Coincidimos en algunas cenas para las celebraciones, Robin y yo nos reíamos y brindábamos por ellos, y eso era todo.
Cuando llegué a las puertas correderas de cristal, puse mi mejor cara de doctor. Me había vestido para el juicio con un traje azul de raya diplomática, camisa blanca, corbata amarilla y zapatos relucientes. El recepcionista apenas me miró.
Urgencias estaba tranquilo, algunos pacientes ancianos, languideciendo en camillas, ni tensión ni trazos de tragedia en el aire. Me acerqué al mostrador de pacientes y encontré a Rick caminando hacia mí, flanqueado por un par de residentes. Llevaban unos uniformes de hospital salpicados con algo de sangre y Rick una bata blanca larga. Los residentes llevaban unas chapitas. Rick no; todo el mundo sabe quien es.
Cuando me vio, les dijo algo a los demás y se marcharon.
Se acercó al lavabo y se restregó con Betadine, extendió la mano y me llamó:
– Alex.
Siempre tengo cuidado de no apretar demasiado los dedos que suturan vasos sanguíneos. El apretón de Rick fue la combinación habitual de firmeza y tentativa.
Su cara larga y delgada estaba coronada por finos rizos grises. Su bigote militar se conservaba marrón, pero las puntas habían desaparecido. Bastante elegante pero mejorable; sigue frecuentando el solárium. El tono de bronceado de hoy parecía reciente, puede que de una sesión a mediodía, en lugar de la comida.
Milo mide entre uno ochenta y cinco y uno noventa, dependiendo de cómo su humor afecte a su postura. Su peso está alrededor de los ciento ocho kilos, que es mucho. Rick llega al uno ochenta, pero a veces parece tan alto como Milo, el chicarrón le llamamos, porque siempre tiene la espalda recta y no pasa nunca de los setenta y ocho kilos.
Hoy le vi un poco encorvado, nunca antes lo había notado.
Dijo:
– ¿Qué te trae por aquí?
– Me he dejado caer para verte.
– ¿A mí? ¿Qué pasa?
– Patty Bigelow.
– Patty -repitió, mirando al cartel de salida-. Me vendría bien un café.
***
Nos servimos de la cafetera de los médicos y caminamos hasta una sala de reconocimiento vacía que olía a alcohol y metano. Rick se sentó en la silla del médico y yo me senté en la mesa.
Se dio cuenta de que el rollo de papel de la mesa necesitaba ser cambiado y dijo:
– Aparta un segundo.
Lo arrancó. Puso uno nuevo, lo sacudió y se lavó las manos de nuevo.
– Así que Tanya te ha llamado. La última vez que la vi fue apenas unos días después de la muerte de Patty. Necesitaba una mano para recoger los efectos personales de Patty, estaba con la burocracia del hospital, pero incluso después de ayudarla, me dio la impresión de que quería hablar de algo. Le pregunté si necesitaba algo más, me dijo que no. Luego, pasada una semana, me llamó por teléfono, me preguntó si aún ejercías o si trabajabas en exclusiva para la Policía. Le dije que por lo que sabía, siempre estabas disponible para antiguos pacientes. Me dio las gracias y de nuevo, tuve la impresión de que se contenía. No te dije nada por si ella no seguía adelante. Me alegro de que lo haya hecho. Pobre chiquilla.
– ¿Qué tipo de cáncer tuvo Patty? -pregunté.
– Pancreático. Para cuando se lo diagnosticaron, había afectado a todo el hígado. Un par de semanas antes, noté que tenía mal aspecto, pero Patty a medio gas rendía más que la mayoría de gente a toda máquina.
Rick parpadeó.
– Cuando vi que estaba ictérica, le insistí para que se lo examinara. Tres semanas más tarde nos abandonó.
– Hay criminales de guerra nazis que llegan hasta los noventa y ella muere. -Se masajeaba una mano con la otra-. Siempre imaginé a Patty como una de esas intrépidas mujeres colonizadoras que pueden cazar un visón o cualquier otra cosa, despellejarlo, carnearlo, cocinarlo y convertir los despojos en algo útil.
Se estiró uno de los párpados.
