David Baldacci - Buena Suerte

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Creo que con este es el tercer libro que leo de David Baldacci. Hasta ahora los libros que he leído suyos eran de intriga, pero este es totalmente distinto. En este caso es una novela que describe el cambio de vida que tienen que llevar a cabo dos hermanos, que se trasladan con su abuela a las montañas de Virginia. La novela transcurre en la época de la guerra mundial y refleja de una manera bastante realista lo dura que es la vida en las montañas, tanto para los agricultores y ganaderos como la gente que explotaba las minas de carbón.
La novela está bien escrita y disfrutas de la historia, en la que es importante meterse en la piel de los protagonistas. Como unos niños viven las circunstancias que les han tocado vivir y como se adaptan a una vida tan distinta a la que llevaban hasta ese momento en la ciudad.
Un libro entrañable, en el que las relaciones familiares tienen gran importancia. No comento nada del final para no chafar la novela.
Buen libro para descansar de la traca de novelas negras que os estaba metiendo ultimamente.

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– ¿Qué ocurre, Jeb?

Luego oyó los gritos de los animales en el establo.

Lou salió de la casa en camisón. El perro la siguió, ladrando, y Lou vio lo que lo había asustado: el establo estaba en llamas. Regresó corriendo a la casa, explicó gritando lo que sucedía y volvió a salir a toda prisa.

Eugene apareció en el vano de la puerta delantera, advirtió la presencia del fuego y salió seguido de Oz, que le pisaba los talones.

Cuando Lou abrió la gran puerta del establo, el humo y las llamas se abalanzaron sobre ella.

¡ Sue! ¡Bran! -gritó antes de que el humo le inundara los pulmones y notase que se le erizaba el vello de los brazos a causa del calor.

Eugene pasó por su lado, entró en el establo y salió rápidamente, haciendo arcadas. Lou lanzó una mirada al abrevadero que había junto al corral y una manta que colgaba de la verja. Agarró la manta y la arrojó al agua fría.

– Eugene, ponte esto encima.

Eugene se tapó con la manta húmeda y luego volvió a entrar en el establo.

El interior estaba en llamas. Se desplomó una viga que estuvo a punto de caer encima de Eugene. Por todas partes había humo y fuego. Eugene estaba tan familiarizado con aquel establo como con el resto de la granja, pero era como si se hubiera quedado ciego. Consiguió llegar hasta Sue, que estaba revolviéndose en el compartimiento, abrió la puerta y rodeó el cuello de la aterrorizada yegua con una cuerda.

Eugene salió a trompicones del establo con Sue, le lanzó la cuerda a Lou y ésta se llevó al animal con la ayuda de Louisa y Oz, para que Eugene volviera a entrar en el establo. Lou y Oz arrojaron cubos de agua desde el cobertizo del arroyo, pero ella sabía que era como intentar derretir la nieve con el aliento. Eugene consiguió sacar las muías y a todas las vacas menos una. No obstante, perdieron todos los cerdos, todo el heno y la mayor parte de las herramientas y los arneses. Las ovejas pasaban el invierno fuera, pero aun así las pérdidas fueron devastadoras.

Louisa y Lou observaron desde el porche cómo el establo, ahora con la cuadra vacía, seguía ardiendo. Eugene permaneció junto al corral, adonde había trasladado a los animales. Oz estaba a su lado con un cubo de agua para verter sobre todo amago de fuego.

Entonces Eugene soltó un grito.

– ¡Va a caerse!

Apartó a Oz justo a tiempo. El establo se desplomó, al tiempo que las llamas se alzaban hacia el cielo y la nieve caía delicadamente sobre aquel infierno.

Louisa observaba la tragedia con angustia evidente, como si ella misma estuviera envuelta en llamas. Lou le agarraba la mano con fuerza y enseguida se dio cuenta de que a Louisa le empezaron a temblar los dedos y de que ya no podía sujetarle bien la mano.

– ¿Louisa?

La mujer se desplomó en el porche sin articular palabra.

– ¡Louisa!

Los gritos angustiosos de la muchacha resonaron por el valle frío y agreste.

Cotton, Lou y Oz estaban de pie junto a la cama de hospital en la que yacía Louisa. Había sido un trayecto movido bajando por la montaña en el viejo Hudson, con las marchas machacadas por un desesperado Eugene, los gemidos del motor, las ruedas resbalando y luego quedándose atrapadas en la nieve sucia. El coche estuvo a punto de volcar en dos ocasiones. Lou y Oz se habían agarrado a Louisa, rezando para que no los abandonara. La habían llevado al pequeño hospital de Dickens y luego Lou había corrido a despertar a Cotton. Eugene había regresado para cuidar de Amanda y de los animales.

