Irving Wallace - Fan Club
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Oculto allí en medio de la creciente oscuridad con los músculos entumecidos, los huesos rígidos y el juicio trastornado, no tenía la menor noción del tiempo que había transcurrido.
Media hora, una hora, tal vez más.
Le pareció que había transcurrido una eternidad antes de escuchar las voces de sus perseguidores y el ruido de la puerta del cobertizo al abrirse y antes de distinguir tres pares de pantalones uniformados y un par de torneadas piernas formando un grupo a cosa de unos cuatro metros de distancia.
La luz de una linterna estaba recorriendo el seto. Contuvo el aliento y cerró los ojos fuertemente mientras la luz se filtraba a través de los verdes arbustos casi iluminándole antes de pasar de largo.
Otra vez las voces.
– Bueno, creo que ya está todo arreglado -estaba diciendo una recia voz varonil-.
Me parece que esta noche no nos queda nada más por hacer, señorita Fields. Usted se ha encargado de todo.
¿Y dice que se encuentra bien?
– Me encuentro perfectamente bien, capitán Culpepper.
– ¿Y está segura de que no había otros cómplices, señorita Fields? Malone se acurrucó si cabe para evitar que se oyeran los apresurados latidos de su corazón.
Al final escuchó su respuesta, aquella voz gutural que tan característica le era.
– Estoy segura, capitán -estaba diciendo-. Había tres, no más y todos han muerto y les hemos ajustado, las cuentas.
– Muy bien, señorita Fields, muchas gracias. -Era de nuevo la voz del capitán Culpepper-. Creo que por ahora es suficiente.
– Malone adivinó que se estaban alejando porque la voz del capitán se estaba perdiendo-.
Debo decirle, señorita Fields, que es usted una muchacha extraordinaria. No sé de ninguna otra mujer capaz de sobrevivir a semejante suplicio como usted lo ha hecho.
Es todo lo que siempre había oído contar de usted. Bueno, creo que ya ha sufrido bastantes penalidades.
Es hora de que regrese a la civilización y a su casa. La trasladaremos directamente a Los Angeles en helicóptero para que pueda evitar a la prensa.
Les indicaremos por radio al señor Zigman y a la señorita Wright que se reúnan con nosotros en Bel Air.
Otra voz masculina.
– Capitán, ¿desea que me quede aquí esta noche?
– No, no creo, sargento. No es necesario. Enviaremos inmediatamente a un equipo para que levante el cadáver y mañana, cuando se haga de día, procuraremos localizar el otro cadáver.
Bueno, señorita Fields, ha sido un final feliz como en…
Se cerró la puerta y cesaron las voces.
Malone lanzó al final un suspiro de alivio. Era tarde, muy tarde, en realidad pasada ya la medianoche, cuando Adam Malone con todas las fibras de su ser debilitadas por la fatiga, descendió finalmente de las colinas y llegó a las afueras de Arlington.
No había descansado desde que el helicóptero de la policía había despegado alejándose y él había abandonado su escondite.
A excepción de los espectros de sus antiguos compañeros, pudo decirse que estuvo solo. Se encontraba solo en medio de la carnicería de Más a Tierra y todo aquello se le antojaba pavoroso y hubiera deseado dejarlo a sus espaldas cuanto antes.
Trabajando silenciosamente con rapidez y eficacia, recogió todos sus efectos personales, eliminó de todos los objetos cualquier señal susceptible de delatarle y se lo guardó todo en la bolsa de lona.
Dobló el saco de dormir.
Regresó temblando al dormitorio principal y al Lecho Celestial para echar un último vistazo y observó que el cadáver de Shively había sido cubierto con una sábana blanca.
Buscó la revista que le había prestado a Sharon, aquella de la que había eliminado su nombre, la rompió en pedazos y, junto con otras cosas susceptibles de delatarle, la arrojó al excusado y echó el agua.
Después, tomando unas cuantas toallitas, se encargó de llevar a cabo la labor más enojosa.
