Michael Connelly - El Observatorio

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Una noche aparece un cadáver en un observatorio de las colinas de Hollywood. Aparentemente, se trata de un asesinato común, por lo que el detective de policía Harry Bosch se hace cargo del caso. No obstante, pronto se descubrirá que la víctima, Stanley Kent, trabajaba en el sector clínico y tenía acceso a sustancias radiactivas. Esto convierte un simple homicidio en un asunto de terrorismo. El FBI toma las riendas y empieza una carrera contrarreloj para encontrar a los culpables, pues saben que tienen sustancias peligrosas en su poder y pueden hacer uso de ellas -y provocar una masacre- en cualquier momento. Rachel Walling, agente del FBI y ex pareja de Harry Bosch, pondrá las cosas muy difíciles al detective, pero éste seguirá su instinto y se dará cuenta de que en este caso absolutamente nada es lo que parece.

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– Bolsillo izquierdo de la chaqueta.

Bosch se agachó y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta del agente. Sacó un juego de llaves y las manipuló hasta que encontró la de las esposas. Agarró la cadena entre las dos argollas y estiró hacia arriba para poder meter la llave. No lo hizo con suavidad.

– Ahora sé bueno si te suelto -dijo.

– ¿Bueno? Te voy a partir el culo.

Bosch soltó la cadena y las muñecas de Maxwell cayeron al suelo.

– ¿Qué estás haciendo? -gritó Maxwell-. ¡Suéltame!

– Un consejo, Cliff. La próxima vez que amenaces con partirme el culo, deberías esperar a que te suelte. -Se incorporó y lanzó las llaves al suelo en el otro lado de la sala-. Tú mismo.

Bosch se volvió y se dirigió hacia la puerta de la calle. Ferras ya estaba saliendo.

Al cerrar, Bosch miró a Maxwell estirado en el suelo. El rostro del agente estaba colorado como un tomate al proferir una última amenaza.

– Esto no va a quedar así, cabrón.

– Entendido.

Bosch cerró la puerta. Cuando llegó al coche miró por encima del techo a su compañero. Ferras parecía tan mortificado como algunos de los sospechosos que había llevado en el asiento trasero.

– Anímate -dijo Bosch.

Al entrar en el Crown Vic, tuvo una visión del agente del FBI arrastrándose sobre su bonito traje por el suelo de la sala de estar hacia las llaves. Sonrió.

12

Ferras permaneció en silencio en el camino de regreso por la colina hacia la autovía. Bosch sabía que estaría pensando en el peligro en que había quedado su joven y prometedora carrera por las acciones de su viejo e imprudente compañero. Trató de sacarlo de su ensimismamiento.

– Bueno, ha sido un descalabro -dijo-. Nada de nada. ¿Has encontrado algo en la oficina?

– No mucho. Ya te lo he enseñado, el ordenador no estaba.

Había un tono huraño en su voz.

– ¿Y en el escritorio? -preguntó Bosch.

– Estaba casi vacío. Un cajón tenía facturas y cosas así. Otro, una copia de un fideicomiso: su casa, una propiedad de inversión en Laguna, pólizas de seguro; todo ese tipo de cosas las tenía en fideicomiso. Sus pasaportes también estaban en el escritorio.

– Entendido. ¿Cuánto ganó el tipo el año pasado?

– Un cuarto de millón limpio. También es propietario del cincuenta por ciento de la compañía.

– ¿Su mujer gana algo?

– No hay ingresos. No trabaja.

Bosch se fue quedando en silencio al calibrar la información. Al bajar la montaña decidió no entrar en la autovía, sino enfilar por Cahuenga Boulevard hasta Franklin y girar al este. Ferras estaba mirando por la ventanilla del lado del pasajero, pero rápidamente se fijó en el desvío.

– ¿Qué está pasando? Pensaba que íbamos al centro.

– Vamos antes a Los Feliz.

– ¿Qué hay en Los Feliz?

– El Donut Hole de Vermont.

– Hemos comido hace una hora.

Bosch miró su reloj. Eran casi las ocho y esperaba que no fuera demasiado tarde.

– No voy por los donuts.

Ferras maldijo y negó con la cabeza.

– ¿Vas a hablar con el jefe? -preguntó-. ¿Estás de broma?

– A no ser que ya se me haya escapado. Si te molesta, puedes quedarte en el coche.

– ¿Sabes que te estás saltando unos cinco eslabones de la cadena de mando? El teniente Gandle nos cortará el cuello por esto.

