No puedo creerlo. Ahí está, justo en el centro del panel. El nombre está escrito con una pluma que parece que se estaba quedando sin tinta. Con letras finas, mayúsculas. L. H. Oswald. Cabeza de turco total. Ése soy yo. Arranco la nota tan de prisa como puedo y me alejo del grupo del almuerzo. Me dirijo por el pasillo a toda prisa hacia la batería de ascensores del final del vestíbulo. Alterno el trote con la marcha rápida y mientras desdoblo la nota de Oswald un pliegue tras otro. En lo alto de la página dice: «¿Cuánto tiempo tardaste en coger ésta?» Siempre de listillo. Justo debajo de eso dice «1027». Exactamente lo que esperaba. Un número de habitación. Cuando le resto siete, es la habitación 1020.
Ya dentro del ascensor voy directo al botón del diez. Lo ataco con el dedo una y otra vez al estilo pájaro carpintero.
Me aferró a la barandilla de latón del ascensor apretando con ambas manos porque apenas puedo contenerme. Faltan nueve pisos. Tengo los ojos clavados en el indicador digital y en el momento en que oigo la campanilla de llegada, salto hacia adelante. Las puertas todavía se están descorriendo cuando me escurro entre ellas y salgo al décimo piso. Casi estoy, casi estoy. Pero al seguir el incremento lógico de la numeración de habitaciones hasta el 1020, siento como si el pasillo se me viniese encima. Empieza con un dolor agudo en los hombros que luego va subiendo hasta la nuca. Vaughn me va a explicar la verdad sobre Nora. Para bien o para mal. Y por fin voy a tener la respuesta. Por supuesto que no estoy seguro de lo que sabe, pero dijo que merecía la pena. Mejor será… porque cuento con llevárselo directamente a Adenauer. Por profunda que sea la herida. El estómago empieza a hacerme ruidos que normalmente están reservados a enfermedades graves. Un escalofrío helado se me cuela entre las costillas y maldigo el aire acondicionado del hotel. Aquí hace un frío helador.
Por fin estoy plantado delante de la habitación 1020. Cojo el pomo de la puerta, pero antes de poder girarlo, me detengo. Durante los dos últimos días he tenido la mente anegada por docenas de preguntas que no podía esperarme a hacer. Pero ahora no sé si quiero las respuestas. Es decir, ¿pueden servirme de algo? ¿Puedo creerlo? Tal vez sea como dijo Adenauer. Tal vez Vaughn no sea de fiar.
Vuelvo a pensar en nuestro encuentro detrás del cine. Su ropa arrugada. Sus ojos cansados. Y el miedo en su cara. Vuelvo a plantear una y otra vez la cuestión: si estaba intentando tenderme una trampa, ¿por qué iba a ligar su nombre con el mío, el de la única persona que sabía que iba a parecer el asesino? Sigo sin poder aclararlo. Así que, ¿estoy dispuesto a dar el paso siguiente? Como últimamente me pasa con todo, no tengo mucha elección. Me seco la mano en los pantalones y llamo a la puerta.
Para mi sorpresa, al dar los golpecitos se abre una rendija. Vuelvo a llamar y se abre un poco más.
– ¿Está ahí, Vaughn? -Hay unas voces débiles, pero nadie responde.
Al fondo del pasillo oigo volver el ascensor. Alguien viene. No hay tiempo para timideces. Empujo la puerta. Por las ventanas del fondo de la habitación se cuela un sol cegado. En cuanto la puerta se cierra de golpe detrás de mí, oigo un televisor a toda potencia. No me extraña que no me oyera.
– ¿Qué está haciendo? ¿Mirando telenovelas? -Avanzo hacia el interior de la habitación pero el pie me tropieza con algo, pierdo el equilibrio y me caigo hacia adelante. Pongo las manos por delante para amortiguar la caída y me doy con la alfombra produciendo un ruido sordo. Y un raspón irritante. Las piernas se me quedan torcidas, apoyadas en algún obstáculo.
– ¿Pero qué…?
La alfombra entera está empapada. Pringosa. Y rojo oscuro. Tengo las manos llenas. Ruedo hacia atrás para ver con qué he tropezado. No, no con qué. Con quién. Vaughn.