Tras procurar no eliminar las huellas digitales de Sharon, sin quitar el polvo de algunos lugares en los que sólo podrían encontrarse las huellas de ésta, recorrió una a una todas las estancias desde el dormitorio principal hasta la puerta del cobertizo de los coches, limpió cuidadosamente todas las superficies, todos los objetos, todos los muebles, y todos los utensilios de cocina en los que hubieran podido haber delatoras huellas digitales y al final se acordó de la maletita vacía que iba a dejar junto con el equipaje de los demás y la limpió también con sumo esmero.
Tras lo cual, con la bolsa conteniendo sus efectos personales colgada de un hombro y el saco de dormir colgado del otro, abandonó el refugio y se alejó del valle ascendiendo dificultosamente monte arriba.
Desde lo alto de la loma se detuvo una vez para mirar hacia atrás y contempló la oscura silueta de lo que había deseado que fuera su castillo y el territorio que había tenido intención de convertir en su bosque de ciervos.
Y después prosiguió su marcha alrededor del Mount Jalpan.
Al llegar al claro, se adentró en el bosquecillo y, no sin cierta dificultad, localizó el cacharro en la oscuridad retirando, del mismo, el camuflaje.
Colocó sus pertenencias en la parte de atrás del pequeño vehículo, lo sacó de su escondrijo y pisó el freno maniobrándolo de tal forma que los faros delanteros enfocaran el lugar en que había descubierto el cadáver de Leo Brunner.
Después descendió del vehículo, se acercó al cadáver de Brunner, lo asió por los tobillos y lo arrastró hasta el borde del claro donde pudiera verlo la policía cuando pasara por allí al día siguiente.
Más tarde o más temprano, los restos del viejo serían enterrados como es debido.
Respeto para los ancianos. Respeto para los muertos. Respeto para los respetables y para aquel que figuraría para siempre al lado de Armand Peltzer y el doctor Harvey Crippen en el Quién Es Quién de la criminalidad.
Tras lo cual abandonó el Mount Jalpan a bordo del cacharro, pasó frente a la Camp Peter Rock y se detuvo una vez para desprenderse de sus efectos personales y del saco de dormir arrojándolo todo a una profunda hondonada cubierta de maleza.
Poco antes de llegar al rancho McCarthy, desvió el cacharro de la carretera y avanzó con él por una zona rocosa e intransitada.
Allí aminoró la marcha y se adentró en una barranca.
Una vez abajo, apagó los faros y recorrió todo el interior del vehículo asegurándose de que no quedaba ninguna huella dactilar.
Y después abandonó la barranca, cruzó los campos en dirección a la carretera e inició el largo recorrido a través del rancho McCarthy para dirigirse a las carreteras que le alejarían de aquella zona montañosa y le conducirían a Arlington.
Al llegar a las afueras de la ciudad notó que se sentía hambriento y pensó brevemente en la conveniencia de buscar un sitio donde comer algo pero después llegó a la conclusión de que su estómago podía esperar.
A una manzana de distancia de la rampa de acceso a la carretera, se detuvo junto a la cuneta con el pulgar levantado en la esperanza de que alguien le recogiera y le llevara a Los Angeles.
A aquellas horas pasaban muy pocos vehículos y los pocos que pasaban, tras aminorar la marcha y percatarse de su aspecto, de su largo cabello enmarañado, de su barba y su estropeada chaqueta y pantalones vaqueros, decidían no detenerse.
Al cabo de más de una hora, un viejo Volvo conducido por un obeso universitario barbudo -hola, hermano, hola, hermano-le recogió y reanudó a toda prisa su viaje a Los Angeles.
El muchacho del volante no es que fuera precisamente muy hablador.
Tenía una "cassette" instalada bajo el tablero de instrumentos y estaba escuchando una cinta de larga duración de éxitos de jazz.
Canturreaba y se movía y, de vez en cuando, apartaba una mano del volante y se golpeaba la rodilla siguiendo el compás.
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