– Todos estos años trabajando con ella y no pude hacer nada para cambiar el final. Le conseguí la mejor oncóloga que conozco y me aseguré de que Joe Michelle, nuestro anestesista jefe, tratara personalmente el dolor.
– ¿Pasaste mucho tiempo con ella al final?
– No tanto como hubiera debido -dijo-, pasaba de vez en cuando, tuvimos alguna pequeña conversación y me echó. Se lo reproché para asegurarme de que de verdad quería que me fuera. Quería.
Se tiró del bigote.
– Durante todos estos años fue mi enfermera, pero aparte de algún café de forma ocasional en esta cafetería, nunca tuvimos mucho trato, Alex. Cuando entré, era uno de esos que solo pensaban en el trabajo, nada de bromas. Mis empleados se las arreglaron para hacerme ver que mis formas eran un error y amplié mi vida social. Celebración de fiestas, una lista con el cumpleaños de cada persona para asegurarme de que hubiera siempre pasteles o flores, todo este tipo de cosas para subir la moral del personal. -Sonrió-. Un año, en la fiesta de Navidad, el chicarrón aceptó ser Santa Claus.
– Vaya imagen.
– «Ho, ho, ho», refunfuñaba. Gracias a Dios no había niños que se sentaran en su regazo. Lo que quiero decir, Alex, es que Patty no estaba ni en esa fiesta ni en ninguna otra. Siempre se iba directa a casa cuando acababa su turno de trabajo. Cuando intentaba convencerla de algo diferente, solo conseguía un «Te quiero, Richard, pero me necesitan en casa».
– ¿La responsabilidad de una madre soltera?
– Eso creo. Tanya era la única persona a la que Patty permitía estar en su habitación en el hospital. Los adolescentes parecen más dulces. Estaba en el curso de preparación para empezar Medicina, pensaba en psiquiatría o neurología. Puede que le causaras buena impresión.
Se levantó, extendió los brazos sobre la cabeza. Se volvió a sentar.
– Alex, la pobre chiquilla no tiene ni veinte años y ya está sola. -Cogió el café, miró dentro de la taza, no bebió-. ¿Hay alguna razón por la que te hayas molestado en venir hasta aquí?
– Pensaba que a lo mejor había algo sobre Patty que debiera saber.
– Cayó enferma, murió, es un asco -dijo-. ¿Por qué me da la impresión de que esto no es lo que andas buscando?
Consideré cuánto debía contarle. Técnicamente, podía considerarlo como un médico de referencia. O no.
– El deseo de Tanya de verme no tiene nada que ver con el dolor -le dije-, quiere hablar sobre «algo terrible» que Patty confesó in extremis.
Movió la cabeza hacia delante.
– ¿Qué?
– Eso es todo lo que me ha dicho por teléfono. ¿Tiene algún sentido para ti?
– A mí me suena ridículo. Patty era la persona más moral que he conocido. Tanya está estresada. La gente dice todo tipo de cosas cuando está bajo presión.
– Podría ser.
Reflexionó durante un instante.
– Puede que ese «algo terrible» sea que Patty se sentía culpable por dejar a Tanya. O simplemente decía tonterías por lo enferma que estaba.
– ¿La enfermedad afectó su cognición?
– No me extrañaría, pero no es mi campo. Habla con su oncóloga. Tziporah Ganz.
Sonó su busca y leyó el mensaje de texto:
– Unidad de urgencias del Beverly Hills, llegada de infarto en breves momentos… Debo ir a intentar salvar una vida, Alex.
Me acompañó hasta las puertas de cristal y le agradecí su tiempo.
– Por lo que a mí respecta, estoy seguro de que todo este melodrama se quedará en nada. -Encogió los hombros-. Pensaba que el chicarrón y tú estaríais metidos en el juzgado por el resto del siglo.
– El caso se cerró esta mañana. Sorprendentemente se ha declarado culpable.
El busca sonó de nuevo.
– Puede que sea él dándome las buenas noticias… no, más datos de la ambulancia… varón de ochenta y seis años con pulso casi inexistente… al menos hablamos de alguien que ha disfrutado de toda una vida.
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