Irving Wallace - Fan Club
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– Yo no he visto nada -dijo Foley poniendo marcha atrás y retrocediendo lentamente.
– Párate -le dijo el investigador Roebuck señalándole hacia la izquierda.
Casi oculto por el denso follaje de los arbustos que había a ambos lados, podía verse un estrecho y curvado camino sin asfaltar.
– ¿Y a eso le llamas un camino? -le preguntó Foley con aire despectivo-. Por aquí no podría pasar un coche como el nuestro.
– Tal vez podría o tal vez no -dijo Roebruck abriendo la portezuela, Pero el caso es que no estamos buscando un camino por el que pueda pasar un coche como el nuestro. Estamos buscando un camino, cualquier camino, por el que pueda pasar un cacharro de ir por las dunas.
– Pierdes el tiempo.
– Déjame echar un vistazo de todos modos. No será más que un minuto.
El “sheriff” adjunto Foley se apoyó resignado sobre el volante y observó a su compañero avanzar lentamente por el camino, arrodillarse una vez para examinar el terreno, mirar la fotografía que sostenía en la mano y seguir recorriendo el camino hasta perderse de vista detrás de los frondosos arbustos.
Foley se quitó la gorra de policía, apoyó la cabeza sobre los nudillos de las manos y bostezó.
De repente, se sobresaltó al oír que le llamaban por su nombre. Se irguió, miró a través de la portezuela abierta y distinguió a Roebuck que le estaba haciendo señas llamándole.
Foley apagó inmediatamente el encendido, se guardó las llaves en el bolsillo y corrió hacia el oscuro camino. Bordeándolo ágilmente, pasó entre los arbustos y corrió hacia su compañero.
– ¡Creo que hemos descubierto algo! -gritó Roebuck-. ¡Creo que ya lo tengo!
Cuando Foley estuvo junto a él, Roebuck hincó una rodilla en tierra y le señaló la fotografía que había dejado en el suelo.
Después le señaló unas huellas profundamente hundidas en la tierra. Correspondían a un neumático muy ancho.
– Echa un vistazo -le dijo emocionado-. A no ser que sea bizco, parece como si nuestra fotografía hubiera sido tomada de esta huella.
Fíjate en los surcos, cuéntalos, la forma, los bordes de la goma que no están gastados. Creo que son iguales.
Foley se arrodilló junto a su compañero. Sus ojos examinaron la huella del camino, se desplazaron después a la fotografía y volvieron a posarse en el camino.
– Dios Todopoderoso -dijo aterrado-, vaya si son iguales. Ambos hombres se levantaron y sus miradas se posaron simultáneamente en el empinado camino ascendente hasta que éste se perdía de vista detrás de la parte más baja de la ladera del Mount Jalpan.
– La deben tener prisionera en algún lugar de este monte -dijo el investigador Roebuck suavemente.
– Si. Hay mucho terreno aquí arriba. ¿Te parece que lo intentemos?
Roebuck apretó con firmeza el brazo de su compañero.
– No -repuso acompañándole al coche patrulla-. Tenemos la orden de comunicar inmediatamente por radio lo que sepamos a Varney y Culpepper que se encuentran en el cuartel general de Arlington. -Levantó los ojos al cielo-. Aún hay suficiente luz como para que los helicópteros sobrevuelen todas las cumbres y valles de esta montaña. Será el medio más rápido.
Y, según dicen, aquí lo que importa es ganar tiempo si es que queremos volver a ver alguna otra película de Sharon Fields. ¡Date prisa, tenemos que comunicar que sabemos dónde se encuentra!
Con los pies doloridos, asustado, rezando para que el regreso de Yost le permitiera disponer de un aliado, Adam Malone subió los peldaños de Más a Tierra esperando, contra toda esperanza, que no tuviera que enfrentarse con Kyle Shively.
Pero, al entrar en el vestíbulo, vio a Shively y vio que Shively le había visto.
Shively le dirigió inesperadamente una mirada enfurecida, se levantó y apagó el televisor.
Sin poder escapar a Shively, Malone se dirigió a regañadientes hacia el salón.
