Mary Clark - No Llores Más, My Lady

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Una estrella de teatro y de la pantalla se arroja, en misteriosas circunstancias, por el balcón de su ático neoyorquino, ¿Fue asesinada por su amante, Ted Winters, un apuesto magnate de los negocios atormentado por un secreto inconfesable? ¿O se trata de un suicidio? Pero ¿por qué iba Leila a quitarse la vida en la cumbre de la fortuna y el éxito? ¿O la mató otra persona? Sin embargo, ¿quién querría acabar con la vida de una joven admirada y querida por todo el mundo?…

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– ¿Alguna vez llamó a otra persona por ese nombre?

– No…, nunca. -De repente, Elizabeth se puso de pie y se acercó a la ventana. El vidrio estaba sucio y cubierto de polvo. La brisa era cálida y pegajosa. Sintió deseos de salir de allí.

– Sólo unos minutos más, se lo prometo. Señorita Lange, ¿sabe a qué hora colgaron el teléfono?

– Exactamente a las nueve y media.

– ¿Está segura?

– Sí. Hubo un corte de corriente mientras yo no estaba y tuve que poner en hora el reloj esa misma mañana. Estoy segura de que estaba bien.

– ¿Y qué hizo después?

– Estaba muy preocupada. Tenía que ver a Leila. Salí corriendo. Tardé por lo menos quince minutos en conseguir un taxi. Cuando llegué al apartamento de Leila eran más de las diez.

– Y allí no había nadie.

– No. Traté de llamar a Ted. No contestaba nadie. Y me puse a esperar. Esperé toda la noche, sin saber qué pensar, un poco preocupada y también aliviada porque esperaba que Ted y Leila, ya reconciliados, hubieran salido a alguna parte. No sabía que el cuerpo deshecho de Leila yacía en el patio.

– A la mañana siguiente cuando se descubrió el cuerpo, ¿usted pensó que había caído de la terraza? Era una fría noche de marzo. ¿Por qué habría salido?

– A ella le gustaba salir y quedarse a mirar la ciudad. Con cualquier temperatura. Solía advertirle que tuviese cuidado… la baranda no era muy alta… Pensé que se habría inclinado hacia delante; había estado bebiendo; se cayó…

Elizabeth recordó: ella y Ted habían compartido el dolor. Habían llorado, tomados de la mano, durante el funeral. También la había sostenido cuando no pudo controlarse más y estalló en llanto.

– Lo sé, Sparrow lo sé -le había dicho tratando de consolarla. Y habían salido en el yate de Ted para esparcir las cenizas de Leila.

Y luego, dos semanas después, apareció un testigo que juraba haber visto a Ted empujar a Leila por la terraza a las nueve y treinta y uno.

– Sin su testimonio, esa testigo, Sally Ross, podría ser destruida por la defensa -oyó que William Murphy le decía-. Como sabe, tiene antecedentes de problemas psiquiátricos. No es bueno que haya esperado un tiempo, antes de presentarse con su historia. El hecho de que su psiquiatra estuviera fuera de la ciudad y quisiera contárselo a él primero atenúa un poco las cosas.

– Sin mi testimonio es su palabra contra la de Ted y él niega haber regresado al apartamento de Leila. -Cuando se enteró de la existencia de esa testigo sintió una gran indignación. Había confiado plenamente en Ted hasta que ese hombre, William Murphy, le dijo que Ted negaba haber regresado al apartamento de Leila.

– Usted puede jurar que él estaba allí, que estaban peleando y que le colgaron el teléfono a las nueve y treinta. Sally Ross vio que empujaban a Leila por la terraza a las nueve y treinta y uno. La historia de Ted de que salió del apartamento de Leila alrededor de las nueve y diez, fue a su propio apartamento, hizo una llamada y luego tomó un taxi hasta Connecticut no tiene sustento. Además de su testimonio y el de la testigo, tenemos pruebas circunstanciales. Los rasguños en su cara. Su piel en las uñas de Leila. La sangre de ella en su camisa. El testimonio del taxista de que estaba blanco como un papel y temblaba tanto que apenas podía darle la dirección del lugar adonde iba. ¿Y por qué diablos no llamó a su propio chófer para que lo llevara hasta Connecticut? ¡Porque estaba aterrorizado! ¡Por eso! No puede probar que haya hablado con nadie por teléfono. Tiene un motivo: Leila lo rechazó. Sin embargo, tiene que darse cuenta de algo: la defensa insistirá en el hecho de que usted y Ted Winters estuvieron muy unidos después de la muerte de su hermana.

