Me apresuro por la mullida alfombra roja del corredor de la Planta Baja y veo una falange de turistas a mitad de su recorrido por la Casa Blanca para VIPS guiados por uno de los guías del Servicio Secreto. Cuando los adelanto a toda velocidad, dos de ellos me sacan una foto. Deben de pensar que soy famoso. Si las cosas continúan por este camino, van a tener razón.
No me detengo hasta llegar ante el guardia uniformado que está a las puertas de la sala de cine.
– ¿Puedo pedirle un favor? -le pregunto con voz acelerada.
No me contesta. Se limita a mirarme, calculando.
– Ya sé que esto le parecerá una locura -empiezo-, pero estaba en el cuarto de baño del EAOE…
– ¿En cuál?
– En el primer piso, el que está junto a Asuntos de Gabinete. Es igual, estaba en el escalón y oigo a dos internos presumiendo de… hum -señalo con el hombro la caja metálica de herramientas-, lo de la pistola que tienen ahí. -El guardia se pone tenso-. Puede que lo oyera mal, porque cuchicheaban todo el tiempo, pero me pareció que o bien sabían que ahí había una pistola o que habían cogido una pistola de ahí. A lo mejor sólo eran fanfarronadas, pero…
Pega un salto en la silla, que sale patinando hacia atrás por el suelo de mármol. Me advierte que me quede quieto, saca un manojo de llaves del cinturón y se va a la caja todavía medio torcida. Contemplo en silencio cómo lucha con la cerradura. Está atascada. El cuerpo me arde. Es como si alguien me golpeara el cráneo. Sólo oigo el tintineo de las llaves. Como está de pie delante de mí, no puedo ver nada. Parece que ahora tira de la puerta. Más fuerte. Más fuerte. Entonces… oigo chirriar el metal oxidado. La puerta se abre y el guardia se vuelve para mirarme. Da un paso a un lado para dejar que lo vea con mis propios ojos. La pistola está donde tiene que estar.
– Lo siento -digo con forzado alivio-. Debo de haber oído mal.
– Eso parece.
Me encojo de hombros, doy la vuelta y paso nuevamente ante la estatua de Lincoln. En el momento en que doblo la esquina, salgo corriendo tanto como puedo por el corredor de la Planta Baja. Es una buena señal, pero también podría haber vuelto a ponerla allí sin mayor dificultad.
Cuando llevo tres cuartos de pasillo y me acerco a la escalera principal de la Residencia, reduzco por fin la marcha. Como siempre, mi tarjeta de identidad y un gesto decidido me permiten pasar ante el guardia de abajo.
– Sube uno -susurra por su walkie-talkie.
Salto los escalones de dos en dos sabiendo que me pararán. Podría haberla llamado para que me dejasen pasar, pero no quería que nadie supiera que venía. La sorpresa es todo lo que me queda, y a pesar de la pistola, sigo queriendo ver su reacción por mí mismo. Naturalmente, al llegar a la planta de Estado, dos agentes del Servicio Secreto me bloquean el paso.
– ¿Necesita algo? -pregunta el del pelo negro.
– Tengo que ver a Nora. Es una emergencia.
– Y usted es…
– Dígale que soy Michael… ella sabe.
Me observa bien y lanza una mirada a mi identificación.
– Lo siento -dice-. Nos pidió que no la molestasen.
Intento mantener la calma.
– Mire, no quiero ser una molestia. Pero haga una llamada. Es importante.
– Ya le hemos dado una respuesta -añade el segundo agente-. ¿Qué palabra no ha entendido usted?
– Las entendí todas muy bien. Sólo intento ahorrarnos un dolor de cabeza.
– Oiga, señor…
– No, óigame usted -insisto de nuevo-. He venido aquí en plan civilizado… es usted el que decidió pelear. Mire, tengo que resolver una crisis de verdad, así que tiene usted dos alternativas: o hace una simple llamada telefónica y explica que se trata de una emergencia, o me larga a patadas y se enfrenta usted al enfado de Nora cuando averigüe quién es el causante de todo este follón. Personalmente yo preferiría la segunda, me encantan los deportes violentos.
