Brad Meltzer - Los Pasadizos Del Poder

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Sombra es el nombre en clave que el Servicio Secreto ha dado a Nora Hartson, la hija del Presidente de Estados Unidos, una de las mujeres más vigiladas del mundo. Michael Garrick, un joven abogado del Departamento de Presidencia, empieza a salir con Nora sin tener en cuenta que ella también es Sombra y que mil ojos se posan sobre ambos. Una noche presencian algo que no deberían haber visto y quedan atrapados en una trama secreta urdida por alguien muy poderoso. Ambos jóvenes se convierten en un estorbo para quienes han hecho de la corrupción política el medio habitual para conseguir sus fines.

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– ¿Está diciendo que así murió Caroline? ¿Por una mezcla de Quarnil y Sudafed?

– Es sólo una teoría -dice sin mucha convicción.

Le lanzo una mirada.

– Había Sudafed disuelto en su café -explica Adenauer-. Una docena de pastillas, a juzgar por la potencia de la muestra que sacamos. Ella ni se enteró.

– ¿Y el Quarnil?

– Llevaba años tomándolo. Desde que empezó a trabajar aquí. -Hace una pausa-. Quienquiera que hiciera esto había hecho sus deberes, Michael. Sabían que tomaba Quarnil. Y tenían que tener algo más que nociones básicas de fisiología.

– ¿Así que ésa es su gran teoría? ¿Cree que me enseñaron eso en Michigan? «Veneno 101: cómo matar a sus amigos con productos caseros.»

– Eso lo dice usted, no yo.

Los dos sabemos que es una teoría chapuza, pero si ha estado repasando mi expediente de la universidad, quiere decir que están destripando mi vida entera. Duro.

– Llevan un camino equivocado -le digo-. Yo no ando jugando con drogas. Nunca lo he hecho y nunca lo haré.

– Entonces, ¿qué estaba haciendo ayer en el zoo? -Esto es lo que estaba esperando. Entro directamente al trapo.

– Viendo los monos -digo-. Es sorprendente lo de ahora, todos llevan walkie-talkies.

Mueve la cabeza con desaprobación paternal.

– No tiene ni idea de con quién anda en tratos, ¿verdad? Vaughn no es simplemente un matón de pueblo. Es un asesino.

– Sé lo que me hago.

– Yo no estoy tan seguro. Lo cortaría en rebanadas sólo por divertirse. Ya ha oído lo que le hizo a su compinche Morty, una cuerda de piano por el…

– No creo que fuera él.

– ¿Eso es lo que le dijo Vaughn?

– Es sólo una teoría -digo.

Se levanta del sofá y viene hacia mi mesa.

– Déjeme que le pinte un cuadrito, Michael. Usted y Vaughn están al borde de un precipicio. Y la única salida para ponerse a salvo es un puente movedizo de bambú que cruza al otro lado. El problema es que el puente sólo resiste el paso de una persona más. Y después se vendrá abajo, caerá al cañón. ¿Sabe qué viene después?

– Déjeme adivinarlo: Vaughn cruza corriendo.

– No. Lo apuñala por la espalda, coge su cantimplora, le vacía la cartera y después cruza corriendo. Y partiéndose de risa.

– Es una analogía de lo más rebuscado.

– Sólo intento ayudarlo, Garrick. De veras. Según los testigos, usted fue el último que la vio. Y según el informe de tóxicos, la mató alguien que sabe de drogas. Y según los registros del SETV, usted autorizó la entrada de Vaughn. Así que no me importa qué arreglito tiene con Nora, de cualquier modo, los tengo a él y a usted relacionados. Y al borde del precipicio. ¿Qué quiere hacer?

No contesto.

– Lo que ellos le digan son embustes. Usted les importa un bledo, Michael.

– ¿Y a usted no?

– A pesar de lo que se cree, no quiero verlo tirar su vida por la borda en este asunto, me inspira respeto cómo llegó hasta aquí. Pónganoslo fácil y le prometo que yo se lo pondré fácil a usted.

– ¿Qué quiere decir con «ponerlo fácil»?

– Ya sabe qué andamos buscando. Probar la relación de Nora con Vaughn, consumidor de drogas con traficante de drogas con muerte relacionada con drogas. Denos eso y listos.

– Pero si no…

– No me diga que no se conocen, estoy harto de esa mierda. Si usted no nos facilita relacionar a Nora con Vaughn, entonces utilizaremos la relación de Vaughn con usted.

– ¿Aunque sepan que no es verdad?

