-.
¿Ha dicho en serio… lo que estaba diciendo… de ser capaz de cualquier cosa… a cambio de hacerle el amor?
– ¿Que si lo decía en serio? ¿Que si decía en serio que haría cualquier cosa y lo dejaría todo a cambio de la oportunidad de acostarme con ella? Ya puede estar seguro, hermano. Cualquier cosa.
Daría cualquier cosa por poderme revolcar con ella.
– Pues, bien, su deseo puede convertirse en realidad -dijo Malone con absoluta seguridad en la voz-.
Si quiere acostarse con Sharon Fields, puede hacerlo.
Eso se podrá arreglar.
Shively y los otros dos contemplaron a aquel desconocido sorprendiéndose de su seguridad.
– ¿Acaso está usted loco? -preguntó Shively al final-. ¿Quién es usted?
– Alguien que conoce muy bien a Sharon Fields.
Da la casualidad de que me consta que a Sharon Fields le gustaría acostarse con cualquiera de nosotros si tuviera la oportunidad.
Tal como he dicho, puede arreglarse.
Por consiguiente, si…
– Un momento, joven -le interrumpió Yost-.
Está usted diciendo cosas muy gordas. -Señaló el vaso medio lleno que había encima de la mesa-. ¿Está seguro de que no se ha tomado uno de más?
– Estoy perfectamente sereno -dijo Malone muy en serio-.
Jamás he estado más sereno ni he hablado más en serio.
Llevo pensando en ello mucho tiempo.
Lo que hace falta es ultimar los detalles. -Vaciló un poco-. Y el riesgo es mínimo.
– Parece que el chico habla en serio -dijo Shively mirando a Yost.
Brunner se había quitado las gafas y estaba mirando a Malone con ojos de miope.
– No… no quisiera parecerle impertinente, señor Malone, pero, ante todo, me cuesta trabajo creerle.
– ¿Qué podría querer Sharon Fields de sujetos como nosotros? En la escala social, no somos nadie. Por lo menos, confieso que yo no lo soy.
– Y ya la ha visto usted en la pantalla de televisión: ella sí es alguien, una celebridad internacional. Es quizá la joven más famosa y deseable de la tierra.
– Estoy seguro de que puede conseguir a cualquiera que le apetezca.
Le basta con arquear un dedito para tener a los que quiera, los más ricos y los más poderosos, los dirigentes elegidos de las naciones o los reyes.
– Tiene a sus pies a todos los hombres de la tierra.
¿Por qué tendríamos que interesarle nosotros?
– Porque jamás ha tenido a nadie con quien pudiera relacionarse realmente -replicó Malone-.
– Conozco a la gente que la rodea.
– No hay en su vida ni un solo ser humano sincero y corriente.
– Y, sin embargo, eso es lo que ella ansía realmente.
– No hombres que sean famosos.
– No hombres de su ambiente que se sirvan de ella para hacerse publicidad.
– No.
– Quiere a hombres verdaderos que la deseen por ella misma, no por quien es sino por lo que es.
– Eso no lo entiendo demasiado -dijo Yost meneando la cabeza-.
– De todos modos, no me retiro de lo dicho.
– Es decir, que estaría dispuesto a comprar mi parte al precio que fuera.
– Dejaría en un periquete a mi mujer y a mis dos hijos sin pensarlo.
– Daría todos los dólares que tengo y hasta mi casa si hiciera falta.
– ¿A cambio de una noche con Sharon Fields? Estaría dispuesto a hacer cualquier cosa.
Eso es lo que pienso exactamente.
– Muy bien, pues, será como yo le he dicho -insistió Malone-.
Podrá gozar de ella.
Y probablemente sin tener que ceder nada tangible a cambio.
Tal como le he dicho, sólo tendrá que estar dispuesto a correr un… un pequeño riesgo.
Porque sólo hay un obstáculo menor… que es el de llegar a conocerla.
– ¿Qué quiere usted decir? -preguntó Shively frunciendo el ceño-.
Pensaba que la conocía.
– Y la conozco.
– La conozco mejor que a ninguna otra mujer de la tierra. Sé sobre ella todo lo que pueda saberse.
– Sin embargo, no la conozco personalmente. Pero puedo.
– Y ustedes también pueden.
– Sé como podemos hacerlo.
– ¿Cómo? -le aguijoneó Shively-.
– Si es usted tan listo… Díganos cómo.
Adam Malone estaba a punto de volver a hablar, pero entonces se dio cuenta de los clientes que había cerca y bajó la voz.
– Me parece que éste no es el mejor sitio para iniciar una operación de este tipo. Sería mucho mejor.-discutir el asunto en privado. -Miró a su alrededor-.
– Al fondo del salón hay un reservado vacío.
– ¿Quieren ocuparlo?
Llevaban sentados unos quince minutos en el relativo aislamiento del reservado del fondo tapizado de gris e interrumpieron la conversación al acercarse la joven y rechoncha camarera de los leotardos negros para retirar los vasos vacíos y colocar más bebidas y servilletas sobre la mesa semicircular revestida de formica.
Adam Malone se hallaba acomodado en el centro del reservado con los hombros apoyados contra la pared.
A su derecha se había acomodado Kyle Shively, que no cesaba de fumar.
A su izquierda, mascando un puro apagado, se sentaba Howard Yost.
Y frente a Malone se encontraba un nervioso Leo Brunner sentado en el borde de una silla que había acercado al reservado.
Un poco envarados, habían vuelto a presentarse sin revelar demasiados datos.
Shively era mecánico de automóviles y, en algunas ocasiones, para incrementar sus ingresos y para divertirse, reparaba automóviles abandonados y los vendía.
Yost era agente de seguros y vendía pólizas de la Compañía de Seguros de Vida Everest y otras ocho empresas asociadas.
Brunner era un perito mercantil con despacho y clientes propios.
Malone era colaborador libre de distintas publicaciones, aunque a veces se dedicaba a extrañas actividades para ganar dinero o bien para vivir una experiencia.
Malone volvió un poco cohibido al tema de Sharon Fields.
El discurso de Malone de los últimos siete u ocho minutos había estado centrado en este tema.
Siempre había sido muy aficionado al cine, les había confesado.
Llevaba siendo esclavo de Sharon Fields desde la primera vez que la había visto en una película de hacía ocho años en un papel de escasa importancia de una superficial película de aventuras titulada "El séptimo velo".
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