– Éramos las dos personas que ella más amaba -dijo con calma Elizabeth-. O por lo menos, eso creía yo. Por favor, ¿puedo irme ahora?

– Lo dejaremos aquí. Usted no está muy bien. Éste será un juicio largo y nada placentero. Trate de relajarse durante la semana. ¿Ha decidido el lugar donde se quedará en estos días?

– Sí. La baronesa Von Schreiber me invitó a quedarme en «Cypress Point».

– Espero que sea una broma.

Elizabeth lo miró asombrada.

– ¿Y por qué haría una broma así?

Murphy entrecerró los ojos. Se sonrojó y de repente sus pómulos se hicieron prominentes. Parecía estar luchando por no levantar el tono de voz.

– Señorita Lange, creo que no aprecia la seriedad de su situación. Sin usted, la otra testigo sería aniquilada por la defensa. Eso significa que su testimonio está a punto de poner a uno de los hombres más ricos e influyentes de este país en la cárcel durante por lo menos quince años, y treinta si logro que acepten que es asesinato en segundo grado. Si éste hubiese sido un caso contra la Mafia, la habría escondido en un hotel bajo otro nombre y con custodia policial hasta que terminara el juicio. El barón y la baronesa Von Schreiber pueden ser sus amigos, pero también son amigos de Ted Winters y vendrán a Nueva York a atestiguar a su favor. ¿Y usted realmente piensa quedarse con ellos en estas circunstancias?

– Sé que Min y el barón son testigos de Ted -dijo Elizabeth-. No lo creen capaz de cometer un crimen. Si no lo hubiese escuchado con mis propios oídos yo tampoco lo creería. Ellos hacen lo que les dicta la conciencia. Todos hacemos lo que consideramos necesario hacer.

No estaba preparada para lo que le dijo Murphy. Sus palabras, a veces sarcásticas, quedaron reseñándole en la cabeza.

– Hay algo extraño en esa invitación. ¿Usted dice que los Von Schreiber querían a su hermana? Entonces pregúntese por qué van a atestiguar a favor de su asesino. Insisto en que se mantenga alejada de ellos, si no lo hace por mí o por su propio bien, al menos hágalo porque quiere justicia para Leila.

Por fin, avergonzada por el obvio desprecio hacia su propia ingenuidad, Elizabeth aceptó cancelar el viaje y prometió que iría a East Hampton a visitar a algunos amigos o se quedaría en un hotel.

– Si está sola o con alguien, tenga cuidado -le advirtió Murphy. Ahora que había conseguido lo que quería, esbozó una sonrisa; pero se congeló en su rostro y la expresión de sus ojos denotaba preocupación-. Nunca olvide que sin usted como testigo, Ted Winters queda libre…

A pesar de la humedad sofocante, Elizabeth decidió regresar a su casa andando. Se sentía como uno de esos sacos de arena que van de un lado a otro sin poder evitar los golpes. Sabía que el fiscal de distrito tenía razón. Tendría que haber rechazado la invitación de Min. Decidió que no se comunicaría con nadie en East Hampton. Se alojaría en un hotel y se dedicaría a descansar en la playa durante los días siguientes.

Leila siempre bromeaba diciéndole: «Sparrow, nunca necesitarás a un psiquiatra. Ponte un bikini, vete al mar y estarás en el cielo.» Era verdad. Recordó su alegría al mostrarle a Leila las cintas azules que había ganado en natación. Ocho años atrás, había corrido en el equipo olímpico. Durante cuatro veranos, había enseñado gimnasia acuática en «Cypress Point».

En el camino, se detuvo a comprar lo necesario para una ensalada para la cena y algo para el desayuno. Mientras caminaba, pensaba en lo remoto que le parecía todo. Toda su vida anterior a la muerte de Leila parecía vista a través de la lente de un telescopio.

La carta de Sammy estaba encima de toda la correspondencia que había dejado sobre la mesa. Elizabeth tomó el sobre y sonrió al ver esa letra exquisita. De inmediato, la figura frágil de Sammy se dibujó en su mente: la mirada inteligente, los ojos sabihondos detrás de las gafas sin montura; las blusas con lazo y las chaquetas de lana tejida. Sammy se había presentado por un anuncio que Leila había puesto buscando una secretaria de media jornada hacía diez años y en una semana se había tornado indispensable. Después de la muerte de Leila, Min la contrató como secretaria-recepcionista en el salón de belleza.

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