Brad Meltzer - Los Pasadizos Del Poder

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Sombra es el nombre en clave que el Servicio Secreto ha dado a Nora Hartson, la hija del Presidente de Estados Unidos, una de las mujeres más vigiladas del mundo. Michael Garrick, un joven abogado del Departamento de Presidencia, empieza a salir con Nora sin tener en cuenta que ella también es Sombra y que mil ojos se posan sobre ambos. Una noche presencian algo que no deberían haber visto y quedan atrapados en una trama secreta urdida por alguien muy poderoso. Ambos jóvenes se convierten en un estorbo para quienes han hecho de la corrupción política el medio habitual para conseguir sus fines.

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– Michael, te juro por mi vida que si son la misma línea yo no lo sabía. Tú me has visto cuando estaba sentada ahí, sólo para hablar por teléfono.

– Ésa es la cuestión.

– Espera un minuto -dice empezando a molestarse por fin-. ¿Crees que fingía las conversaciones? ¿Que era alguna especie de complot secreto para engañarte?

– Dímelo tú. Tú eras la única que hablaba por ese teléfono.

– ¿Por el…? No puedo creerlo, Michael. Después de todo lo que te he… ¿Quién te contó ese cuento? ¿Nora?

– A ella no la metas en esto.

– No me digas lo que tengo que hacer. Da igual lo que vieras hacer a Simon, el mundo no se ha confabulado contra ti. Sabes perfectamente cómo funciona aquí el sistema, sigue siendo el gobierno federal. Puede que las líneas se cruzaran cuando estuvieron arreglándolo.

– Y puede que haya estado así todo el tiempo.

– ¡Deja de decir eso!

– Entonces dime la verdad.

– ¡Ya te la he dicho, coño!

– ¿Y ya está? ¿Las líneas eran distintas y cuando las arreglaron la última vez cruzaron la tuya con la mía?

– ¡No sé qué más quieres que te diga! ¡Yo no lo sabía!

– ¿Y nunca estuviste escuchando?

– ¡Nunca! ¡Ni una sola vez!

Ver cómo se pone furiosa no me facilita las cosas.

– ¿Entonces puedo aceptar tu palabra?

– Michael, soy yo -dice dando unos pasos hacia mí.

– Contesta la pregunta.

Sigue sin poder creerlo.

– Yo nunca te mentiría -insiste-. Nunca.

– ¿Estás segura?

– Lo juro.

Ella se lo ha buscado. La miro directamente a los ojos y se lo suelto:

– Entonces, ¿por qué no me contaste que Caroline tenía tu expediente?

Pam se queda clavada en el sitio. Es demasiado lista para acercarse más.

– Venga, Pam, ahora eres un pez gordo, ¿qué responde el pez gordo?

Se niega a responder y aprieta la mandíbula en silencio.

– Te he hecho una pregunta.

Más silencio.

– ¿Has oído lo que te he dicho, Pam? Te pregunté…

– ¿Cómo averiguaste que lo tenía? -su voz es apenas algo más que un susurro-. Dime quién te lo dijo.

– No importa quién me lo dijo, pero…

– ¡Quiero saberlo! -exige-. Fue Nora, ¿verdad? Siempre anda revolviendo…

– Nora no ha tenido nada que ver. Y aunque lo hubiera tenido, eso no cambia las cosas. Así que, ¿por qué tenía Caroline tu expediente?

Empieza a pasear por la antesala y se apoya contra la mesita del fax. Se inclina hacia adelante, se pone una mano en un costado como si le doliera el estómago. Es una postura fetal en vertical.

– Sabía que era ella -dice-. Lo sabía.

– ¿Sabías que era quién?

– Caroline. Era la que tenía acceso. Sólo que yo no quería creérmelo.

– No te entiendo. ¿Qué hay en el expediente?

– En el expediente no hay nada. No era así como trabajaba.

– Deja ya de ser tan críptica, Pam, y dime qué coño hacía.

– Doy por hecho que sacaba aparte la letra pequeña. Era lo que mejor hacía. Quiero decir, no es como si en tu expediente dice «hijo movió hilos para padre retrasado». Probablemente ella simplemente se dio cuenta de que las instituciones en que estaba tu padre eran residencias de grupo. Con un poquito más de trabajo de investigación, ya tenía todo lo que necesitaba.

– ¿Y entonces qué es lo que había en tu letra pequeña?

– Tienes que comprenderlo, fue nada más empezar, todavía estaba…

– Dime lo que hiciste -insisto.

Hace una pausa, cierra el puño y se golpea suavemente con los nudillos varias veces en la mejilla. Penitencia.

– ¿Me prometes que no se lo contarás a nadie?