Travis Barnes la atendió y se mostró preocupado. El hospital también era su casa y el ver una mesa de comedor y una nevera de General Electric no había reconfortado a Lou.

– ¿ Cómo está, Travis? -preguntó Cotton.

Barnes miró a los niños y luego se llevó a Cotton aparte.

– Ha sufrido un ataque de apoplejía -informó en voz baja-. Parece que hay parálisis en el lado izquierdo.

– ¿Se recuperará? -La pregunta procedía de Lou, que lo había oído todo.

Travis respondió encogiéndose de hombros con expresión de tristeza.

– No podemos hacer gran cosa por ella. Las próximas cuarenta y ocho horas son cruciales. Si estuviera en condiciones para el viaje, la habría mandado al hospital de Roanoke. No estamos bien equipados para este tipo de ataques. Podéis volver a casa. Os llamaré si se produce algún cambio.

– ¡Yo no me marcho! -exclamó Lou. Oz dijo lo mismo a continuación.

– Me parece que no están de acuerdo con tu propuesta -dijo Cotton con voz queda.

– Ahí fuera hay un sofá -señaló Travis en tono amable.

Todos estaban dormidos, abrazados entre sí, cuando la enfermera dio un golpecito a Cotton en el hombro.

– Louisa ha despertado -informó en voz baja.

Cotton y los niños abrieron la puerta con cuidado y entraron. Louisa tenía los ojos abiertos pero poco más. Travis estaba a su lado.

– ¿Louisa? -dijo Cotton.

No hubo respuesta, ni siquiera muestras de reconocimiento. Miró a Travis, quien comentó:

– Todavía está muy débil, incluso me sorprende que haya recuperado la conciencia.

Lou se limitó a mirarla, más asustada que nunca. No daba crédito. Su padre, su madre. Diamond. Ahora Louisa. Paralítica. Su madre no había movido ni un solo músculo desde hacía más tiempo del que era capaz de recordar. ¿Correría Louisa la misma suerte? ¿Una mujer que tanto amaba la tierra, que quería tanto la montaña, que había tenido una vida tan buena y plena? Todo aquello era suficiente para que Lou no creyese más en un Dios capaz de hacer algo semejante. Dejar a una persona sin esperanza. Dejar a una persona sin prácticamente nada.

En la casa, Cotton, Oz, Lou y Eugene se disponían a comer.

– No puedo creer que no hayan averiguado quién quemó el establo -dijo Lou, enfadada.

– No hay pruebas de que alguien lo quemara, Lou -repuso Cotton mientras vertía la leche antes de pasar las galletas.

– Yo sé quién lo hizo. Fue George Davis. Probablemente la compañía del gas le pagara.

– No puedes ir por ahí diciendo eso, Lou, es una difamación.

– ¡Es la verdad! -exclamó la muchacha.

Cotton se quitó las gafas.

– Óyeme, Lou…

Lou se levantó de la mesa de un salto, soltó el cuchillo y el tenedor e inquirió:

– ¿Por qué tengo que creer en tus palabras, Cotton? Dijiste que mi madre volvería. Ahora Louisa también se ha ido. ¿Vas a mentir y asegurar que se pondrá bien?

Lou se marchó corriendo. Oz quiso perseguirla, pero Cotton se lo impidió.

– Déjala sola, Oz -dijo. Se levantó y salió al porche. Se puso a mirar las estrellas y a contemplar el colapso de todo lo que conocía.

Lou pasó ante sus ojos como un rayo, montada en la yegua. Cotton dio un respiro y siguió a la muchacha y al animal con la mirada hasta que los perdió de vista.

Lou hizo cabalgar a Sue por los senderos iluminados por la luna, dejando que las ramas de los árboles y la maleza la golpeasen. Finalmente llegó a la casa de Diamond y desmontó; echó a correr, se cayó varias veces hasta que abrió la puerta y entró en la casa.

Con las mejillas surcadas por las lágrimas, Lou recorrió la estancia.

– ¿Por qué tuviste que dejarnos, Diamond? Ahora Oz y

yo no tenemos a nadie. ¡A nadie! ¿Me oyes? ¿Me oyes, Diamond Skinner?

Se oyó un correteo procedente del porche delantero. Lou se volvió, aterrorizada. Entonces Jeb entró por la puerta abierta y se lanzó a sus brazos, lamiéndole la cara entre jadeos. Lou lo abrazó. Acto seguido, las ramas de los árboles empezaron a repiquetear contra el cristal y un quejido angustioso bajó por la chimenea; Lou se agarró con todas sus fuerzas al perro. De repente se abrió una ventana y el viento sopló por la estancia; poco después todo recobró la tranquilidad, incluida Lou.

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