Brad Meltzer - Los Pasadizos Del Poder

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Sombra es el nombre en clave que el Servicio Secreto ha dado a Nora Hartson, la hija del Presidente de Estados Unidos, una de las mujeres más vigiladas del mundo. Michael Garrick, un joven abogado del Departamento de Presidencia, empieza a salir con Nora sin tener en cuenta que ella también es Sombra y que mil ojos se posan sobre ambos. Una noche presencian algo que no deberían haber visto y quedan atrapados en una trama secreta urdida por alguien muy poderoso. Ambos jóvenes se convierten en un estorbo para quienes han hecho de la corrupción política el medio habitual para conseguir sus fines.

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– ¡Para ya de decir cómo tengo que sentirme! ¡Tú no eres el dueño de mis procesos mentales!

Se apoya en el respaldo en silencio y me concede un segundo para tranquilizarme.

– No la tomes conmigo, Michael. Yo no tengo la culpa de que no encontrases a Pam.

– ¡Oh! ¿Así que tú no eres el que metió doscientos trepas detrás del flautista de vainilla glaseada?

– No era glaseado, era cobertura. Es distinto.

– ¡No hay diferencia!

– Tendría que haber diferencia, sólo que nosotros dos no la sabemos.

– ¡Deja de joder, Trey! ¡Estás empezando a cabrearme!

En vez de contestarme con otro grito, empieza a frotarse la cabeza. Con intensidad media, más bien como modo de contenerse. Otro que no fuera tan buen amigo ya estaría en la puerta. Trey se queda donde está. Al cabo de un momento, le miro al otro lado de la mesa.

– No pretendía…

Baja la mirada a sus rodillas y se saca algo del cinturón. Su busca suena.

– ¿Algo importante? -le pregunto.

– Falta una hora para «Dateline». Quieren que esté allí para hacer los preparativos.

Asiento con la cabeza y él se va hacia la antesala.

– Cuando vuelva, nos sentaremos y lo pensaremos -me promete.

– No te preocupes -digo yo-. Todo irá bien.

Trey se para en la puerta y se vuelve.

– Nunca he dicho que no.

Doy otra media hora a Pam para contestar otros dos buscas. No contesta. En este punto, tendría que considerar que ya es de noche, pero lo que hago es poner la CNN para echar un último vistazo a las noticias de hoy. Todo el día han tenido como historia principal la entrevista de «Dateline», pero cuando la imagen se estabiliza, me veo mirando un clip del mitin de Bartlett de hoy. Sea donde sea, el local está enloquecido: saltos, gritos, chillidos de entusiasmo y pancartas caseras. Cuando aparece un texto que dice Miami, Florida, casi me caigo de espaldas. El estado de Hartson. Es una jugada arriesgada de Bartlett, pero parece que le está dando resultado. No sólo consigue que la prensa cubra su enfrentamiento, sino que, comparado con la semana pasada, su música suena más fuerte, tiene más gente y, como dice la presentadora: «Cuando terminó todo, se quedó allí y estuvo casi una hora entera estrechando manos.» Ahora sé que tenemos problemas. Los candidatos sólo se quedan cuando el resultado es bueno.

Apago la tele y decido ir a la Sala de Recepciones Diplomáticas, donde el trabajo de Trey con «Dateline» se está preparando para arrancar. Cualquier cosa que Bartlett pretenda, la entrevista de esta noche sigue siendo el juego más importante de la ciudad. Así que, ¿por qué verlo por televisión si Trey puede dejarme verlo en directo? Además, después de lo que dijo Nora antes, le vendrá bien algún apoyo.

Desde el fondo oeste del corredor de la Primera Planta veo que, como de costumbre, no soy el único que ha tenido esa idea y ya se va reuniendo un nutrido grupo de funcionarios. Salir en directo desde la Casa Blanca no es tarea pequeña, y por el modo en que todos corren arriba y abajo, tenemos el circo habitual. Atisbo por encima del hombro del tipo que tengo delante y tengo una primera impresión del decorado.

El fondo cálido lo da el empapelado de la sala -paisajes norteamericanos del siglo XIX- y el plato se monta en torno a dos sofás y un sillón antiguo. Pero en vez del sofá frío con respaldo de madera que suele estar en la Sala Diplomática, han puesto dos más cómodos y confortables que, si la memoria no me falla, vienen de la segunda planta de la residencia. Tiene que parecer una familia auténtica. Que nadie -ni los padres, ni los hijos- se sienta solo.