– Pam…

Me conoce perfectamente. Al final, pregunta:

– ¿Te acuerdas de en qué estaba trabajando Caroline cuando yo llegué?

Me quedo pensando unos segundos y luego niego con la cabeza.

– Una pista, cuando Blake anunció que dimitía…

– … Kuttler fue nominada. Iba a ocupar el puesto de Blake en el Tribunal Supremo.

– Eso es -dice Pam-. Y ya sabes lo que pasa cuando un magistrado renuncia a su puesto. Cualquier abogado que se precie empieza a pensar que es el más guapo. Así que cuando el Gabinete empezó a revisar en la lista de nominados, nos tocó a nosotros hacer las comprobaciones. Por esa misma época me cayó el primer plazo del crédito escolar para la Facultad de Derecho. Tenía un crédito de noventa mil dólares, o sea que más de mil dólares al mes. Añádele a eso el primero y el último mes de alquiler del apartamento al que acababa de trasladarme, más el depósito de la fianza, más los plazos del coche, más el seguro, más la tarjeta de crédito, más el hecho de que tardas un mes en cobrar la primera paga… llevaba aquí nueve días en total y ya estaba hasta el cuello. Y de pronto, se pone en contacto conmigo una periodista del Washington Post que se llama Inez Cotigliano.

– Ésa es la chica que…

– Ya sé quién es, Michael. Vivía en la habitación de al lado en mi último año de universidad.

– Así que eres tú la que…

– Nunca le dije nada de ti, lo juro por la vida de mi madre. Bailamos aquella vez y nada más. Créeme, para mí fue más que suficiente.

– Te escucho -le digo, cruzando los brazos.

– De todos modos, como yo revisaba a todos los posibles nominados para el Supremo, Inez, como cualquier reportero hambriento de esta ciudad, intentaba descubrir quiénes estaban en la lista restringida.

– Pam, no me digas que tú…

– Me ofreció cinco mil dólares por confirmarle que Kuttler era la que estaba mejor situada. Yo no sabía qué otra cosa hacer. Todo iría bien en cuanto empezaran a venir los cheques del sueldo, pero para eso faltaban tres semanas -mientras cuenta la historia, rehúsa mirarme.

– ¿Y entonces el Post adelantó el dinero?

– ¿El Post? Nunca lo hubieran permitido. Todo venía del bolsillo de Inez, se moría por tener algo grande. Su padre está metido en fondos de inversión en Connecticut. Su familia tiene la patente de la Aspirina o de algo así de absurdo.

– Pero eso era información confidencial.

– Apareció el peor día de mi vida, Michael. Y por si esto te hace sentirte mejor, yo me sentía tan destrozada por el remordimiento que acabé devolviéndole todo el dinero. Tardé casi un año.

– Pero ella tuvo la infor… -Me corto en seco. Juzgar es muy fácil; basta coger la maza. La única pega es que yo sé lo que es que te machaquen los dedos-. Debió de ser un gran día para Inez.

– Su primer trabajo en primera página, en la parte inferior, pero en la Al: «Hartson se queda con tres: Kuttler va primera.» Pero no importaba. El Herald les ganó la baza. Sacaron una historia parecida el mismo día, lo que supongo que significa que yo no era la única que filtraba cosas.

– Eso no es más que buscar excusas y tú lo sabes.

– No llegué a darle nada concreto; sólo le dije quién estaba mejor situado.

– Entonces, ¿qué pasó? ¿Caroline lo descubrió?

– Tardó menos de una semana -dice Pam-. Al repasar mi expediente, probablemente se fijó en la conexión. Inez Cotigliano. Vecina en el colegio. Periodista nueva. En cuanto lo descubrió, podía haberme despedido, pero su norma era mantener a su alrededor a la gente con problemas y cobrar por sus secretos. Y en cuanto quise darme cuenta, estaba atrapada en su red.

– ¿Cómo lo hacía?

Por primera vez desde que empezamos a hablar, Pam me mira. En sus ojos se ve el miedo a ser juzgada.

– ¿Cómo lo hacía? -repito.

– Cuatro días después de publicarse la noticia, recibí un anónimo pidiéndome que pagara diez mil dólares. En dos pagos. Con seis meses de diferencia. -Con aspecto cansado, se sienta-. Me pasé varios días sin dormir. Cada vez que cerraba los ojos, te aseguro, todavía lo veo: todo aquello por lo que había luchado colgando justo allí delante de mí. Y me encontraba tan mal que empecé a escupir sangre. Pero al final… no había manera de impedirlo… y no podía permitirme empezar de nuevo. -Se tapa los ojos con las manos y se frota la parte alta de la frente haciendo círculos lentos, tensos-. Dejé el dinero en una taquilla de Amtrack en la estación Union.

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