– Oh, Dios santo -susurro. Tiene la boca ligeramente abierta. Unas burbujitas de saliva roja se agrupan en el hueco que queda entre los dientes y el labio inferior. ¡Muévete, muévete, muévete! Me debato con furia para levantarme, haciendo fuerza para apartarme del cuerpo, pero las manos me resbalan y me devuelven directamente hacia el suelo. En el último instante consigo apoyarme en el codo con la corbata pisada debajo. Ahora hace juego con las manos. Más sangre.
Cierro los ojos y dejo que mis piernas hagan el resto. Se abren paso por encima del torso rígido de Vaughn, la rodilla derecha pasa frotando contra las costillas. Me pongo de pie a trompicones, me doy la vuelta y entonces puedo ver mejor cómo yace atravesado ante la entrada. Tiene el brazo izquierdo apretado contra el pecho, pero la mano todavía estirada hacia arriba, rígida, con el puño a medio cerrar. El agujero de la bala está en la frente, descentrado, encima del ojo derecho. Es una herida precisa, oscura y chamuscada. La sangre conjunta su espeso pelo negro con la alfombra gris ahuesado. En la cara, un ojo mira derecho al frente; el otro bizquea medio oculto hacia un lado. Como los de Caroline. Igual que los de Caroline. Y en lo único que puedo pensar es en la pistola que había dentro de aquella caja metálica junto a la sala de cine. En la pistola y en esa maldita nota, allí tirada, sobre la cama de Nora.
Intento no sucumbir al pánico, me precipito por la puerta abierta del cuarto de baño y arranco una toalla blanca del toallero de la pared. Cualquier cosa que sirva para librarse de la sangre. Tras dos minutos de frotar frenéticamente, mis manos están tan limpias como es posible. Puedo abrir el grifo, pero… no, no seas estúpido… si una mínima escama de piel cae al lavabo… no les des nada más que los pueda llevar a ti. Con la mano envuelta en la toalla salgo corriendo del cuarto de baño y salto por encima de Vaughn sin mirar al suelo.
Estoy en la puerta. Ni huellas digitales, ni pruebas físicas. Lo único que tengo que hacer es marcharme. Sólo girar el pomo y… no. Así, no.
Luchando con los múltiples miedos que me retuercen las tripas, me vuelvo y doy un paso hacia el cuerpo. Hiciera lo que hiciese, Vaughn murió por ésta. Por mí. Por intentar ayudarme. Se merece algo más que un rodillazo en las costillas.
Me arrodillo junto a él y le cierro los ojos con la mano envuelta en la toalla. Patrick Vaughn. La persona que se suponía que tenía todas las respuestas.
– Duerme bien -susurro. No es el mejor elogio fúnebre del mundo, pero es mejor que nada.
A través de la puerta oigo un grupo de voces por el pasillo. Quien haya hecho esto sabía que Vaughn estaría aquí. Lo que quiere decir que probablemente sabían que yo iba a… Oh, mierda… hora de marcharse. Abro la puerta y salgo corriendo. Hay dos personas esperándome. Doy un salto atrás, sobresaltado.
– Perdone -dice el hombre-. No pretendía asustarlo.
La mujer que está junto a él empieza a reírse bajito. Lleva una camiseta blanca de niña con un pequeño arco iris cruzando el pecho. Son una pareja joven, simplemente.
– Está bien -digo intentando ocultar la toalla que llevo sobre la mano-. Es culpa mía.
Paso entre ambos y voy directo a los ascensores. Los cuatro están parados en el vestíbulo. Treinta segundos después siguen sin subir.
– ¡Vamos! -exclamo, golpeando el botón de llamada. ¿Por qué demonios tarda tanto? Al fondo del pasillo veo que la pareja viene hacia mí entre risitas. Ha sido una estancia rápida, tal vez simplemente hubiesen olvidado algo. Fuera lo que fuese, ya no se ríen. Según van acercándose, en su paso hay un aire nuevo, decidido. No pienso quedarme aquí para ver por qué.
Recorro el pasillo con la vista y veo un cartel de salida blanco y rojo encima de lo que parece la puerta de la escalera. En la puerta hay una pegatina amarilla que dice en letras rojas brillantes: «Aviso: la alarma sonará si se abre la puerta de incendios.»
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