Rodeando la sala de estar improvisada hay cinco cámaras separadas que forman un amplio semicírculo (el pelotón de fusilamiento del siglo XXI). Más allá de las cámaras, al otro lado de los montones de cables negros que zigzaguean por el suelo, el Presidente y la señora Hartson están charlando con Samantha Stulberg y una mujer de treinta y muchos, con clase y vestida toda de negro y con sombrero. La productora. Hartson lanza una sonora carcajada: ha hecho su último envite para que la entrevista tenga un buen enfoque. Miro mi reloj y comprendo que aún faltan diez minutos. Esto es importante para él. Si no fuera así, no habría bajado tan pronto.

Al fondo, en medio de la gente de sonido, los cámaras y las maquilladoras, descubro a Trey hablando por teléfono. Con expresión angustiada, casi de pánico, se acerca al hermano de Nora, Christopher, que se ha sentado en su sitio del sofá. Hasta que Trey se pone a susurrarle algo al oído, no me percato. El Presidente, la señora Hartson, Christopher, sus ayudantes, el equipo de televisión, la productora, la entrevistadora, los técnicos del satélite… todos están aquí. Todos menos Nora.

Cuando termina con Christopher, Trey va de puntillas hasta la Primera Dama y le da un golpecito en el hombro por detrás. Hace un aparte con ella pero no puedo oír lo que le dice. Pero la cara de la Primera Dama lo dice todo. Durante un mínimo, casi inapreciable nanosegundo, se pone roja de ira y luego -casi igual de de prisa- vuelve a sonreír. Sabe que aquellas cámaras la enfocan; hay un tipo con una de mano que graba para unas noticias locales. Tiene que mantener la calma. Aun así, consigo leer desde donde estoy lo que rugen sus labios.

– Encuéntrala.

Trey sale andando con calma de la habitación, la cabeza alta, abriéndose paso entre nosotros. Nadie le presta demasiada atención, todos están mirando a POTUS, pero en cuanto me ve, Trey me lanza esa mirada. Esa mirada de esto-me-va-a-producir-disfunciones-sexuales-y-estoy-muy-asustado. Me separo del grupo y caigo justo detrás de él. Cuanto más se aleja por el pasillo, más rápido va.

– Por favor, dime que sabes dónde está -susurra con el mismo paso rápido.

– ¿Cuándo fue la última vez que…?

– Dijo que iba al baño. Nadie la ha visto desde entonces.

– Entonces si fue al…

– Eso fue hace media hora.

Miro a Trey en silencio. Cuando cruzamos las puertas de la Columnata Oeste se echa a correr.

– ¿Has mirado en su habitación? -pregunto.

– Eso es lo que estaba haciendo por teléfono. Los guardias del ascensor dijeron que no había subido.

– ¿Y los del Servicio Secreto? ¿Se lo has notificado?

– Michael, estoy intentando convencer a un equipo de quince personas de «Dateline» y a cien millones de espectadores de que Hartson y su familia son los clones de los Nelson, la familia perfecta de la tele. Si aviso al Servicio Secreto, organizarán una caza del hombre. Además, llamé a mi amigo el de la Puerta Sureste y, según él, Nora no ha salido del recinto.

– Lo que significa que está en el EAOE o en las dos primeras plantas de la mansión.

– Hazme un favor y mira en tu despacho -dice Trey.

– Yo vengo ahora de allí. Y ella no…

– ¡Compruébalo! -dice susurrando con la frente cubierta de gotas de sudor.

Entramos en el Ala Oeste y Trey sale disparado hacia el Despacho Oval. Yo continúo rápido hacia el EAOE y compruebo la hora. Faltan ocho minutos. Me doy la vuelta para correr marcha atrás y le pregunto:

– ¿Cuánto dura el…?

– Hay un minuto de introducción, treinta segundos de créditos y dos minutos de grabación de la fiesta de cumpleaños -le tiembla la voz-. Michael, ya sabes las cifras. Si esto se convierte en una crisis…

– La encontraremos -digo, y empiezo a correr-. Te lo prometo.

CAPÍTULO 27

Empujo con fuerza la puerta de la antesala, que da un golpe contra la pared.

– ¡Nora! ¿Estás ahí?

No hay respuesta.

Continúo adelante y abro la puerta de mi despacho.

– ¿Nora?

Tampoco hay respuesta. Lo compruebo yo mismo. Sofá, mesa, chimenea, sofá. No se ve a nadie. Quedan siete minutos.

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