– A mí. Tú quédate en el coche. Será como si ni siquiera estuvieras allí.

– Salvo que uno es culpable de todo lo que haga su compañero, lo sabes. Sabes cómo funciona. Por eso los llaman «compañeros», Harry.

– Ya me ocuparé de eso, ahora no hay tiempo de ir por los canales adecuados. El jefe ha de saber lo que está pasando y yo se lo voy a contar. Probablemente terminará dándonos las gracias por la advertencia.

– El teniente Gandle no nos dará las gracias.

– Entonces también hablaré con él.

Los compañeros circularon en silencio el resto del trayecto.

El Departamento de Policía de Los Ángeles era una de las burocracias más cerradas del mundo. Había sobrevivido durante más de un siglo sin apenas buscar ideas, respuestas o líderes externos. Unos años antes, el ayuntamiento decidió que varios lustros de escándalo e inquietud comunitaria requerían liderazgo de alguien de fuera del departamento. Por segunda vez en la larga historia de la institución, la posición del jefe de policía no fue cubierta por alguien que ascendiese de entre sus filas. En consecuencia, el hombre que había sido elegido para dirigir el cotarro era examinado con tremenda curiosidad, por no decir escepticismo. Sus movimientos y hábitos estaban documentados, y todos los datos se vertían en un canal informal que conectaba a los diez mil agentes del departamento como los vasos sanguíneos en un puño cerrado. La información se pasaba en las reuniones de turno y en los vestuarios, en mensajes de texto entre ordenadores de coches patrulla, en e-mails y llamadas de teléfono, en bares de polis y barbacoas de patio trasero. Esto se traducía en que los agentes de calle de la zona sur de Los Ángeles sabían a qué preestreno de Hollywood había asistido el nuevo jefe la noche anterior; los agentes de antivicio del valle de San Fernando sabían adonde llevaba los trajes a planchar y el grupo de bandas de Venice conocía en qué supermercado le gustaba comprar a su mujer.

También significaba que el detective Harry Bosch y su compañero Ignacio Ferras sabían dónde paraba el jefe para tomarse el café y los donuts cada día de camino al Parker Center.

A las ocho de la mañana, Bosch metió el coche en el aparcamiento del Donut Hole, pero no vio rastro del coche sin identificar del jefe. El local era un establecimiento situado en los llanos que se extendían bajo los barrios de la colina de Los Feliz. Bosch paró el motor y miró a su compañero.

– ¿Te quedas?

Ferras estaba mirando por el parabrisas. Asintió sin mirar a Bosch.

– Tú mismo -dijo Bosch.

– Escucha, Harry, no te molestes, pero esto no funciona. Tú no quieres un compañero: tú quieres un recadero, alguien que no cuestione nada de lo que haces. Creo que voy a hablar con el teniente para que me ponga con otro.

Bosch lo miró y ordenó sus ideas.

– Ignacio, éste es nuestro primer caso juntos. ¿No crees que deberías esperar un poco? Eso es lo único que te va a decir Gandle. Va a decirte que no querrás empezar en Robos y Homicidios con la reputación de ser un tipo que huye de su compañero.

– Yo no huyo. Es sólo que no funciona bien.

– Ignacio, estás cometiendo un error.

– No. Creo que sería lo mejor. Para los dos.

Bosch lo miró unos segundos antes de volverse hacia la puerta.

– Como he dicho, tú mismo.

Bosch salió y se dirigió hacia la cafetería. Estaba decepcionado por la reacción y las decisiones de Ferras, pero sabía que debería darle un poco de margen. El tipo iba a ser padre y tenía que ir con pies de plomo. Bosch no era alguien que fuera a jugar seguro nunca, y eso le había costado perder a más de un compañero en el pasado. Intentaría hacer cambiar de opinión al joven una vez que el caso estuviera resuelto.

Dentro de la cafetería, Bosch esperó en la fila detrás de dos personas y luego pidió un café a un asiático que estaba detrás del mostrador.

– ¿No quiere un donut?

– No, sólo el café.

– ¿ Cappuccino ?

– No, café solo.

Decepcionado por la escasa venta, el hombre se acercó a una cafetera y llenó una taza. Cuando volvió, Bosch ya había sacado la placa.

– ¿Ya ha venido el jefe?

El hombre vaciló. No sabía nada de los canales de información y no sabía si debía responder. Sabía que podía perder a un cliente de perfil alto si hablaba cuando no debía.

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