Michael Connelly - Luna Funesta

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C. Black desea cerrar su historial delictivo para siempre. Trabaja en un concesionario de automóviles de Los Ángeles, pero un hecho inesperado le obliga a jugárselo todo a una carta. Necesita dar un golpe final que le permita realizar el último sueño. Para ello recurre a Leo Renfro, un amigo de los viejos tiempos que le propone participar en un gran robo en Las Vegas. Cassie cree que con su experiencia como ladrona de guante blanco logrará salir airosa de la operación.

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Cuando por fin llegó a la planta del casino, hizo una pausa para memorizar el local, siempre evitando mirar a las cámaras que vigilaban desde arriba. Un miedo visceral se apoderó de ella. No era por el trabajo que tenía por delante esa noche, sino por el recuerdo de la última noche que había pasado en el casino del Cleopatra, la noche en la que todo en su vida se había alterado con lo permanente de la muerte.

El casino no le pareció cambiado: el mismo diseño, jugadores intercambiables en pos de sueños desesperados. La cacofonía de dinero y máquinas y voces humanas de alegría y angustia era casi ensordecedora. Cassie se sobrepuso y siguió adelante, abriéndose paso a través de un campo de fútbol lleno de tragaperras y mesas de juego de fieltro azul. Era consciente de que todos sus movimientos se grababan desde lo alto, por eso mantenía la cabeza recta, cuando no ligeramente inclinada hacia el suelo. Se bajó el ala ancha del sombrero sobre las cejas.

Las gafas del drugstore completaban su camuflaje. Tenía el cuero cabelludo caliente y húmedo bajo la peluca, pero sabía que habrían de pasar horas antes de que pudiera sentir algún alivio.

Mientras recorría los pasillos de jugadores de cartas y dados, vio a bastantes hombres, y también alguna mujer, con el uniforme azul de los vigilantes de seguridad del casino. Daban la sensación de estar clavados en cada una de las columnas y al final de cada una de las filas de mesas. Vio señales que conducían al vestíbulo y las siguió. Miró hacia arriba en un momento, pero sin levantar la barbilla.

El techo se elevaba en un atrio acristalado, tres pisos por encima de las mesas de juego. La primera vez que abrió sus puertas, hacía siete años, el Cleopatra había sido bautizado como la «catedral de cristal de los casinos», en referencia a la imitación del atrio y otros elementos de una casa del Señor de California que estaba de moda en los programas de televisión religiosos. Bajo el techo parcialmente acristalado, las vigas de hierro se extendían de pared a pared y sostenían filas de luces y cámaras. Una peculiaridad del Cleopatra era que permitía que la luz natural penetrara en la sala de juego. Tampoco se esforzaban en ocultar las cámaras que lo vigilaban todo desde lo alto. Otros casinos preferían la luz artificial y situaban las cámaras detrás de espejos y globos de techo, aunque ninguno de los jugadores dudaba que todos y cada uno de los movimientos que realizaban, así como el dinero que se movía en las mesas, era vigilado de cerca.

La platea alta, que se extendía como dos brazos unidos sobre las mesas de juego, atrajo la mirada de Cassie. En sus extremos formaban algo parecido a la cofa de un barco: la atalaya desde la que un hombre de facciones curtidas observaba la planta de juego. Tenía el pelo blanco y vestía un traje oscuro, en lugar del blazer azul. Cassie supuso que sería una de las personas a cargo del local, quizás el jefe en persona, y no pudo evitar preguntarse si había ocupado aquella suerte de púlpito seis años antes, la última noche en que ella había estado en el casino.

Pasadas las mesas, Cassie llegó al vestíbulo y se dirigió al extremo del largo mostrador, donde se hallaba el cartel de invitados y vips. No había nadie haciendo cola. Se aproximó y le sonrió una mujer que vestía algún tipo de túnica, cuyo aspecto sólo era vagamente egipcio.

– Hola -dijo Cassie-. Tendría que haber un paquete para mí aquí. El nombre es Turcello.

– Un momento.

La mujer se alejó del mostrador y retrocedió hasta una puerta situada a su espalda. Cassie sintió que su respiración se tornaba más lenta y que la atenazaba la paranoia del ladrón. Si todo había sido una trampa, era el momento de que los hombres del blazer azul salieran por esa puerta para detenerla.