– ¿Que no es verdad? Garrick, la única razón por la que estoy retrasando tanto esto es porque se trata de la hija del Presidente, y las evidencias tienen que ser a prueba de bomba. Si no puedo pillarla a ella, sin embargo, ya se lo he dicho, estaría encantado de empezar con usted. Mire, una vez que todo salga a la luz y la prensa se entere de con quién anda ligando no hace falta ser un genio para adivinar el resto. Puede que así nos lleve un paso de ventaja, pero Nora no irá a ninguna parte. -Aprieta las puntas de los dedos con fuerza hacia mi mesa y se inclina hacia mí-. Y a menos que nos dé esa pista, usted tampoco.

Se aparta. Me he quedado sin habla.

– Todavía puedo ayudarlo, Michael. Tiene usted mi palabra.

– Pero si yo…

– ¿Por qué no lo piensa esta noche? -sugiere. No me cambia el plazo, pero yo sigo necesitando aplazarlo, hasta después de reunirme a mediodía con Vaughn.

– ¿No puede darme por lo menos hasta mañana a última hora? Hay una última cosa que quiero preguntarle a Nora. Si tengo razón, lo entenderá usted. Si estoy equivocado y no saco nada… puede usted ponerme un buen lazo rojo y yo me ofreceré personalmente a la prensa.

Se toma un momento para pensarlo. Una promesa con resultados reales.

– Mañana a las cinco -dice finalmente-. Pero recuerde lo que le he dicho: Vaughn sólo está buscando otro primo. En cuanto lo tenga a usted bien pillado, se escabullirá.

Asiento con la cabeza mientras él se va hacia la puerta.

– Lo veré mañana a las cinco.

– A las cinco en punto. -Está a punto de irse cuando se gira con la mano todavía en el pomo de la puerta-. Por cierto -dice-. ¿Qué le ha parecido Nora en «Dateline»?

Se me hace un nudo en la garganta al sentir que tensa el dogal.

– ¿Por qué lo pregunta?

– Por nada. Estuvo muy bien, ¿eh? Nunca se hubiera dicho que estaban ya en el margen de error… y fue como si fuera ella la que mantuviera a toda la familia unida.

Escudriño sus ojos, intentando leer entre líneas. No tiene ningún motivo para sacar a relucir las encuestas.

– Ella es fuerte cuando tiene que serlo -digo.

– Entonces supongo que eso quiere decir que no necesita mucha protección -y antes de que pueda responder, añade-: claro que tal vez lo haya entendido al revés. En esto de los medios siempre parece que las cosas son mejores de lo que son, ¿no cree? -Y con un movimiento de cabeza cómplice, se gira hacia la antesala, cierra el interruptor de la luz y sale. La puerta da un golpe tras él.

A solas en la oscuridad, me repito las últimas palabras de Adenauer. Aunque a los dos nos siguen faltando algunas piezas, él tiene las suficientes para hacerse el cuadro. Por eso ha tomado una decisión: haga yo lo que haga, para mí se ha acabado. Ahora la única cuestión es saber a quién voy a arrastrar conmigo.

Después de que se haya marchado espero un minuto entero antes de ir hacia la puerta. Al margen de lo que digan los horarios, a la hora de hacer viajes casi nada se hace a la hora. Si van con retraso, todavía puedo pillarla. Voy por mi camino habitual y cruzo hacia el Ala Oeste. Pero en cuanto me da el aire de la noche, sé que ando muy corto. No hay centinela de la infantería de marina plantado bajo la luz exterior del Vestíbulo Oeste. El Presidente no está en el Despacho Oval. Atravieso a toda velocidad la Columnata Oeste y entro volando en el corredor de la Planta Baja. Mientras corro oigo aplausos y vítores que resuenan por el pasillo. Muy a lo lejos se oye el resoplido de un tren de vapor. Primero despacio, luego de prisa. Más de prisa. Va cogiendo velocidad, como a latidos. Rechinando. Zumbando. El helicóptero.

A la mitad del pasillo giro bruscamente a la derecha para entrar en la Sala Diplomática y me doy de bruces con la última persona que esperaba encontrar en una despedida.

– ¿Adonde te diriges? -pregunta Simon sin sorpresa en la voz.

Se me tensa la mandíbula. No puedo evitar imaginármelo con Nora en el asiento de atrás. Aun así, lo rechazo.

– A ver la salida.

– ¿Desde cuándo eres un turista?

No contesto. Necesito que me lo diga ella. Me giro y paso rodeándolo. Él me coge por el brazo. Es una presa firme.

– Llegas demasiado tarde, Michael. No puedes detenerlos.

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