Brad Meltzer - Los Pasadizos Del Poder

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Sombra es el nombre en clave que el Servicio Secreto ha dado a Nora Hartson, la hija del Presidente de Estados Unidos, una de las mujeres más vigiladas del mundo. Michael Garrick, un joven abogado del Departamento de Presidencia, empieza a salir con Nora sin tener en cuenta que ella también es Sombra y que mil ojos se posan sobre ambos. Una noche presencian algo que no deberían haber visto y quedan atrapados en una trama secreta urdida por alguien muy poderoso. Ambos jóvenes se convierten en un estorbo para quienes han hecho de la corrupción política el medio habitual para conseguir sus fines.

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– Te digo que esta vez vas a venir directa…

– Muy bien, espera un momento -dice temblándole la voz-. ¿Cuándo…? Oh, Dios santo… ¿Cuándo fue?

– En el hotel… teníamos que encontrarnos en el Marriott. Pero cuando entré en la habitación, estaba allí tirado, Nora… sin nadie más que yo para echarle la culpa.

– ¿Pero cómo…?

– Un tiro. Justo en la cabeza. Probablemente abrió la puerta y… un disparo. No hizo falta más. Donde cayó… todo… los sesos… todo por la alfombra.

– Y tú…

– Tropecé con… encima de él. Encontrarán mis huellas digitales por todas partes… el picaporte de la puerta… el cinturón… sólo necesitan un folículo de mi pelo. Estaba allí tirado saliéndole espuma de sangre por la boca… espumarajos resecos… pero no se movía… no podía. Había por todas partes, Nora… en las manos, en la corbata… por todas partes…

Nora levanta la vista rápidamente.

– ¿Te vio alguien?

– Estaba preocupado por si el FBI andaba por allí, pero no creo que pudiera haber llegado tan lejos si…

El timbre del teléfono resuena por la habitación. Los dos pegamos un salto.

– Déjalo que suene -me dice.

– Pero y si es…

Ambos nos miramos. Salvación frente a disculpa. Naturalmente, ella es la primera en reaccionar.

– Debería…

– … cogerlo -me muestro de acuerdo.

Lentamente, se dirige hacia el escritorio. El teléfono insiste. Descuelga el aparato.

– ¿Sí? -dice vacilando. Al instante mira hacia mí. Malo-. Sí. Sí está -añade, tendiéndome el teléfono con el brazo bien estirado-. Es para ti.

Cojo el teléfono, angustiado.

– Aquí Michael -digo luchando contra el vértigo.

– Ya sabía que estarías ahí. ¡Lo sabía! ¿Qué demonios tienes en la cabeza? -exclama alguien. Es una voz conocida.

– ¿Trey?

– Creí que ibas a mantenerte alejado de ella.

– Es que… yo sólo…

– Da lo mismo. Lárgate de ahí.

– No lo entiendes.

– Confía en mí, Michael, el que no se entera eres tú. Acaba de llamarme…

– A Vaughn le han pegado un tiro en la cabeza -le suelto-. Está muerto.

Trey ni siquiera hace una pausa. Después de cuatro años de escopetero de la Primera Dama está acostumbrado a las malas noticias.

– ¿Dónde fue? ¿Cuándo?

– Hoy. En el hotel. Entré allí y encontré el cuerpo. No sabía qué hacer, así que me fui corriendo.

– Bueno, pues será mejor que sigas corriendo. Lárgate de ahí ahora mismo.

– ¿De qué me estás hablando?

– Acaba de llamarme un amigo del Post. Sacan la historia en su sitio web: el asesinato de Caroline, los informes de toxicología, todo.

– ¿Y mencionan algún sospechoso?

Trey me concede otra larga pausa.

– Me ha dicho que tú te vas a llevar un palo. Lo siento, Michael.

– ¿Estás seguro? -digo, cerrando los ojos-. Puede que sólo estuviera buscando…

– Me preguntó cómo se escribía tu nombre.

Las piernas me flaquean y tengo que apoyarme en el escritorio. Ya está. Estoy muerto.

– ¿Te encuentras bien? -pregunta Trey.

– ¿Qué te dice? -pregunta Nora.

– ¡Michael! ¿Estás ahí? -resuena la voz de Trey por el teléfono-. ¿Estás bien, Michael?

El mundo entero se vuelve borroso. Es como aquella noche en la azotea, sólo que esta vez es realidad. Mi realidad. Mi vida.

– Escucha -dice Trey-. Márchate de la Residencia… apártate de Nora. Ven aquí y podemos… -Se queda en silencio de repente.

– ¿Qué? -pregunto.