Pero quien salió fue la mujer de la túnica. Llevaba un sobre grueso con el logo del Cleopatra -un dibujo de línea del perfil de una mujer, con una serpiente que se elevaba en el tocado- y se lo tendió con una sonrisa.

– Muchas gracias -dijo la empleada.

– No, gracias a usted -replicó Cassie.

Se llevó el paquete sin mirarlo siquiera hasta una zona de teléfonos públicos. No había nadie hablando. Fue hasta el teléfono de la esquina y se acurrucó cerca del aparato, utilizando su espalda para ocultar a cualquier persona o cámara lo que estaba haciendo.

Cassie rasgó el sobre y vació el contenido en el mostrador de mármol situado bajo el teléfono. Un busca negro con pantalla digital cayó junto con una llave magnética, una fotografía y una nota arrancada de uno de los blocs del Cleopatra. Cassie examinó brevemente el busca y se lo colocó en el cinturón. Luego, deslizó la llave magnética en el bolsillo trasero de sus vaqueros negros y leyó la nota.

Ático Euphrates

Él: 2014

Tú: 2015

Devuelve el sobre con todo su contenido al mostrador VIP

Cassie sintió un nudo en el estómago al leer la primera línea. Apoyó la cabeza en el teléfono. Conocía la última planta de la torre Euphrates: era el lugar en el que habían muerto sus sueños y sus esperanzas. Una cosa era volver a Las Vegas, otra volver al Cleo. Pero regresar al ático… Cassie sintió la necesidad de echar a correr, pero se recordó todo lo que estaba en juego. Había llegado muy lejos para abandonar en ese punto.

Trató de pensar en otra cosa. Volvió a mirar la nota y agarró la llave magnética. Una sola tarjeta para dos habitaciones, eso implicaba que se trataba de una llave maestra y explicaba la última instrucción de la nota. La tarjeta debía ser devuelta porque probablemente había que dar cuenta de todas las llaves maestras. Si se llevaba a cabo una investigación después del delito que estaba a punto de cometer, se realizaría un inventario de las llaves maestras.

Arrugó la nota en una mano y miró la foto. Se veía una mesa de bacará con un único jugador: un individuo obeso vestido con traje y una alta pila de fichas ante sí. Diego Hernández. La fecha y la hora estampadas en una esquina indicaban que la foto había sido tomada esa misma tarde, y Cassie entendió a la primera que procedía de una cámara de vigilancia. La llave maestra y la foto revelaron a Cassie que el observador proporcionado por los socios de Leo estaba más metido de lo que ella había supuesto.

Memorizó la imagen del hombre grueso y volvió a poner la fotografía y la nota arrugada en el sobre. Lo dobló dos veces y lo metió en un bolsillo con cremallera de su mochila. Luego regresó a la planta del casino.

Observó los carteles de las mesas sin levantar la cabeza hasta que localizó el situado sobre el salón del bacará. Tomó el camino más largo, rodeando los límites de la zona de juego hasta llegar a la barandilla que recorría el perímetro del salón de bacará. Apoyó un codo y un brazo en la barandilla y se recostó con aire despreocupado para observar el casino. No vio que nadie se fijara en ella. Estaba a salvo. Poco a poco se volvió, como si reparara por primera vez en el salón que tenía detrás, y varió su posición para mirar.

El objetivo, Diego Hernández, continuaba allí. El hombre era bajo, y tan obeso que la circunferencia de su tripa daba la sensación de que estaba sentado lejos de la mesa. Iba vestido con excesiva elegancia, con un traje oscuro suelto y corbata. Cassie advirtió que jugaba economizando movimientos. La cabeza permanecía inmóvil mientras sus ojos examinaban constantemente el tapete, donde, frente a él, se alzaban varias pilas de fichas de cien. Cassie calculó que tenía un mínimo de diez mil dólares sobre la mesa.

Observó varias manos, pero nunca mantuvo la mirada en Hernández durante más de unos segundos. En un momento, él levantó la vista hacia la barandilla y Cassie giró el cuello con rapidez. Cuando de nuevo miró a hurtadillas, los ojos de Hernández ya estaban fijos en la mesa. Al parecer, no le había prestado demasiada atención.

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