Shively se volvió inmediatamente con las facciones alteradas por la rabia y las manos cerradas tan fuertemente en puño que parecían exangues.
Malone ya había visto a Shively enojado en otras ocasiones pero nunca le había visto en aquel estado. Presintiendo lo peor, Malone no esperó a que hablara su compañero.
– ¿Qué sucede, Shiv? ¿Te ocurre algo?
– Howie Yost -repuso Shively con voz enronquecida-. No volverá.
– ¿Qué estás diciendo?
– Lo acaban de decir en la televisión. Estos hijos de puta que trabajan para ella nos han traicionado con todas las de la ley. Nos han delatado a la policía. Han hablado. Le han tendido a Howie una emboscada y le han pillado en el momento en que recogía el botín.
Le han atrapado cuando se disponía a regresar a la camioneta. Los policías llegaron hasta allí en helicóptero. Le rodearon y acorralaron para apresarle vivo.
La habitación empezó a dar vueltas. Malone se agarró al respaldo de una silla.
– No, no es posible.
– Sí lo es -dijo Shively enfurecido mostrando la dentadura-. Pero no lo han conseguido. Hay que reconocerle a Howie este mérito; se ha pegado un tiro menos mal, se ha pegado un tiro para que no le apresaran. Eso nos salva. Hemos perdido el botín pero podremos salvar el pellejo.
El aturdido Malone no podía dar crédito a sus oídos.
– ¿Howie “muerto”? ¿Estás seguro? No es posible.
Los amigos de Sharon no hubieran.
– Lo han hecho, maldita sea, ya te dije que lo harían. Acabo de verlo. En la televisión han mostrado imágenes aéreas de los policías que actuaban en Topanga.
Después han mostrado cómo sacaban las dos maletas marrones y el cuerpo de Howie en una camilla cubierta por una manta para su traslado a una ambulancia. Han entrevistado a un hijo de puta de uniforme que no ha querido revelar el nombre del muerto hasta que la noticia se comunicara a su familia, pero ha reconocido que era uno de los secuestradores implicados en el secuestro de Sharon Fields.
Y después ha salido otro y ha anunciado que el muerto era un agente de seguros de Encino llamado Howard Yost, y han dicho que la policía esperaba poder descubrir a sus cómplices, a los demás componentes de la banda de secuestradores.
Malone procuró sobreponerse, pero la habitación seguía dando vueltas a su alrededor.
– ¿Qué nos ocurrirá?
– Nada, ni la menor cosa -contestó Shively secamente-. Saldremos con bien siempre y cuando Brunner o la chica no nos señalen con el dedo.
Malone se esforzó por centrar los ojos en la amargada y tensa figura del tejano y tragó saliva.
– Brunner -dijo-. Sabes muy bien que Brunner no va a señalar a nadie con el dedo. He… -Malone no pudo contenerse por más tiempo-. Acabo de tropezarme con su cuerpo.
Si esperaba que Shively reaccionara, éste no lo hizo. Sin dar muestras de la menor emoción Shively le dijo:
– A veces hay que hacer ciertas cosas para protegerse. Si tú no miras por ti, ¿quién va a mirar?
Hubiera querido decirle a Shively muchas cosas pero ahora le parecía que todo carecía de importancia y la mayoría de ellas se le habían olvidado a causa del temor. Miró a Shively, y éste se le antojó un niño cruel y perverso que no podía evitar ser como era, y con el que no era posible razonar.
Malone se limitó a decirle débil e inútilmente:
– No debieras haberlo hecho, Shiv. No debieras haberle matado. Era inofensivo. No hubiera hecho daño ni a una mosca.
Pareció como si Shively no le hubiera escuchado, éste se dirigió a la silla que había frente al televisor y sacó algo que guardaba en el bolsillo de la chaqueta.
– En nuestras circunstancias -oyó que le decía-, no se pueden correr riesgos ni dejar en libertad a nadie que pueda señalarte con el dedo. Se volvió y Malone pudo ver entonces qué es lo que había sacado.
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