Me estudia atentamente, acercándose más. Finalmente, gruñe:
– Las órdenes que yo tengo, señor, es que no debemos molestarla.
Me niego a ceder y miro hacia la pequeña cámara de vigilancia oculta en la toma de aire acondicionado. Es hora de pasar por encima de su cabeza.
– Harry, sé que estás mirando…
– Le estoy pidiendo que se vaya, señor -me advierte el agente.
– Llámela, por favor -solicito en dirección al techo-. No tiene más que…
Antes de que pueda terminar, tres agentes de paisano corren escaleras arriba. Al frente de ellos viene Harry.
– Le hemos dicho que no quería que la molestasen -explica el agente.
– Tengo que verla, Harry. Yo…
El agente me interrumpe, agarrándome con fuerza por detrás del cuello.
– Afloje -le advierte Harry.
– Pero si…
– Quiero oír lo que tiene que decirnos, Parness.
Parness se entera. Los de uniforme no discuten con los de paisano. Sigue las instrucciones y afloja sólo un poco.
– Bueno, ¿dónde está el fuego? -pregunta Harry.
– Tengo que hablar con ella.
– ¿Por razones personales o por asuntos oficiales de la Casa Blanca?
– Vamos, venga, usted sabe de qué se trata. Estuvo allí aquella noche.
Me dirige un sutilísimo movimiento de cabeza.
– Es importante, Harry. Si no lo fuera no habría venido de este modo. Por favor.
Los otros agentes lo observan. Todos conocen las órdenes de Nora. No quería que la molestasen. Aun así, la pelota es suya. Y finalmente, dice:
– La llamaremos.
Sonrío ligeramente.
Se mete en la oficina del ujier que está al lado y coge el teléfono. No puedo oír lo que dice y, para asegurarse de que no le leemos los labios, nos da la espalda. Cuando ha terminado, vuelve a la escalera. Me mira con cara de palo.
– Hoy es su día de suerte.
Respiro hondo una vez más y corro hacia la escalera. Por el rabillo del ojo consigo ver al agente del pelo negro abrir el registro de visitantes y apuntar mi nombre. Harry niega con la cabeza y lo detiene.
– A éste, no -le dice.
Al entrar en la habitación de Nora veo que cierra a toda prisa un cajón de la mesa. Se vuelve hacia mí y enarbola una gran sonrisa. Se le borra casi al instante.
– ¿Qué es lo que pasa?
– ¿Dónde has estado las últimas dos horas?
– Pues… aquí-dice-. Firmando cartas. Pero dime qué…
– No me mientas, Nora.
– ¡No estoy mintiendo! Pregunta al Servicio… No he salido ni una vez.
Esto es difícil de discutir, pero aun así…
– ¿Has visto un papelito por ahí? -pregunto, escudriñando su cama.
– ¿Pero qué…?
– Un trocito de papel -repito, levantando la voz y mirando por la alfombra cosida a mano-. Creo que se me cayó esta mañana. Tenía escritas las palabras «Woodley Park Marriott».
– Cálmate, Michael. No sé de qué me estás hablando.
– No pienso seguir con esto, Nora. Ya está. Se acabó. Lamento mucho si te trae complicaciones, pero eres la única que puede respaldarme. Todo lo que tienes que decir es que Simon tenía el dinero y así entonces yo…
Me sujeta por los hombros y me para donde estoy.
– ¿De qué demonios me hablas?
– Lo han matado, Nora. Le pegaron un tiro en mitad de la frente.
– ¿A quién? ¿La frente de quién?
– Vaughn. Han matado a Vaughn. -Al decir esas palabras me sube por la garganta un geiser de emociones-. Tenía los ojos…-continúo-. Porqué… Estaba ayudándome, Nora. ¡A mí!
Le tiembla la boca y se separa un paso de mí.
– ¿Qué…?
Antes de que pueda terminar la frase retrocede hasta la cama y se sienta en el colchón. Tiene la mano sobre la boca y los ojos anegados en lágrimas.
– ¡Oh, Dios mío!
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