– ¡Oh, no! -gime-. No puedo creerlo.

– ¿Qué? ¿Es sobre la noticia?

– ¿Pero cómo…?

– ¡Pero dímelo, Trey! ¿Qué es?

– Lo estoy viendo pasar en las pantallas de la AP… ¡Está en los teletipos, Michael! Deben de haberlo cogido de la web del Post.

Hijos de perra. Ahora esto ya no hay quien lo pare.

– Tengo que marcharme de aquí.

– ¿Adonde vas? -pregunta Nora.

– ¡No se lo digas! -me grita Trey-. ¡Lárgate! ¡Ya mismo!

En medio del pánico cuelgo el teléfono y corro hacia la puerta. Nora viene detrás.

– ¿Qué te ha dicho Trey? -me pregunta.

– Ha salido. Ha salido la historia. Caroline. Yo. Todo. Dice que está en todas las noticias.

– ¿Y hablan de mí?

Me quedo mirándola.

– ¡Por todos los santos!

– Ya sabes a qué me refiero.

– La verdad es que no, Nora -le vuelvo la espalda y me encamino hacia la escalera principal.

– ¡Lo siento, Michael! -me grita.

No me detengo.

– ¡Por favor, Michael!

Continúo adelante. Estoy a punto de dejar el pasillo cuando ella gasta su último cartucho.

– ¡Ésa no es la mejor salida!

Para eso sí que me paro.

– ¿A qué te refieres?

– Si vas por la escalera te encontrarás de frente con el Servicio Secreto.

– ¿Tienes alguna idea mejor?

Me coge por la mano y me conduce un poco más allá del pasillo. Me resisto justo lo indispensable para hacerle saber que no soy su marioneta.

– Ahórrame los juegos de poder, Michael. Estoy intentando sacarte de aquí.

– ¿Estás segura?

No le gusta que la acuse.

– ¿Tú piensas que]o hice yo?

No estoy nada seguro de lo que pienso, y éste no es momento de pararse a pensarlo.

– Indícame el camino.

En la esquina del fondo del pasillo abre unas puertas de vaivén y damos a lo que parece una pequeña panadería. Una nevera pequeña, un fregadero de barra, unas cuantas vitrinas con paquetes de cereales y aperitivos. Justo lo suficiente para ahorrarte bajar tres tramos hasta la cocina. En una esquina del cuarto, sobre la barra, hay dos paneles cuadrados de metal con unas ventanitas del tamaño de un disco compacto. Nora coge las asas que hay abajo de uno de los paneles, los levanta y se abre algo parecido a una ventana de guillotina. Detrás del panel hay un pequeño tubo que parece suficiente para dos personas.

– ¡Qué! -exclama Nora-. ¿No habías visto nunca un montacargas?

Compongo rápidamente en mi cabeza el plano del edificio. El comedor del Presidente está justo debajo de nosotros, y la cocina en la Planta Baja. Al ver que lo he entendido, añade:

– Hasta los presidentes tienen que comer.

Señala con la barbilla el diminuto ascensor.

– ¡Un momento! ¿No pretenderás que yo…?

– ¿Tú quieres salir de aquí? -me pregunta.

Asiento con la cabeza.

– Entonces, ¡entra!

CAPÍTULO 32

Descendemos a la cocina en completa oscuridad y absoluto silencio. Al llegar a la Planta Baja, la ventanilla redonda se llena de luz. Nora atisba el exterior, levanta la puerta y mira a ambos lados.

– Vamos -dice.

Al intentar salir del montacargas, me clava la rodilla en las costillas. Me trae a la memoria a Vaughn.

Salgo a gatas hasta la luz y veo que estamos en el rincón del fondo de la cocina, en un cuarto pequeño junto a la batería de frigoríficos industriales. Por el hueco de la puerta ha visto a un guardia de uniforme en el exterior de la entrada de proveedores. Más cerca de nosotros hay un chef con un ayudante preparando la cena en unas cazuelas de acero inoxidable. Enfrascados en sus movimientos, ni siquiera se percatan de nuestra presencia.

– Por aquí -dice Nora, tirando de mí por la mano.

Abre la puerta que tenemos a la derecha y me saca de la cocina, otra vez al corredor de la Planta Baja.

– ¡Allí! -grita alguien desde el vestíbulo.

Cincuenta flashes estallan ante nuestros ojos. Instintivamente, Nora da un paso delante de mí y me cubre de… Un momento… no es la prensa. Llevan Instamatics. Sólo es otro grupo de turistas.

– Nora Hartson -anuncia el guía a lo que parece un grupo de diplomáticos VIP-. ¡Nuestra Primera Hija!

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